Buenas tardes. Bienvenidos a mi blog.
Está pensado para publicar aquello que pase por mi mente, bien sea realidad (comentarios sobre noticias de actualidad, historia, etc.) o ficción (relatos, novela, incluso poesía).
También me gustaría que aquellos que lo siguierais expresarais vuestras opiniones.
Ojalá en un futuro no muy lejano, todos (vosotros y yo) estuvieramos satisfechos de leer (los unos) y de publicar (el otro) en este, el que espero, de todo corazón, sea a partir de ahora, un espacio de ocio, reflexión y opinión.
Gracias. a todos.
Un saludo.
Ricard.
Está pensado para publicar aquello que pase por mi mente, bien sea realidad (comentarios sobre noticias de actualidad, historia, etc.) o ficción (relatos, novela, incluso poesía).
También me gustaría que aquellos que lo siguierais expresarais vuestras opiniones.
Ojalá en un futuro no muy lejano, todos (vosotros y yo) estuvieramos satisfechos de leer (los unos) y de publicar (el otro) en este, el que espero, de todo corazón, sea a partir de ahora, un espacio de ocio, reflexión y opinión.
Gracias. a todos.
Un saludo.
Ricard.
jueves, 1 de noviembre de 2012
Reflexión nº 5
REFLEXION Nº 5
Esta misma semana he leído una noticia que ha acabado por despertarme. Un hombre se ha arrojado por la ventana cuando ha visto que llegaba la delegación judicial para embargarle la vivienda. Ha sido en Granada. Ha muerto. Apenas una hora y media más tarde, un hombre en Burjasot (Valencia), casado y con dos hijos, tras ver llegar desde su balcón a la delegación judicial, con la misma misión (únicamente se ingresaba el sueldo de su esposa, de baja por depresión, y acostada en ese momento), se acercó a su hijo, que estaba viendo la televisión, le besó en la frente y salió al balcón arrojándose al vacío. Su hija no estaba en la vivienda en ese momento. Sobrevivió con graves heridas (según parece cayó de pie, cosa la cual no garantiza la supervivencia del que se arroja al vacío).
Tras el relato de los hechos (de Granada y de Burjasot), cabe analizar las circunstancias que llevaron a tan dramática decisión a ambas personas.
En ambos casos, se había llegado a una situación límite. Sin ingresos (o muy limitados) en la unidad familiar, con una deuda que ahoga la existencia de la familia, cabe preguntarse como se ha llegado a esta situación.
Hablamos de una cultura propia del país, de aquella creencia en que se debe asegurar la vivienda. Más exactamente la vivienda en propiedad, ya que es creencia general que si pagas la cuota de una hipoteca por tu vivienda, es similar a pagar un alquiler con la diferencia de que llegará un momento en que será tuya. En la sociedad prehistórica de cazadores recolectores, se diría que hay que tener una cueva en la que guarecerse de las inclemencias del tiempo. No es vana la comparación con las sociedades prehistóricas por cuanto prestigiosos antropólogos sostienen que, por mucho que haya avanzado, o se haya sofisticado la sociedad, seguimos siendo la misma sociedad de cazadores recolectores que fuimos en la prehistoria.
La cuestión es: ¿cómo hemos asegurado la vivienda, la cueva en la que guarecernos (a nosotros y a nuestra familia) de las inclemencias del tiempo?
Hoy no es tan fácil como en la prehistoria. Menos en Europa, donde por cuestiones de espacio, en las clases trabajadoras (o trabajadoras por cuenta ajena, por mejor expresarse), se desarrolla una sociedad vertical. No hay casas, sino pisos. Vivimos unos encima de otros. No solo físicamente. También en sentido figurado.
Intentaré explicarme.
Aproximadamente desde 1986 (coincidiendo con la proclamación de Barcelona como ciudad olímpica para 1992) se inició el despegue en los precios de las viviendas. Hablamos de que un mes antes un piso en el barrio de l’Eixample (en pleno centro de Barcelona), con cuatro habitaciones, podía costar entre seis y diez millones de pesetas (según acabados), es decir, puesto en precio y divisa actuales, entre treinta y seis mil y sesenta mil euros. Tras la proclamación de Barcelona como sede de los juegos, un piso de similar tamaño en la misma zona, pasó a costar veinte millones de pesetas (aproximadamente, ciento veinte mil euros). Como puede verse, el incremento fue de los que hacen época. Sin embargo, no todo es imputable al evento olímpico por cuanto en el resto del estado se reprodujo la misma situación sin que, por ejemplo, Girona, San Sebastián o Madrid fueran proclamadas sedes olímpicas.
A partir de ahí, se inició una espiral imparable. Espiral que llevó a que quien quería una nueva vivienda, para poder pagar el precio que le solicitaban, tomara dos decisiones: la primera, solicitar una hipoteca para afrontar la adquisición de la nueva vivienda; la segunda, vender su antiguo piso por un precio muy superior al que valía (a partir de ese momento, a ese nuevo precio se le denominaría “precio de mercado”), para así pedir una cantidad menor de hipoteca y afrontar un endeudamiento inferior que le permitiera vivir sin agobios.
Pero, ¿y aquel que adquiría una vivienda sin tener una anterior? Aquel que buscaba su primera vivienda, para entendernos. Bueno, pues ese afrontaba la adquisición sin tener el soporte de un precio (el de la antigua vivienda) que le rebajara la deuda que tenía que afrontar. Claro que, en esos casos, se puede decir que adquirían esa “vivienda antigua” del que pretendía el nuevo piso. Pero es que esa vivienda antigua (recordemos el ejemplo anterior sobre pisos nuevos), pasaba de dos millones de pesetas (doce mil euros) a esos mismos seis o diez millones (treinta y seis o sesenta mil euros) del piso nuevo anterior a septiembre de 1986.
La deuda que se debía afrontar se acababa solventando con un salto hacia delante cuando se decidía adquirir una vivienda nueva, por ejemplo una casa en lugar del piso. En muchos casos, fuera de la capital, con el consiguiente incremento del parque automovilístico de las familias pasando de uno a dos coches para acudir al trabajo (que, generalmente, seguía estando en la capital).
Para que ese estatus, para que esa solución de adquirir un bien a un precio mayor rebajando la nueva inversión con la venta del bien anterior, tenía que seguir creciendo la demanda de viviendas. Eso si, no hablamos solamente de las ventas que hicieran particulares. Tan grande era el movimiento en el sector inmobiliario que florecieron las empresas del ramo, las recalificaciones de terrenos y la siembra de nuevas casas. Y digo así porque se recalificaron terrenos para pasar a crear urbanizaciones en lugares cada vez más inverosímiles. De hecho, ha aparecido de un tiempo a esta parte la figura de las urbanizaciones fantasma, donde se construyeron viviendas hoy abandonadas (más que eso, ni siquiera estrenadas).
Tan gran incremento del parque inmobiliario dio al traste con la política del “salto adelante” que utilizaban las familias al bajar los precios de los inmuebles tanto nuevos como usados. Aquello que se consideraba la panacea para que se pudieran adquirir viviendas por parte de quienes menos podían (que bajaran los precios), paso a ser el hundimiento de muchas familias. Se trataba de que todo el mundo pudiera bailar, pero fue la ruina de los que ya estaban bailando. De pronto se encontraron con una vivienda valorada en el momento de la compra en cuatrocientos mil euros, con una hipoteca de trescientos mil, de los cuales existía un saldo pendiente de doscientos ochenta mil y que, con la bajada de precios, no podían vender ni por el saldo pendiente de la hipoteca. A lo sumo, necesitando doscientos ochenta mil, les ofrecían doscientos cincuenta mil, cantidad con la que no resolvían el problema. Se pensaba que volverían a subir los precios pero, en lugar de eso, siguieron bajando. A ello se unió el estallido de la crisis económica a nivel mundial. La cuestión inmobiliaria arrastró no solo a familias si no también a entidades financieras. Se prestó por encima de la capacidad de endeudamiento de las familias pero también por encima de la capacidad de reacción de muchas entidades financieras. Por encima de aquello que podían afrontar. En el clásico ejemplo de “¿qué sucedería si un día todos los clientes reclamaran su dinero?”.
Hubo entidades que prestaban por debajo del tipo de interés de referencia entre Bancos y retribuían el dinero que ingresaban los clientes a un tipo muy superior. Dicho de otro modo: sembraban patatas a cuatro pesetas y las vendían a tres.
El auge del mercado hipotecario llevó, como consecuencia, al del resto del mercado. El crédito pasó a ser una nueva forma de vida, no en vano las series americanas nos mostraban que todo bicho viviente paga allí hasta los cafés con leche con tarjeta de crédito. Las mismas entidades financieras que se animaron a conceder créditos hipotecarios, se animaron a facilitar el dinero en cualquier ámbito: uno se compraba una vivienda más grande, debía adquirir nuevos muebles (tampoco se trataba de aprovechar los que se tenía, que caray, que hace ilusión estrenar); se cambiaba el coche y, por un poquito más de lo que hubiera pagado por el coche que se ajustaba a sus necesidades, adquiría el que colmaba sus sueños; al fin y al cabo, pagando en cómodos plazos, podías adquirir cosas que ni podías imaginar tener años atrás, electrónica, ropa, cámaras fotográficas o de video, etcétera.
La llegada de la antedicha crisis económica internacional, conllevó a un reajuste económico (macroeconómico diríamos) que, juntamente con la bajada del mercado hipotecario interior, llevó a las familias a la ruina. Sencillamente, con la crisis la gente, que bastante tiene para sacar cabeza, no consume. Por tanto no se vende. Las empresas tienen menos ventas, menos beneficios. Muchas de ellas rebajaron plantillas. Para empezar, porque el siguiente paso fue cerrar.
No afectó solo al sector privado. El sector público reaccionó ante la crisis:
-Incrementando impuestos como el IVA. Notoriamente el más injusto y que más influye en la vida diaria de las personas (físicas y jurídicas). No en vano aumenta los precios en la misma proporción sin tener en cuentas las rentas que perciben aquellos que los pagan. Así, el incremento a la hora de pagar un café o una botella de leche es el mismo para una persona con ingresos limitados que para un millonario. A diferencia del IRPF, en el que cada cual paga en función de los ingresos que percibe, en el IVA la carga es la misma para todos.
-Modificando prestaciones. Hoy en día hay menos medicamentos financiados por la Seguridad Social y además se paga una tasa. Los pensionistas, además, acostumbrados a percibir los medicamentos a coste cero, deben afrontar ahora el pago de la tasa y un porcentaje del precio. Hay que tener en cuenta que se trata, en su mayoría de gente que ha cotizado a lo largo de su vida y que ha llegado a una edad en la que el consumo de medicamentos se incrementa, pasando a ser crónico en lugar de ocasional.
Otra que se modifica es el paro. Aquellos jóvenes que convivan con los padres, pasado un tiempo pasan a dejar de tener derecho a percibir la prestación (“como viven con los padres, pues no tienen gasto”). Claro pero, si viven con los padres posiblemente sea porqué no tienen la capacidad económica suficiente para vivir por su cuenta de alquiler, y ya no digamos de propiedad.
-Recortando servicios. Aquí entra la asistencia sanitaria universal y gratuita, paradigma de la sociedad de bienestar. Se reduce los servicios, las intervenciones e incluso los centros de asistencia. Aumenta el cambio el tiempo de espera para visitas, intervenciones quirúrgicas, etc.
-Rebajando salarios. A los empleados públicos (funcionarios), los cuales han visto congelado su salario, cuando no recortado, siendo la última la no percepción de la paga de navidad.
Eso sí, luego saldrán noticias en las que se instará a la Administración a tomar medidas para incrementar el consumo ante la bajada de ventas. Pero, ¿qué consumo quieren que crezca? O mejor dicho, ¿con que dinero se va a consumir?
Ante todo este panorama las familias han visto disminuir sus ingresos debiendo afrontar los mismos pagos. Llega un momento en que se acumulan las cuotas (lo que se debe) y se ingreso lo mismo. La angustia crece porqué no se ve salida posible.
Ese cúmulo de circunstancias son las que llevan a la desesperación que ha llevado a los hechos de Granada y de Burjassot. Y posiblemente haya más que no conocemos.
La pregunta es: ¿cuánto tiempo aguantará (aguantaremos) la gente esta situación? Quizás llegue un momento en que el Estado mismo, incapaz de ayudar al pueblo a resolver, a salir de este atolladero en que lo han metido (no “se han metido”, “lo han metido”), se verá superado, no se yo si con algo parecido a la desobediencia civil o a una auténtica revolución. De momento las protestas son cada día más numerosas. Antaño lo de manifestarse era cosa de jóvenes, hoy manifestarse no tiene edad. Como en otros tiempos, ha existido represión contra ese movimiento de protesta (en su gran mayoría, pacífico). Pero llegará un momento en el que el mismo policía que empuñe la porra tendrá ante si a su padre, a su esposa o a su hija, manifestándose porqué no tendrán otro remedio. Ante una situación así, ¿ese mismo policía hará lo mismo, o se unirá a los manifestantes?
viernes, 12 de octubre de 2012
PERDER.
PERDER.
Cuando fue su turno, el contribuyente fue a sentarse ante la mesa del inspector de Hacienda.
-Buenos días.
-Buenos días, tome asiento.
-Pues verá, venía porqué voy a suicidarme.
El inspector quedó boquiabierto. Había escuchado muchas cosas en su vida profesional pero esta era novedosa.
-¿Cómo dice?
-Tiene razón, quizás lo mejor sería que me explicara, pero como hay cola me sabe mal por los que esperan y por eso he ido al grano.
-Mire, esto en una delegación de Hacienda. No creo que sea el lugar más oportuno para tratar estos temas ni yo el tipo de profesional que Vd. necesita ahora mismo.
-No estoy loco señor inspector. Simplemente he tomado una decisión y quiero dejar las cosas resueltas antes de llevarla a cabo.
El inspector vio que, efectivamente, el contribuyente hablaba con calma y claridad. Se le veía persona pulcra en el vestir, educado, incluso considerado (¡con lo que le había dicho y le sabía mal por los que esperaban en la cola!). Comprendió que le hablaba desde la determinación de llevar a cabo una decisión irreversible.
-Cuénteme.
-Como ya le he anunciado, voy a suicidarme. Trabajo en un Banco y ahora, con la crisis económica, y tras la absorción por parte de la empresa de otra Entidad más pequeña, pues les sobran trabajadores. Eso hace que para que las cosas sean menos traumáticas, la empresa esté abierta a negociar bajas incentivadas, es decir, pides cuanto te darían si dejas la empresa y te ofrecen una buena cantidad, sobre todo si llevas muchos años trabajando. Hay compañeros que lo han hecho y van a poner un negocio o a trabajar con alguien conocido, de forma más relajada. En mi caso no tengo nada más. Ni voy a poner un negocio. Simplemente tengo deudas y me tienen ahogado. Con la cantidad que me darían (no lo he preguntado, pero a un compañero que llevaba tanto tiempo como yo le han dado una cantidad muy respetable), yo podría eliminar las deudas.
-Pero Vd. las va pagando poco a poco…
-Si, pero si hago esto, si doy este paso, las elimino de golpe. Yo quería saber (dándole yo el ejemplo de la cantidad que creo recibiría), que tanto por ciento de la misma debo pagar a Hacienda. También si hay que esperar al pago de la renta o se puede liquidar antes, ahora en noviembre, por ejemplo.
-Perdone pero no lo entiendo. Quiere Vd. renunciar a la vida, no a tener un coche nuevo o a unas vacaciones en el extranjero. ¿Cómo puede estar tan tranquilo, calcular con esa frialdad?
-Bueno, tampoco se trata de ir haciendo un drama. Si, ya se que renuncio a la vida. Pero es una decisión tomada desde la reflexión. Un día me senté a analizar mi vida. Verá, soy divorciado. Por cuestiones de la vida, al divorciarme fui a vivir con mi anciana madre. La verdad es que no resulta fácil convivir. Uno ya tiene una edad pero para ella (para todas las madres, entiendo yo) todavía soy su hijo pequeño. No me planteo vivir solo porqué no puedo permitírmelo y ahora se acerca el momento en que ella necesitará ayuda…
-Pues piense en eso. Si se suicida la va a dejar sola, no la podrá cuidar. Además ella se va a hundir.
-Precisamente, una de las cosas buenas de mi decisión es que con todo el dinero que me sobrará, ella podrá hacer que la cuiden. No ir a una residencia donde la tengan aparcada en una silla, si no que vaya alguien a cuidarla a su casa. Así ella no tiene que marcharse de casa y estará bien cuidada.
-¿Y Vd. cree de verdad que ella cambiaría unos años de cuidados de un extraño por un minuto de su vida?
-Claro que no. Pero es lo más racional en este momento.
-Y Vd. tendrá pareja…
-Bueno, no exactamente. Hay una mujer si. A la que quiero. Hasta hace poco pensaba que podíamos tener una relación. No es exactamente la relación que tendría una parejita de adolescentes. A nuestra edad todos tenemos problemas que no nos permiten disponer de nuestro tiempo como quisiéramos. Los padres enfermos, una hija adolescente, problemas en el trabajo…Pero siempre, a pesar de los problemas, uno encuentra aquel momento en que hacer una llamada telefónica, enviar un mensaje, quedar media hora para tomar un café o una hora para cenar, si no se puede hacer más. Pero todo eso que existió, de golpe, ha dejado de existir y no se porqué. Quise hablar con ella, saber que sucedía, pero me dio largas. No da la impresión de que quiera saber nada más de mi.
-Hable con ella. Hablando se entiende la gente.
-Ya lo he intentado. Hasta que lo he dejado de intentar. Supongo que he dejado de creer que algún día hablaremos y doy por comprendido que no quiere saber más de mi.
-Está Vd. en una espiral negativa. La deuda la puede pagar poco a poco. Simplemente no haciendo excesos. Tiene un trabajo, una madre anciana que tendría un disgusto enorme si Vd. se suicidara y también hay una mujer a la que quiere. Hable con ella. Mi experiencia personal es que todo esto acaban siendo malentendidos. Uno no llama y la otra tampoco. Y ambos se enrocan, esperando que sea el otro quien llame. “Yo no la llamo, que llame ella”, “yo no lo llamo, que llame él”. Y así van pasando los días, las semanas, los meses. Y esos días, semanas, meses, ya no vuelven. Espera Vd. a ver que pasa, y lo que pasa es la vida. ¿No tiene Vd. aficiones, ilusiones?
-Las normales, como todo el mundo: el cine, el fútbol, la literatura, viajar, la informática…
-Pues aférrese a ellas.
-Cuestan dinero.
-Algunas, no todas. Y si le pone imaginación puede disfrutar de ellas a un coste muy bajo. Pongamos el ejemplo más caro, viajar. No hace falta que haga Vd. un viaje muy costoso. Puede ir un fin de semana: a un sitio cercano donde pueda ir en coche, a una oferta de las que tanto proliferan ahora…Si no hay dinero para hacer grandes cosas, debe haber imaginación para hacer cosas pequeñas.
-Ya, pero…el tema de la tributación…
-Deje estar eso ahora. Morales –girándose al compañero de la mesa de al lado-. Aprovecho para salir a desayunar ahora con este señor.
Sin esperar respuesta de Morales ni del contribuyente, el inspector se levantó de su silla.
-Vamos, acompáñeme a desayunar.
El contribuyente se levantó y fue tras él.
Entraron en el bar que había al lado de la delegación. Con un sentido del humor muy fino, el propietario había puesto a su establecimiento el nombre de “La Renta”.
-Buenos días Paco –le saludó el inspector-.
-Buenos días inspector. ¿Qué va a ser hoy?
-Yo un mini de tortilla y una caña. Invito yo –le dijo al contribuyente-. ¿Qué le apetece? Le advierto que la tortilla aquí la hacen como si fuera en casa…
-Pues lo mismo que Vd., gracias.
Tomaron asiento en una mesa. Cuando Paco, el propietario, les hubo servido, el inspector tomó la palabra mientras el contribuyente hacía los honores al mini de tortilla.
-Vamos a ver. Me habla Vd. de que le haga un cálculo sobe la cantidad que deberá abonar a Hacienda. Y lo hace habiéndome explicado cuales son sus intenciones. ¿Cree de verdad que puedo hacer ese cálculo y quedarme tan tranquilo sabiendo la decisión que ha tomado? ¿Sabiendo que cuando salga por la puerta de la delegación empezará a hacer las gestiones que van a acabar no solo con su deuda, ni dándole un dinero a su madre para que alguien la cuide en su propia casa, ni esperando esa llamada o haciéndola de una vez por todas? No. Va a acabar con su vida. ¿Tan mal concepto tiene Vd. de los inspectores de Hacienda que cree que podría llevar esa carga?
-No tengo nada contra Vd. Hace su trabajo. Se que es duro lo que le he dicho pero me mueve la intención de dejar las cosas resueltas para que luego mi madre no tenga ningún problema. Me habían dicho que con una cantidad así, posiblemente haya que tributar el 51% y quería estar seguro.
-¿Cómo podría convencerle? Todo eso carece de importancia. No quiere Vd. gastar, solo pagar la deuda que debe ser muy inferior.
-Lo es. Quizás una cuarta parte si no me equivoco en la cantidad que pueden darme.
-Lo importante es la vida. Las personas tomamos decisiones. Algunas de ellas son erróneas. No temo equivocarme si creo que Vd. está arrepentido de algunos de los gastos que ha hecho. No me importa cuales hayan sido. Quizás inversiones equivocadas, por ejemplo. Pero la decisión más errónea de todas es la de rendirse. Dejar de luchar. ¿Quiere pedir la baja incentivada? Hágalo. Pero con algo a lo que aferrarse. Conoce gente y seguro que la gente que le conoce podría darle un trabajo con un sueldo digno. Luego Vd. habla con el Banco, resuelve sus deudas y tiene una buena cantidad en el Banco para respaldarle (y liquida a Hacienda, claro). Ah, y deja de hacer gastos que le vuelvan a poner en una situación así. Y llama a la mujer que quiere y habla con ella. Y quizás se va a vivir de alquiler pero cerca de su madre para poder cuidarla y contribuir a que alguien lo haga cuando Vd. no pueda. Que si son menos horas es menos dinero el que tiene que pagar. Pero viva, hombre de Dios, ¡viva!
-Gracias inspector.
-Yo acostumbro a terminar el desayuno con un café. ¿Quiere Vd. uno?
-Si, gracias. Pero pago yo os cafés, por favor.
-Nada, nada, hoy es Vd. mi invitado. Así acabará con la leyenda urbana que hay contra los inspectores de Hacienda. Que no nos comemos a nadie.
Tras tomar ambos el café y haber abonado la nota el inspector, se dirigieron hacia la puerta de “La Renta”.
-Bueno yo vuelvo a la delegación. Aquí tiene una tarjeta mía. Piense en lo que le he dicho y llámeme.
-Ah, pues aquí tiene Vd. una tarjeta mía. Y gracias por todo señor inspector.
Ya que había pedido ese día de fiesta en el Banco por asuntos propios, el contribuyente llevó el coche a lavar. Posteriormente fue a comprar algunas cosas al súper. Esa tarde se dedicó a pensar. Pero su cerebro no dio la orden a su mano de que hiciera la llamada que le había sugerido el inspector.
De todos modos, no iba a poner un negocio.
De todos modos, no iba buscar otro trabajo.
De todos modos, mañana por la mañana iba a hacer la llamada al departamento de personal.
-Buenos días.
-Buenos días, tome asiento.
-Pues verá, venía porqué voy a suicidarme.
El inspector quedó boquiabierto. Había escuchado muchas cosas en su vida profesional pero esta era novedosa.
-¿Cómo dice?
-Tiene razón, quizás lo mejor sería que me explicara, pero como hay cola me sabe mal por los que esperan y por eso he ido al grano.
-Mire, esto en una delegación de Hacienda. No creo que sea el lugar más oportuno para tratar estos temas ni yo el tipo de profesional que Vd. necesita ahora mismo.
-No estoy loco señor inspector. Simplemente he tomado una decisión y quiero dejar las cosas resueltas antes de llevarla a cabo.
El inspector vio que, efectivamente, el contribuyente hablaba con calma y claridad. Se le veía persona pulcra en el vestir, educado, incluso considerado (¡con lo que le había dicho y le sabía mal por los que esperaban en la cola!). Comprendió que le hablaba desde la determinación de llevar a cabo una decisión irreversible.
-Cuénteme.
-Como ya le he anunciado, voy a suicidarme. Trabajo en un Banco y ahora, con la crisis económica, y tras la absorción por parte de la empresa de otra Entidad más pequeña, pues les sobran trabajadores. Eso hace que para que las cosas sean menos traumáticas, la empresa esté abierta a negociar bajas incentivadas, es decir, pides cuanto te darían si dejas la empresa y te ofrecen una buena cantidad, sobre todo si llevas muchos años trabajando. Hay compañeros que lo han hecho y van a poner un negocio o a trabajar con alguien conocido, de forma más relajada. En mi caso no tengo nada más. Ni voy a poner un negocio. Simplemente tengo deudas y me tienen ahogado. Con la cantidad que me darían (no lo he preguntado, pero a un compañero que llevaba tanto tiempo como yo le han dado una cantidad muy respetable), yo podría eliminar las deudas.
-Pero Vd. las va pagando poco a poco…
-Si, pero si hago esto, si doy este paso, las elimino de golpe. Yo quería saber (dándole yo el ejemplo de la cantidad que creo recibiría), que tanto por ciento de la misma debo pagar a Hacienda. También si hay que esperar al pago de la renta o se puede liquidar antes, ahora en noviembre, por ejemplo.
-Perdone pero no lo entiendo. Quiere Vd. renunciar a la vida, no a tener un coche nuevo o a unas vacaciones en el extranjero. ¿Cómo puede estar tan tranquilo, calcular con esa frialdad?
-Bueno, tampoco se trata de ir haciendo un drama. Si, ya se que renuncio a la vida. Pero es una decisión tomada desde la reflexión. Un día me senté a analizar mi vida. Verá, soy divorciado. Por cuestiones de la vida, al divorciarme fui a vivir con mi anciana madre. La verdad es que no resulta fácil convivir. Uno ya tiene una edad pero para ella (para todas las madres, entiendo yo) todavía soy su hijo pequeño. No me planteo vivir solo porqué no puedo permitírmelo y ahora se acerca el momento en que ella necesitará ayuda…
-Pues piense en eso. Si se suicida la va a dejar sola, no la podrá cuidar. Además ella se va a hundir.
-Precisamente, una de las cosas buenas de mi decisión es que con todo el dinero que me sobrará, ella podrá hacer que la cuiden. No ir a una residencia donde la tengan aparcada en una silla, si no que vaya alguien a cuidarla a su casa. Así ella no tiene que marcharse de casa y estará bien cuidada.
-¿Y Vd. cree de verdad que ella cambiaría unos años de cuidados de un extraño por un minuto de su vida?
-Claro que no. Pero es lo más racional en este momento.
-Y Vd. tendrá pareja…
-Bueno, no exactamente. Hay una mujer si. A la que quiero. Hasta hace poco pensaba que podíamos tener una relación. No es exactamente la relación que tendría una parejita de adolescentes. A nuestra edad todos tenemos problemas que no nos permiten disponer de nuestro tiempo como quisiéramos. Los padres enfermos, una hija adolescente, problemas en el trabajo…Pero siempre, a pesar de los problemas, uno encuentra aquel momento en que hacer una llamada telefónica, enviar un mensaje, quedar media hora para tomar un café o una hora para cenar, si no se puede hacer más. Pero todo eso que existió, de golpe, ha dejado de existir y no se porqué. Quise hablar con ella, saber que sucedía, pero me dio largas. No da la impresión de que quiera saber nada más de mi.
-Hable con ella. Hablando se entiende la gente.
-Ya lo he intentado. Hasta que lo he dejado de intentar. Supongo que he dejado de creer que algún día hablaremos y doy por comprendido que no quiere saber más de mi.
-Está Vd. en una espiral negativa. La deuda la puede pagar poco a poco. Simplemente no haciendo excesos. Tiene un trabajo, una madre anciana que tendría un disgusto enorme si Vd. se suicidara y también hay una mujer a la que quiere. Hable con ella. Mi experiencia personal es que todo esto acaban siendo malentendidos. Uno no llama y la otra tampoco. Y ambos se enrocan, esperando que sea el otro quien llame. “Yo no la llamo, que llame ella”, “yo no lo llamo, que llame él”. Y así van pasando los días, las semanas, los meses. Y esos días, semanas, meses, ya no vuelven. Espera Vd. a ver que pasa, y lo que pasa es la vida. ¿No tiene Vd. aficiones, ilusiones?
-Las normales, como todo el mundo: el cine, el fútbol, la literatura, viajar, la informática…
-Pues aférrese a ellas.
-Cuestan dinero.
-Algunas, no todas. Y si le pone imaginación puede disfrutar de ellas a un coste muy bajo. Pongamos el ejemplo más caro, viajar. No hace falta que haga Vd. un viaje muy costoso. Puede ir un fin de semana: a un sitio cercano donde pueda ir en coche, a una oferta de las que tanto proliferan ahora…Si no hay dinero para hacer grandes cosas, debe haber imaginación para hacer cosas pequeñas.
-Ya, pero…el tema de la tributación…
-Deje estar eso ahora. Morales –girándose al compañero de la mesa de al lado-. Aprovecho para salir a desayunar ahora con este señor.
Sin esperar respuesta de Morales ni del contribuyente, el inspector se levantó de su silla.
-Vamos, acompáñeme a desayunar.
El contribuyente se levantó y fue tras él.
Entraron en el bar que había al lado de la delegación. Con un sentido del humor muy fino, el propietario había puesto a su establecimiento el nombre de “La Renta”.
-Buenos días Paco –le saludó el inspector-.
-Buenos días inspector. ¿Qué va a ser hoy?
-Yo un mini de tortilla y una caña. Invito yo –le dijo al contribuyente-. ¿Qué le apetece? Le advierto que la tortilla aquí la hacen como si fuera en casa…
-Pues lo mismo que Vd., gracias.
Tomaron asiento en una mesa. Cuando Paco, el propietario, les hubo servido, el inspector tomó la palabra mientras el contribuyente hacía los honores al mini de tortilla.
-Vamos a ver. Me habla Vd. de que le haga un cálculo sobe la cantidad que deberá abonar a Hacienda. Y lo hace habiéndome explicado cuales son sus intenciones. ¿Cree de verdad que puedo hacer ese cálculo y quedarme tan tranquilo sabiendo la decisión que ha tomado? ¿Sabiendo que cuando salga por la puerta de la delegación empezará a hacer las gestiones que van a acabar no solo con su deuda, ni dándole un dinero a su madre para que alguien la cuide en su propia casa, ni esperando esa llamada o haciéndola de una vez por todas? No. Va a acabar con su vida. ¿Tan mal concepto tiene Vd. de los inspectores de Hacienda que cree que podría llevar esa carga?
-No tengo nada contra Vd. Hace su trabajo. Se que es duro lo que le he dicho pero me mueve la intención de dejar las cosas resueltas para que luego mi madre no tenga ningún problema. Me habían dicho que con una cantidad así, posiblemente haya que tributar el 51% y quería estar seguro.
-¿Cómo podría convencerle? Todo eso carece de importancia. No quiere Vd. gastar, solo pagar la deuda que debe ser muy inferior.
-Lo es. Quizás una cuarta parte si no me equivoco en la cantidad que pueden darme.
-Lo importante es la vida. Las personas tomamos decisiones. Algunas de ellas son erróneas. No temo equivocarme si creo que Vd. está arrepentido de algunos de los gastos que ha hecho. No me importa cuales hayan sido. Quizás inversiones equivocadas, por ejemplo. Pero la decisión más errónea de todas es la de rendirse. Dejar de luchar. ¿Quiere pedir la baja incentivada? Hágalo. Pero con algo a lo que aferrarse. Conoce gente y seguro que la gente que le conoce podría darle un trabajo con un sueldo digno. Luego Vd. habla con el Banco, resuelve sus deudas y tiene una buena cantidad en el Banco para respaldarle (y liquida a Hacienda, claro). Ah, y deja de hacer gastos que le vuelvan a poner en una situación así. Y llama a la mujer que quiere y habla con ella. Y quizás se va a vivir de alquiler pero cerca de su madre para poder cuidarla y contribuir a que alguien lo haga cuando Vd. no pueda. Que si son menos horas es menos dinero el que tiene que pagar. Pero viva, hombre de Dios, ¡viva!
-Gracias inspector.
-Yo acostumbro a terminar el desayuno con un café. ¿Quiere Vd. uno?
-Si, gracias. Pero pago yo os cafés, por favor.
-Nada, nada, hoy es Vd. mi invitado. Así acabará con la leyenda urbana que hay contra los inspectores de Hacienda. Que no nos comemos a nadie.
Tras tomar ambos el café y haber abonado la nota el inspector, se dirigieron hacia la puerta de “La Renta”.
-Bueno yo vuelvo a la delegación. Aquí tiene una tarjeta mía. Piense en lo que le he dicho y llámeme.
-Ah, pues aquí tiene Vd. una tarjeta mía. Y gracias por todo señor inspector.
Ya que había pedido ese día de fiesta en el Banco por asuntos propios, el contribuyente llevó el coche a lavar. Posteriormente fue a comprar algunas cosas al súper. Esa tarde se dedicó a pensar. Pero su cerebro no dio la orden a su mano de que hiciera la llamada que le había sugerido el inspector.
De todos modos, no iba a poner un negocio.
De todos modos, no iba buscar otro trabajo.
De todos modos, mañana por la mañana iba a hacer la llamada al departamento de personal.
domingo, 2 de septiembre de 2012
TRES HERMANOS
TRES HERMANOS.
Erase una vez una familia compuesta por tres hermanos, huérfanos de madre a la tierna edad de un año, a consecuencia de una neumonía, y de padre, obrero de la construcción, a los quince, cuando, habiendo terminado su turno de trabajo y al pasar por debajo de otra obra, le cayó un ladrillo en la cabeza y lo mató.
Pasó a cuidarlos su tía Amparo, soltera ella, mujer de gran corazón y hermana de su difunta madre. Los gemelos Jorge, José y Juan, pronto se acostumbraron a la tía Amparo, no en vano esta no era persona tan severa como su padre y les consentía buena parte de las travesuras inherentes a la adolescencia.
Gozaba la tía de buena posición, cosa la cual llevó a que cuando sus sobrinos cumplieron dieciocho años, se pudieran sacar el carnet de conducir. Los tres a la vez.
Era pretensión vana comprarles tres coches (uno para cada uno), por cuanto los hermanos lo hacían todo juntos. Sin embargo, la buena mujer les proveyó de tres automóviles de segunda mano debidamente revisados por el mecánico de toda la vida, vecino del mismo barrio donde vivían y amor secreto de la tía Amparo. Soltero como ella, Higinio (que así se llamaba el pretendiente), solo tenía ojos para Amparo, al punto de que, en más de una ocasión hubiera estado a punto de poner un collar de perlas (de imitación, claro) a la transmisión de un coche y regalarle una correa de transmisión a su amada. Pero a pesar de estos lapsus momentáneos (y románticos, que caray), era un buen mecánico.
Una tarde del mes de mayo Higinio acompañó a Amparo a unos grandes almacenes del centro de la ciudad ya que ella tenía que comprarse un par de bañadores por cuanto los que tenía habían cumplido su función con creces durante varios veranos y reclamaban la jubilación a gritos. Pudiera parecer que la tía Amparo no era tan desprendida como se ha señalado más arriba pero la cuestión no era esa. De hecho Amparo era más desprendida con los demás que con ella misma.
Higinio la acompañó en su coche. Era un clásico que él (en tanto que su profesión era también su afición) cuidaba con esmero, teniéndolo siempre en perfecto estado de funcionamiento.
Dejaron el coche en un aparcamiento subterráneo del centro y se dirigieron a la tienda. Amparo se compró dos bañadores que, previo a su compra, se cuidó de mostrárselos puestos a Higinio por si le gustaba como quedaban. La verdad es que a nuestro mecánico le gustaba más la modelo que los modelitos, razón por la cual no era un ejemplo de objetividad pero, viendo Amparo la cara que ponía su amado, ya se dio por satisfecha. Además, hay que tener en cuenta que eran los modelos que a ella le gustaban, independientemente de la opinión de él. Por tanto se los hubiera quedado igual y se los mostró solo por ver la carilla que ponía el pobre.
Amparo insistió en que él renovara su parque de bañadores ya que los que poseía habían hecho furor en tiempos de Ramsés II, pero ahora quedaban algo desfasados.
Debidamente cargados con las bolsas (el remate fueron los dos frascos de protección solar), Amparo e Higinio salieron a la calle y se fueron a merendar a un café cercano. Bueno…merienda, merienda…hay que tener en cuenta que se acercaba la playa y se trataba de no tener quilos sobrantes (ella, porqué a él eso le traía sin cuidado). Así que ella se tomó un café con leche y él sus buenos churros con chocolate.
Salieron del café y decidieron pasear un rato antes de volver al coche (“para que bajen los churros con chocolate”, le dijo Higinio a Amparo). Paseando, paseando, pasaron por delante de un cine donde proyectaban la última película de un afamado director que les gustaba mucho a ambos. Higinio le propuso que entraran.
-Vamos mujer, que no hay mucha cola.
-Pero Higinio, que tengo que hacer la cena a los niños y además el parking costará un dineral…
-Por el parking no te preocupes que es de mi amigo Luis y me hace un precio especial; en cuanto a los niños…mujer, ya no son tan niños…
No tuvo tiempo de acabar la frase ya que vieron a los tres hermanos acompañados de tres muchachas que pasaban por su lado.
-Hombre “parejita” –dijo Jorge, con algo de retintín.
A Amparo se le enrojeció hasta el carnet de identidad.
-Hola chicos, ¿vais al cine? –quiso saber Higinio.
-No -contestó Juan-. Vamos a un bar musical que está por aquí.
-Ah, muy bien. Pasadlo bien -dijo su tía.
-Ah, tía –dijo José-. No vendremos a cenar, no te preocupes –y sonriendo a Higinio-, y tu tampoco Tenorio. Y cuidado con la oscuridad del cine, eh.
Ahora al que se le enrojecieron las ideas fue a Higinio.
Los tres hermanos y las chicas se fueron riendo.
-Bueno pues ya está.
-Si.
-Parece que tus sobrinos no van a cenar esta noche en casa.
-Eso parece.
-Y que no tendrás que hacerles la cena.
-Pues no.
-Que, en fin, tienes la noche libre…
Amparo pasó a dominar 2-1 a Higinio en el tema del enrojecimiento facial.
-Un poco sinvergüenza me has salido tu, eh.
-Bueno, pero solo un poco.
La besó y se pusieron en la cola.
La película les gustó y como era de terror, Amparo se refugió en su mecánico preferido unas cuantas veces, para satisfacción de él.
Saliendo del cine, fueron a cenar a un restaurante coquetón. Tenía mesas con lámparas individuales que alumbraban solo el espacio de cada mesa. Además iba pasando un violinista por las mesas. Más romántico no podía ser.
Fueron paseando hasta el coche cogidos de la mano. De camino, Higinio le regaló una rosa que compró a una florista ambulante. Amparo le besó. Ya no fue el beso del cine. Se diría que pertenecía a una categoría superior.
Sin que mediara palabra (tampoco lo necesitaban ninguno de los dos), Higinio detuvo el coche en su casa. Su piso no estaba tan desordenado como dice la voz popular respecto a los pisos de los solteros. Hasta era coquetón. De hecho, ni tan siquiera había calzoncillos sobre el televisor.
La tomó de la mano, se miraron a los ojos, se besaron y…
SIENTO LA INTERRUPCION, PERO NO FUERA EL CASO DE QUE ESTO LO LEYERAN MENORES DE EDAD Y YA LA TENDRÍAMOS LIADA.
Una hora más tarde, con la sonrisa asomando a sus rostros como si de dos adolescentes se tratara, abrazados como si no pasara el tiempo para ellos, Higinio vio que ya era la una de la madrugada.
-Cariño, te llevo a casa…
-¡La una de la madrugada! –se sobresaltó Amparo- Que dirán los niños.
-No te preocupes, yo ahora te llevo. Además, ellos no te cuentan nada, ¿verdad? ¿o acaso conocías a esas chicas?
-Pero yo estás cosas no las hago…
-Pues ya nos convenía a los dos, ya…
-Hmm, sinvergonzón.
Llegaron a casa de Amparo. Higinio la acompañó hasta la puerta.
No había luz en el portal. Ella abrió la puerta e Higinio decidió acompañarla hasta el ascensor.
Se besaron.
-Esto habrá que repetirlo, eh –la miró con la sonrisa asomando a sus ojos.
-Y mejor ayer que mañana –respondió ella.
Pasaron los días y el martes, a la hora de la cena, los tres hermanos estaban más callados que de costumbre.
-¿Qué os pasa chicos? -preguntó Amparo.
-Nada tía –respondió Juan, el más reservado de los tres.
-Pues estáis muy serios.
-Verás tía –intervino Jorge-, esta tarde hemos hablado con un abogado, representante de una firma americana…
-Una firma de ropa cuyo presidente es el hijo del director general de General Motors –terció José.
-Se ha dirigido él a nosotros, eh –puntualizó Juan, con cara de no haber roto un plato.
-…si, efectivamente –siguió José-. La cuestión es que dicha firma quiere aterrizar en el mercado de nuestro país con mucha fuerza. Más que entrar en grandes almacenes quiere expandirse a través de cadenas de tiendas, basándose en negocios que ya funcionen…
-Es por eso –terció Jorge, la auténtica voz dominante de los tres hermanos- que ofrecen una suma muy importante por tus tres tiendas.
-Pero mis tiendas no están en venta –respondió Amparo con energía-. Además, a santo de que no se han dirigido a mi, que soy la propietaria.
-Tía –siguió Jorge, juntando las yemas de sus dedos en actitud doctoral- en los negocios hay que tener la mente abierta. Un catedrático nos sugirió acudir a una conferencia que daba el director general de esta empresa en la facultad. Al acabar la conferencia nos lo presentó. Tía, nos presentó como “los mejores alumnos que licenciaría en muchos años la Facultad de Económicas”. Tenemos muchas ideas, estamos abiertos a evolucionar en el mercado y ellos lo saben; saben que a través nuestro puedes aceptarlo mejor. Simplemente piensan que te podemos mostrar las ventajas de este trato.
-Sigo siendo joven para retirarme –insistió Amparo-. Además, las tiendas no tienen ningún problema y hay personas que trabajan, que dependen del sueldo que les pago.
-Pero tía … –intervino Juan.
-¡Ni tía, ni narices! Fin de la discusión –y Amparo, furiosa, se levantó de la silla y se dirigió a su cuarto.
A la mañana siguiente, Higinio la llamó a la tienda y ella le respondió adusta. Todavía le daba vueltas a la discusión que había tenido la noche anterior con sus sobrinos. Él, con calma, recondujo la situación y quedó en recogerla para ir a comer. Tenía que entregar un coche a la una, pero después tendría tiempo de ducharse y pasarla a recoger.
En el transcurso de la comida Amparo le confesó a Higinio el motivo de su malestar.
-No entiendo como han podido pensar siquiera por un momento en que yo aceptaría –dijo ella, dolida-, ni como han hablado con esa empresa como si fueran los dueños, como si yo no existiera.
-Bueno, ellos son aprendices de teoría, tu maestra de práctica. Házselo ver así.
-Higinio, si ellos quieren el negocio será suyo el día de mañana.
-Por eso. Ve enseñándoles cosas del negocio. Así podrán conocer el mundo real.
Al salir del restaurante, Amparo se dirigió hacía su tienda principal. A media tarde, decidió salir a tomar un café.
-¡Señorita Amparo!
Ella dio media vuelta y vio a Baltasar Irusquieta, su contable.
-Buenas tardes Baltasar ¿qué hace Vd. por aquí?
-Perdone que la moleste…pero quería hablar con Vd. en un sitio tranquilo, fuera de ojos y oídos.
-Pues precisamente ahora iba a tomar un café. ¿Me acompaña Baltasar?
-Con mucho gusto.
Entraron en un café cercano.
Una vez en la mesa, con un café con leche para Amparo y un café para Baltasar, este inició la conversación.
-Verá, señorita Amparo, no se como empezar…es un tema un poco delicado.
-Hable con claridad, es la mejor manera de afrontar estos temas.
-Sus sobrinos han venido esta mañana para estudiar los libros y las escrituras de la sociedad. Ya lo he dicho –exhaló un profundo suspiro el contable-.
-¿Cómo dice?
-Me han dicho que Vd. no tenía que enterarse, que si ese era el caso yo podría perder mi trabajo…y más cosas, han añadido. Aunque ha sido muy desagradable y yo no soy un hombre joven, he pensado en advertirla –el contable estaba muy alterado-.
-No tema Baltasar –lo tranquilizó Amparo-. Haremos lo siguiente: mañana a primera hora, vaya Vd. al Banco y contrate una caja de seguridad. Guarde allí los libros y las escrituras. Más tarde pasaré por el Banco para recoger la llave de la caja. Ya decidiremos más adelante como ir trasladando los datos a los libros. Después se va Vd. de vacaciones una semana. Cuando vuelva tendré resuelto el tema.
A la hora de cierre del taller, Amparo estaba en la puerta esperando a Higinio.
Le contó lo que le había explicado Baltasar.
-Parece que tus sobrinos han decidido tomar la iniciativa.
-¿Qué voy a hacer? Son sangre de mi sangre.
-Hablar con ellos seriamente. Si quieres yo estaré a tu lado, pero lo que no puede ser es no hagan caso de tu decisión y encima asusten a un hombre a punto de la jubilación, que ha dedicado toda su vida al negocio, primero con tu padre y ahora contigo.
-Eso está claro –dijo ella con convicción-. Hablaré con ellos mañana por la noche. Sin falta. Y si quieres, pues ya te quedas a cenar en casa, ¿no?
-Vale –sonrió Higinio-. No te preocupes que ya verás como se resuelve todo.
Al día siguiente, al atardecer, Higinio fue a buscar a Amparo a la tienda para ir juntos a su casa. Pasaron por la bodega que había cercana al taller, ya que Higinio insistió en llevar una botella de vino (no era persona de ir con las manos vacías a cenar a casa de otra persona).
Llegaron a casa de Amparo ella, Higinio y el vino.
-Dame la chaqueta Higinio que la cuelgo y así estarás más cómodo.
-Gracias cariño –y la besó-.
-Higinio estoy nerviosa. Espero que se arregle todo esta noche.
-Tranquila, ya verás como si.
Higinio la ayudó a preparar la cena. Cuando ya la tenían casi a punto, escucharon la puerta de entrada al cerrarse. Habían llegado los sobrinos.
-Sentaos –les conminó Amparo-, que vamos a tener una pequeña conversación.
Los tres hermanos hicieron caso a su tía: Jorge con mirada fría, José desafiante y Juan alicaído.
-Parece que no entendisteis lo que os dije sobre las tiendas.
Los sobrinos no dijeron nada.
-¿A santo de que vais a curiosear los libros y asustáis a una persona mayor? Un hombre que ha dedicado toda su vida a la empresa, fiel y eficiente…
-Tía –intervino José con voz pausada-, el señor Baltasar nos entendió mal. Pero no es extraño dado que se trata de un hombre mayor, chapado a la antigua.
-De hecho –intervino Jorge poniendo una mano sobre el antebrazo de José-, nuestra intención era darte una sorpresa agradable. Nos sentimos mal por lo de la empresa americana. Aprendimos la lección y quisiéramos implicarnos más en la empresa. Pasar de la teoría que aprendemos en la Facultad a la práctica que conocer como se lleva el negocio y ayudarte.
-¿Y por qué no me lo dijisteis a mi, en lugar de asustar al pobre hombre?
-Tía –intervino Juan con prudencia- estabas tan enfadada, que quisimos darte la sorpresa y claro, nos equivocamos al venderle el producto al pobre Sr. Irusquieta…
-¿Venderle el producto? –preguntó Amparo-
José le dio una colleja a su hermano Juan y Jorge dijo:
-Lo que quiere decir Juan es que no supimos transmitirle correctamente la pobre hombre cuales eran nuestras intenciones…
-No volverá a pasar tía –apuntó Juan.
-Bien –replicó Amparo-, entonces lo que haremos será lo siguiente: por la tarde, de lunes a viernes, estaréis conmigo y con Baltasar para ir aprendiendo los entresijos del negocio.
-Muy bien, tía –respondió Jorge.
Amparo miró a José.
-Claro, tía –respondió.
Amparo giró su rostro hacia Juan.
-Por supuesto, tía –se apresuró este.
-De acuerdo pues. A partir del lunes empezamos –sentenció Amparo.
-Bueno pues asunto solucionado, ¿no? –terció Higinio-.Todos a la mesa, que no hay mejor manera de cerrar un acuerdo que un buen ágape.
-Pues esto tiene un aspecto fantástico –intervino Juan mirando lo que había sobre la mesa con ojos golosos-.
Al día siguiente, sábado, después de comer y dejando las tiendas al cuidado de sus encargadas y el taller cerrado, Amparo e Higinio se fueron de fin de semana a un hotel coquetón de una población costera.
Todo se había aclarado con sus sobrinos (que a su vez, iban a pasar el fin de semana en casa de unos amigos) y ellos disfrutaban mutuamente de su compañía. Hacía mucho tiempo que no se encontraban tan a gusto, tan relajados. El domingo por la noche volvieron a casa prometiéndose repetirlo.
A la mañana siguiente Amparo fue a su tienda principal. Se extrañó al ver que Baltasar Irusquieta no estaba allí.
-Elena –preguntó Amparo a la encargada- ¿Baltasar ha salido a tomarse el cortadito?
-No Amparo, no ha llegado todavía –respondió la aludida.
-Que raro. Lo llamo –dijo Amparo.
Tenía una sensación extraña, un oscuro presentimiento. No en vano, Baltasar Irusquieta era persona puntual. A lo largo de los años, podía haber enfermado pero su esposa Inés llamaba puntualmente a las nueve para informarla y en la misma mañana le llevaba el parte de baja.
El teléfono sonaba y sonaba. No había respuesta.
-Elena, mira a ver no sea que me equivoque con algún número.
-No Amparo, no te equivocas. Es correcto.
-Bueno, le seguiremos llamando –decidió Amparo-. Son mayores los dos y quien sabe, quizás se les ha estropeado el despertador.
Al cabo de una hora, al no haber conseguido contactar con ellos, Amparo decidió ir a casa del contable.
Al llegar, vio detenidas ante el portal una ambulancia y una patrulla de policía. Entró en el inmueble y subió hasta el segundo piso. A través de la puerta abierta encontró la mirada llorosa de Inés, la esposa de Baltasar Irusquieta.
-¡Señorita Amparo! –sollozó la mujer abriendo sus brazos.
-Pero, ¿qué ha pasado Inés?
Por toda respuesta, los sollozos de la mujer y dos sanitarios llevando una camilla con un cuerpo tapado hasta la cabeza.
Un agente de policía le preguntó, mientras el doctor Puig, el médico al que conocía desde hacía años, atendía a Inés llevándola con suavidad hasta el sofá.
-Mi nombre es Amparo Ramírez y el señor Irusquieta trabaja en mi empresa como contable.
-Bien señorita Ramírez –informó el policía-, el señor Irusquieta ha sido hallado muerto esta mañana por su señora.
-Pero, ¿como?
-Al parecer ha muerto por causas naturales –relató el policía-, pero es obvio que hasta que tengamos los resultados de la autopsia no podemos poner la mano en el fuego, por así decirlo. De hecho estamos aquí porqué los vecinos han oído los gritos de la señora y han decidido llamarnos.
-¡Mi marido estaba bien de salud! –gritó Inés desde el salón.
-Tranquilícese Inés –oyeron decir al médico, con suavidad.
En ese momento, entró en el piso uno de los sanitarios que dijo algo al oído del médico. Este se acercó al policía y repitió la operación.
-Srta. Ramírez –inquirió el policía- ¿conocía Vd. bien al Sr. Irusquieta?
-Pues si…de hecho ya trabajaba en la empresa cuando la llevaba mi padre, hace unos treinta y cinco años.
-¿Sabe de alguien que le quisiera mal?
-A Baltasar? No, que va, si era una bellísima persona.
-Verá –explicó el policía-, con tantas novelas, películas y series de televisión policíacas, quien más quien menos va cogiendo afición a investigar. Uno de los paramédicos, al fijar la camilla en el interior de la ambulancia, ha decidido descubrir el cuerpo y ha notado en el cuello, a la altura de la carótida, unas marcas. Mirando con una lámpara, ha descubierto que son las huellas de dos dedos. Es decir, que la muerte de este señor no es tan natural como parecía. ¿Sabe si tuvo algún problema, algún altercado con alguien en los últimos días? Alguna diferencia, por banal que parezca…
-Pues…no –por la mente de Amparo pasaron sus tres sobrinos.
De repente se puso blanca. El sanitario la sostuvo.
-Señorita…
-Perdonen, es la impresión. Nunca habían asesinado a nadie que yo conociera –se justificó Amparo.
Le dieron un vaso de agua.
-Gracias. ¿Necesitan algo más de mi?
-No señorita, ahora mismo no –respondió el policía-, pero si me puede dar sus datos nos pondríamos en contacto con Vd. en caso de necesidad.
Ella se acercó a Inés, la abrazó y le dijo
-Inés lo que necesite, sabe que se lo digo de corazón. ¿Quiere que avise yo a sus hijas?
-Gracias señorita, mi vecina ya las ha avisado. Ya la llamarán ellas para lo del entierro y…-Inés no pudo controlarse y estalló en llanto.
-¿Dónde se lo llevan? –preguntó Inés al doctor Puig.
-Al Clínico, Amparo.
Amparo salió al rellano. Llegó hasta su tienda y, desde allí, llamó a Higinio para contarle lo que había sucedido. El mecánico dejó el taller en manos de sus empleados y se dirigió a la tienda de ella. Al llegar, la vio blanca como el papel.
-Higinio, no puedo creer que mis sobrinos hayan hecho una salvajada así. Pueden tener sus cosas pero no son capaces de matar una mosca.
-Por supuesto que no, cariño –respondió él, solícito-. Tiene que haber otra explicación. Quiero decir, que debe ser otro el culpable. ¡Elena!, por favor que alguien vaya al bar de enfrente y le traiga una tía a Amparo.
-Ahora mismo –respondió la encargada.
-Además, Higinio –razonó Amparo-, para matar a alguien así hay que tener conocimientos médicos, o de artes marciales, y lo más cercano a estos campos de mis sobrinos es abrir una caja de aspirinas y ver una película de tortazos.
-Si, claro.
-No se que hacer Higinio, no se que hacer –sollozó Amparo-. Lo primero sería hablar con ellos. No puedo ir a la policía con simples sospechas para que luego se envenene mi relación con mis sobrinos.
-Mira cariño –respondió Higinio cogiéndola de las manos-, vamos al taller, recojo mi coche y nos vamos a la facultad. Comemos allí con ellos, lo aclaramos todo y así te quedarás más tranquila.
Llegaron al taller. El coche de Higinio, un Chevrolet Corvette de 1967, estaba en la puerta ya que el había llamado a sus empleados desde la tienda para avisarles de que lo sacaran ya que había cuatro coches para reparar aquel día y su coche estaba al fondo.
Mientras Higinio acababa de tratar algunos temas con sus empleados, ella entró en el despacho y paseó su mirada por la estancia. En la pared, además del consabido calendario (el lo tenía de setas, tras asegurarle que jamás en la vida había colgado de la pared señorita alguna en paños menores), estaban los diplomas de los cursos que había superado: el de formación profesional en mecánica, uno en alemán con la estrella de Mercedes y fechado en Stuttgart, otro en español con el emblema de General Motors y fechado en Barcelona y el último, bajo una foto de él, en quimono, como cinturón negro de judo. Se quedo blanca. Había estado en aquel despacho otras veces pero nunca se había fijado. Escuchó un ruido a su espalda y se cerró la puerta del despacho.
Amparo empezaba a atar cabos.
-Tienes un diploma de la General Motors…
-Si, y un Corvette que lo fabrican ellos.
-…y otro de judo.
-Cariño…
-Me has engañado.
-Bueno…yo no diría tanto.
-¡Déjame!
Amparo salió corriendo del taller. Detuvo un taxi y le dio la dirección de la Facultad. Cuando había recorrido tres calles, cambió de opinión, le dio orden de ir hacia su casa.
Llegó, se quitó los zapatos y se desplomó sobre el sofá sollozando. Sonó el teléfono. En la pantalla aparecía el número de Higinio. No contestó.
Al minuto de parar de sonar, el teléfono volvió a reclamar su atención. De nuevo aparecía el número de Higinio. Descolgó el aparato, cortó la comunicación y lo dejó descolgado. Fue a la cocina y puso agua a calentar para hacerse una tila.
Al poco rato entró en casa Jorge, acompañado del doctor Puig.
-Tía…el doctor me ha llamado para avisarme de lo que había pasado. Lo siento en el alma.
-Jorge, que contenta estoy de que estés aquí –Amparo se levantó del sofá-, perdona por haber dudado de vosotros. En realidad, a quien debo temer es a…
Entonces vio al doctor y se recordó a ella misma diciendo que para matar a una persona de ese modo había que tener “conocimientos médicos”…
Recordó que el doctor tenía una hija casada con un joven americano cuyo padre era propietario de una empresa de ropa…
Que lucía de parentesco político con la General Motors…
Que conocía sus sobrinos y con el que se llevaba mejor era con Jorge…
Su cara reflejaba el miedo en estado puro y vio una sonrisa en el rostro del médico al comprender que ella había atado cabos.
-Jorge, me parece que tu tía ya lo ha comprendido todo –comentó el doctor Puig a Jorge-. Me parece que heredareis antes de lo previsto.
Los ojos de Jorge reflejaban el vacío absoluto. Un frío glacial.
-Como usted vea doctor.
-Eso si, esta vez habrá que preocuparse de borrar las huellas…
Amparo miraba de uno al otro sin ver salida. Era como un animal acorralado.
El doctor se acercó.
-Sujétala Jorge.
En ese momento se oyó el silbido del calentador de agua. Amparo sacó la tapa y soltó el agua hirviendo en la cara de su sobrino. Un alarido animal salió del fondo de la garganta de Jorge.
-¡Doctor! Por Dios, ayúdeme…
El doctor Puig vaciló un momento. Entró en tromba Higinio que le dio un empujón al doctor que le estrelló la cabeza en la pared dejándolo inconsciente. Tras él entró Juan. En la salita se escuchaba a José llamando a la policía.
Amparo con lágrimas asomando por sus mejillas, miró a Higinio. Iba a decir algo cuando él puso un dedo en sus labios.
-No es necesario cariño.
Amparo abrazó a Higinio y este la besó.
martes, 7 de agosto de 2012
Discusiones en la parroquia.
DISCUSIONES
EN LA PARROQUIA.
Cuando el Padre
Antonio llegó a la parroquia, Dani Megías le estaba esperando.
-Padre...me ha
sucedido algo...algo...me he peleado con Aníbal, ya sabe...el pavo aquel que me
buscaba el otro día...
-¡Al grano!
-...bueno
pues...le he metido el pincho en la barriga y ha palmado...
-¡¡¡Qué!!! ¿Como
has podido? ¿Crees que puedes disponer de la vida de otro ser humano? La vida
la da Diós y la quita Diós, no los hombres...
-¡El pavo me
buscaba...!
-¿Qué coño quiere
decir eso?
-¡¡¡Padre!!!
-¡¡¡Ni Padre, ni
ostias!!! Has matado a un semejante, a alguien que tenía tanto derecho a vivir
como tú ¿Qué te has creido? ¿Para que sirve lo que yo te he enseñado? Para que
mis sacrificios para daros todo lo que os pueda faltar...
-...buscaba a mi
piba...
-¡Pues antes de
matarlo, me lo cuentas!
-¡Ya vale Padre!
¡No me coma el tarro que...!
-¿Qué? ¿Que me vas
a hacer, media mierda?
¡¡¡Padre, no me
caliente...!!!
-Y si te caliento
¿qué? ¿me vas a pegar? ¿me vas a “pinchar la barriga” como a ese chaval?
-¿Quiere
verlo...?-poniendo la mano en el bolsillo para sacar la navaja-
-A ver valiente
–cogiéndolo del cuello y apretando-
Dani no podía
respirar
-¡Padre!
Sus fuertes dedos
apretaron hasta que Dani perdió el conocimiento, sus músculos se relajaron, se
liberó su esfínter vaciando el orín y murió entre sus manos
-¡Hijo! Ego te
absolvo pecatis tuis. Amen.
-Padre Antonio,
¿puedo pasar? –la llamada de Josefa, la señora que le hacía las tareas
domésticas, le devolvió a la realidad-
-Espere Josefa, me
estoy cambiando.
¡Ay este hombre!
Es usted tan presumido que más parece un modelo de esos que un cura...
-Josefa, que irá
usted al infierno –escondiendo el cuerpo de Dani debajo de la cama. Al
anochecer ya pensaría como deshacerse del cuerpo- Ya puede entrar.
-Al infierno no se
va por decir las verdades Padre. Y no es mala cosa que sea usted presumido.
-Bueno, bueno, ya
está bien Josefa.
-En fin, Padre
¿recuerda usted que es martes? Toca cambiar las sábanas.
-Las cambié ayer,
Josefa.
-Se equivoca Padre,
son las de rayas que le puse la semana pasada...además...si siempre se las
cambio yo...
-¡Las cambié ayer
le digo! -perdiendo la paciencia-
-...bueno,
bueno...no las cambio si no quiere..Pero no creo que tenga que hablarme así...
-Disculpe Josefa,
pero es que un feligrés me acaba de contar algo terrible y...
-Nada,
nada...¡Pero si una le hiciera pagar las discusiones con mi marido y mis hijos
–haciendo pucheros-
-Josefa, va...
–abrazándola- no quería molestarla, ya sabe cuanto la aprecio.
-Bueno, asi pues
Padre...¿se las cambio?
-No.
-Usted perdone
–saliendo de la habitación del padre Antonio-
El salió tras ella
y estando ante el altar el Padre Antonio le dijo:
-Josefa, tengo que
ir al colegio, la dejo que trabaje en paz.
-Hasta luego
Padre.
El Padre Antonio
salió de la parroquia y, seguidamente, Josefa volvió a su habitación. Algo la
intrigaba. El Padre Antonio nunca le había hablado así. Algo más que la
confesión de un feligrés le debía preocupar. Pues no había oido confesiones él,
y en un barrio como ese.
Que caray, le iba
a cambiar las sábanas porqué ella sabía mejor que él cuanto tiempo llevaban
puestas.
Se acercó a la
cama, sacó las sábanas usadas, y cuando se acercó para poner las nuevas su pié
notó algo bajo la cama.Miró hacia abajo y vió que era una mano.
Gritó con todas
sus fuerzas presa del terror más absoluto, se dió la vuelta para salir
corriendo y vió enmarcado en la puerta al Padre Antonio.
-¿NO LE HABIA
DICHO, MI BUENA JOSEFA, QUE NO ME CAMBIARA LAS SABANAS?
Al despertar él se levantó con un nudo en la garganta.
AL DESPERTAR ÉL SE LEVANTÓ CON UN NUDO EN LA GARGANTA.
Al despertar él se levantó con un nudo en la
garganta, con un gusto amargo en la boca.
La ducha no fué lo revitalizante que
acostumbraba. Cuando terminó se secó, como de costumbre, y descubrió gotas de
sudor que perlaban su frente y su esternón. El afeitado fué maquinal. Más que
vestido se diría que salió a la calle cubierto. Eso si, tras tomarse su
preceptivo café.
Se dirigió a buscar su coche donde lo había
dejado la noche anterior, en la calle de abajo de la suya. Cuando llegó, vió
que no estaba. Su rostro mudó del rojo intenso y acalorado al blanco cetrino,
cual si estuviera más en el otro barrio que en este.
Miró a un lado y a otro de la calle y se
apercibió, con una mezcla de asombro y de esperanza, de que no había coche
alguno, a pesar de que la tarde anterior la calle estaba llena.
-A ver si el Ayuntamiento habrá retirado
todos los coches aparcados para hacer alguna obra en la calle –pensó-.
Claro que eso no cuadraba con que no hubiera
NINGÚN coche ni en esa calle, ni en la suya, ni en la que unía a ambas.
Siguió hasta la calle siguiente y vió que
también allí habían desaparecido.
¿Qué podía haber pasado? No hay banda de
ladrones lo suficientemente poderosa y hábil como para vaciar de coches las
aceras de un barrio entero en una sola noche y sin que nadie se dé cuenta.
Por otra parte, el Ayuntamiento no trabaja
tanto de noche (de día tampoco mucho, para que vamos a engañarnos). Tampoco
había nadie más que él en la calle.
Decidió volver a su casa, llamar a la Policía
y despertar a su mujer (a la suya, no a la del policía). Su sorpresa fué
mayúscula al reparar en que tampoco estaba su mujer. La rutina matinal le había
hecho suponer que ella estaba en la cama, a su lado. Pero no, no estaba allí.
El pánico se apoderó de él. Salió al rellano
y llamó a los timbre de sus dos vecinos. Nada.
A los del piso superior. Nada.
A los del piso inferior. Nada.
Silencio absoluto. La nada total. Ninguna
señal de vida a su alrededor.
Notaba una fuerte opresión en el pecho.
Sudaba a raudales.
Llamó a la Policía. Nada.
Colgó el teléfono con la desesperación y el
desánimo del que pierde su último cartucho.
De repente, sonó un ruido que siempre le
molestaba, pero que en ese momento le pareció la más bella música jamás
compuesta: el teléfono. Descolgó con
avidez.
-¿Si?
-¿Señor Contreras?
-Si, dígame.
-Soy Luis Domínguez, de su Banco.
-¡Domínguez cuanto me alegra oirle! Ha pasado
algo terrible, asombroso, no hay palabras suficientes. Verá...esta mañana, al
despertar...
-Perdone que le interrumpa Sr. Contreras.
Debe ud. Al Banco las dos últimas cuotas de la hipoteca...
-¡Pero que me cuenta de la hipoteca ahora! Es
más importante lo que me ha sucedido hoy y necesito que me ayude. Escuche: Esta
mañana, al despertarme...
-“SE” lo que le ha sucedido esta mañana sr.
Contreras. Y por supuesto que quiero ayudarle. Para eso estamos. Pero, claro,
para ello es absolutamente necesario que Vd. Me ayude a mi primero.
Se hizo un silencio absoluto. Tenso.
Dramático. Se podía cortar con un cuchillo.
-¿Qué quiere decir con que sabe lo que me ha
sucedido sr. Domínguez?
-¡Sr. Contreras, sr. Contreras! Mire que el
notario lee en voz alta las cláusulas de la hipoteca para que ambas partes den
su consentimiento. Pero claro –y permítame decirle que Vd. No es el único-
Vds., la mayoría de clientes, no prestan atención a lo que dice el notario.
Creen que se trata de una mera formalidad...
-¡¡¡Que coño me está contando desgraciado!!!
Diga de una vez que quiere decir con que sabe lo que me ha sucedido...
-Sr. Contreras, no hace falta ser tan
desagradable, ni alzar la voz ni emplear ese tono. En cuanto a su pregunta, iba
a contestarle, si deja de interrumpirme. Para responder a las dificultades del
mercado de la vivienda, incluyendo el tema hipotecario, el Congreso aprobó la
Ley 28/2010, de 2 de febrero, por la cual se modificaba el pase a morosidad
desde el impago de tres cuotas, como era anteriormente. La modificación es la
siguiente: Cuando el deudor deje de pagar dos cuotas consecutivas del préstamo
hipotecario se le desconectará el entorno. ¿Lo entiende sr. Contreras? Su vida
diaria, su relación con las personas queridas, etc. Si estas no solucionan la
deuda, y además se produce un tercer impago, se le expropiará la vivienda a la
esposa y se le desconectará la vida al marido hasta que se resuelva la deuda.
¿Lo entiende sr. Contreras? Un estado latente próximo a la muerte.
-¡¡¡Eso es imposible Domínguez!!! ¿Me toma
por imbécil? Eso no lo puede hacer nadie.
-¿De verdad sr. Contreras? Entonces, ¿cómo
explica lo que le está sucediendo hoy? Si no me cree, intente llamar a alguién
cuando cuelgue. ¿Lo ha intentado ya?
-¡¡¡Por Diós!!! Hable con mi mujer, que venda
el coche si es necesario, pero que pague...
-Sr. Contreras, lo estamos intentando. De
hecho, nosotros queremos cobrar lo prestado, no nos interesan los inmuebles,
pero existe un inconveniente...su mujer...¿como lo diría?...no está muy por la
labor. Ha descubierto sus devaneos con una señorita y se plantea seriamente
cambiar de vida. De hecho, tiene ya un lugar en el que vivir...otra
persona...en fin...y está dispuesta a que su “desconexión” sea permanente...
-¡No es posible! ¡Yo la quiero! Sólo fué
una...debilidad momentánea...a mí solo me interesa mi mujer...
-Verá, se puede solucionar si me da el nombre
de alguna persona que pueda cubrir las cuotas, luego Vd. Vende el piso, nos
paga lo que resta de hipoteca y...
-No, no, Vd. No lo entiende Domínguez. No
puedo darle el nombre de nadie más...no tengo a nadie más...
-En ese caso, sr. Contreras, sintiéndolo
mucho...
-¡¡¡No, nooooo!!!
Dos días más tarde, apareció en el
periódico...
CARLOS CONTRERAS DUARTE (QEPD)
Falleció cristiánamente el 10 de
julio de 2010 a la edad de 36 años.
Su afligida esposa Paula Esteve
Subirats, padres y demás familia ruegan una oración por su alma.
El sepelio tendrá lugar hoy 11 de
julio a las 10 horas en el tanatorio de Sancho de Avila.
Un mes más tarde...
PAULA ESTEVE SUBIRATS y LUIS
DOMINGUEZ MARCO
Les invitan a su próximo enlace
que tendrá lugar el próximo
11 de septiembre de 2010
En la Iglesia de Santa María del
Mar de Barcelona,
A las 12:00 horas.
Se ruega confirmación.
sábado, 21 de julio de 2012
FIESTA
FIESTA.
Siempre habían sido muy religiosos. Les venía de familia. De hecho, los padres de Federico, Ramón y Clara, demócratas y religiosos, se habían visto atrapados entre dos fuegos durante la guerra civil española. No en vano se sintieron perseguidos por la FAI en un lado y por la misma dirección del bando fascista.
El resultado fue que Federico quedó huérfano de padre a la tierna edad de diez años y criado por sus abuelos paternos (de probada fidelidad al bando vencedor) ya que su madre estuvo presa hasta que él hubo cumplido los veinte años.
De ella, de la infancia que pasó a su lado, recordaba su dulzura. Él siempre era para ella “su ángel”. Recordaba el olor a jabón y aquel perfume con aires de lavanda que, cerrando los ojos, le hacía ver la imagen de su madre en su juventud.
Sin embargo, tanto la educación que recibió de sus abuelos como la de su madre, tenían un punto en común: la religiosidad. Eso si, la de sus padres tenía como centro el amor, la de sus abuelos el temor.
Eran gentes de misa diaria y la dominical vestidos con sus mejores galas. Para ellos, el cielo era el premio a su devoción cristiana en la tierra.
El poco tiempo que tuvo para disfrutar de su padre le sirvió para aprender que el pueblo es soberano y ningún soberano tiene el derecho, terrenal o divino, de someter al pueblo. Hombre de firmes convicciones, de fuerte carácter y sonrisa fácil para apaciguar cualquier temor.
Ahora, con veinticinco años, y tras haber estudiado derecho, se había casado con la que había sido su novia desde que tenían dieciocho años él y dieciséis ella, de nombre Montserrat.
Ese domingo era festivo por doble motivo ya que bautizaban a su hijo recién nacido, Manuel. De buena mañana había sido un día con actividad febril. Montserrat iba de arriba abajo, de izquierda a derecha y de dentro a fuera. ¿Estaban a punto las peladillas? ¿Planchada la camisa de Federico? ¿La ropita de Manuel a punto? ¿No habría alguna mancha inoportuna en su vestido?
Para acabar de aderezar la ensalada en que se había convertido ese domingo, llegaron los abuelos de él. La abuela, Francisca, con gesto severo, se dedicó a hacer una revisión a fondo de la casa. El abuelo, Joaquín, tomó asiento en el jardín para aprovechar la bonanza de esa mañana de mayo. Miró a Montserrat sin decir nada. Ella sabía que era su manera de decirle que quería tomar un café.
Al poco llegó Clara, la madre de Federico. Su hijo y Montserrat la recibieron con un beso. Los abuelos, sus padres, torcieron el gesto.
-Vaya, hoy parecía un buen día y de repente se ha nublado –gruñó el abuelo.
-Yo también me alegro de verle, padre –respondió Clara.
La abuela le lanzó una mirada furibunda.
-Madre –la saludó Clara.
La abuela entró en la casa dejando a todos en el jardín.
A la media hora, salía todos en comitiva hacia la iglesia. Clara en el mismo coche que su hijo y su nuera. Al llegar a destino, vieron en la puerta a los padres de Montserrat, Francisco y Rosa, comerciantes que no tenían opinión política evidente, temerosos de Dios y de la Guardia Civil.
-Hijos míos, y mi chiquitín…-la madre de Montserrat cogió en brazos a su nieto.
-El padre nos espera…-terció la abuela de Federico con gesto adusto, consiguiendo que la mujer devolviera el niño a su hija inmediatamente.
-Lógico madre –intervino Clara-, sin el niño no hay bautizo. Y porqué le haga unos mimos su abuela no le va a arruinar el domingo.
Al abuelo se le congestionó el rostro.
-Buenos días –saludó el sargento de la Guardia Civil-. Buen día para bautizar a un cristiano. Esta país no anda sobrado de ellos, a pesar de la limpieza que hicimos durante la cruzada –mirando con sorna a Clara.
-No del todo –respondió ella- fíjese en el lamparón que lleva en la guerrera.
-¿Lamparón? ¿Qué lamparón? –mirándose la guerrera preocupado.
Entraron en la iglesia.
-Muy ingeniosa mamá, pero algo imprudente. No conviene hacerse enemigos de ese tipo –le susurró su hijo a Clara.
-Hijo, no hago enemigos, los mantengo –replicó Clara.
Los padrinos fueron el abuelo Joaquín y la abuela Rosa.
Joaquín, hombre severo, de gesto adusto y marciales formas, sujetó a su nieto sobrado de eficacia y carente de ternura. No es que no quisiera a su nieto, es que no era viril demostrar el amor que le profesaba. Eso quedaba para las mujeres. Él seguía siendo el cabeza de familia y no perdía ocasión de demostrarlo.
Era precisamente por su posición que habían acudido a la ceremonia las fuerzas vivas del pueblo. El alcalde, el sargento de la Guardia Civil y el párroco, lógicamente. Les gustara o no a su nieto y, sobre todo, a su hija Clara.
Terminada la ceremonia, fueron todos al convite que se celebró en el jardín de la casa de Joaquín y Francisca. Al fin y al cabo era su nieto, el nieto de Joaquín Vidal, el hombre más poderoso de la comarca, dueño de tierras de cultivo y de una fábrica de bicicletas que daban trabajo a buena parte de los lugareños.
Fabián, el viejo mayordomo de su abuelo, los recibió con una sonrisa. No en vano había visto crecer a Clara y había pasado muchas horas con su hijo Federico.
-Que alegría verles, señores. Por Vd. no pasan los años Señorita Clara.
-Gracias Fabián.
-A ver, Federico –dijo el abuelo, dándole la espalda al mayordomo que se retiró discretamente- en la mesa principal os sentáis Montserrat y tu con nosotros y las autoridades.
-¿Y mi madre? ¿Y los padres de Montserrat?
-Los he puesto en una mesa al lado, al fin y al cabo los que importan son los padres de la criatura, los dueños de la casa, y las autoridades, por supuesto.
-No lo veo así, abuelo.
-¿Me replicas? ¡Esta es mi casa y se hace lo que a mi me da la gana!
-No importa hijo –intervino Clara- nos sentaremos en la otra mesa. –y bajando la voz- Ten la fiesta en paz que es el bautizo de tu hijo y al abuelo, a sus años, no lo cambiarás tu ni nadie.
-Pero madre…
-Hazlo por tu hijo. Tendremos más días para estar juntos sin gruñones de por medio –dijo Clara, mirando a su padre con una sonrisa burlona.
-¡Si por mi fuera no estarías aquí ¡–respondió Joaquín.
-Si no fuera por mi madre, ya nos habríamos marchado –soltó Federico.
Su abuelo levantó la mano.
Su hija se la sujetó en el aire.
-Ni se le ocurra ponerle la mano encima a mi hijo, padre.
-Desgraciada. ¡Sal de mi casa inmediatamente!
-Abuelo, quédese con sus amigos que mi familia y yo nos vamos. Vámonos –Federico hizo un gesto a su esposa y a sus suegros.
-¡Ni se te ocurra, desagradecido!
-¡Joaquín, haz algo, no lo consientas! –gimió Francisca.
-Hija mía –terció el párroco dirigiéndose a Clara-, una buena cristiana no falta la respeto a su padre.
-Ni un buen pastor regaña a sus ovejas porqué defiendan a sus crías del lobo –respondió Clara desafiante-, padre.
-Quizás si hubiera estado un tiempo con la Sección Femenina habría aprendido lo que se le olvidó casada con ese rojo –sentenció el alcalde.
-¡Deje en paz a los muertos! –respondió Federico- Usted no tiene ni la talla moral, ni la honradez necesaria para referirse a mi padre –siseó a un palmo de la cara del alcalde.
A Joaquín le dio un ataque de ansiedad.
-Joaquín, por Dios ¿qué tienes? –dijo Francisca, asustada, ayudándolo entre ella y el párroco a sentarse.
Joaquín se desmayó.
-Doctor Solans, por favor –ya acudía el médico del pueblo a atender al enfermo.
El sargento de la Guardia Civil dejó en la mesa el vaso de vino y se acercó desabrochando la pistolera.
-A ver, según parece no hicimos suficiente limpieza… Madre e hijo se vienen al calabozo.
-¡Ni se le ocurra tocar a mi madre! –Federico le dio un empujón al sargento que trastabillo y cayó al suelo con tan mala fortuna que fue a dar con la cabeza en la mesa quedando inconsciente.
-Al Doctor Solans se le acumula el trabajo –rió Clara-. No tanto como cuando certificaba los fallecimientos de los fusilados después de la guerra.
El aludido, con la mirada encendida, en cuclillas para atender al sargento, gritó:
-A mi la Guardia Civil.
Entraron a la carrera dos guardias que estaban en la puerta exterior del jardín, fusil en ristre.
-Detengan a Federico y a su madre. Han atacado al alcalde y al sargento.
Los dos guardias se abalanzaron sobre madre e hijo. Montserrat, viendo amenazado a su marido golpeó en la cabeza a uno de los guardias, no sin antes sacarle el tricornio de un guantazo. El otro guardia giró su fusil contra la joven y fue embestido por Federico.
Francisco, el padre de Montserrat, dejó fuera de combate al Guardia de un puñetazo.
Sonó un disparo.
El sargento, que se había incorporado blandiendo su pistola, yacía en el suelo con un boquete en el pecho.
Frente a él Fabián, el viejo mayordomo, con su escopeta de caza.
-Señor Federico lo mejor será que se vayan a Francia. Vd., su esposa y sus padres, el niño y su madre.
-¿Y Vd. Federico?
-Ya soy viejo. Conmigo aquí tendrán con que entretenerse y eso les dará tiempo a Vds.
El alcalde intervino
-¿Acaso cree que lo consentiré?
-¿Acaso no sabe que una escopeta de caza tiene dos cañones? ¿Y que el otro está preparado? –respondió Fabián, haciendo enmudecer y palidecer al tiempo al alcalde.
-No se entretengan, recojan lo necesario y váyanse.
-Nunca lo olvidaré amigo mío.
Veinte años más tarde, en su casa de Ginebra, Federico, a la sazón jurista de Naciones Unidas, le contó a su hijo Manuel cual fue el final de la historia. Fabián había sido fusilado tras un consejo de guerra sumarísimo. Un viejo compañero de escuela del pueblo le había contado que al pobre habían tenido que sentarlo en una silla de cómo había quedado tras los interrogatorios. El abuelo Joaquín, superado por los acontecimientos y caído en desgracia para el Régimen, había fallecido en poco tiempo. Su corazón fue incapaz de aguantar. La abuela Francisca, sumida por la pena, sola en su casa, cuidada por el servicio, abandonada por todos, le había sobrevivido tan solo tres años.
-¿Nunca más hablaste con ella? –quiso saber Manuel.
-Hijo, siempre supe de ella por este amigo del pueblo. Al fin y al cabo era mi abuela. Pero ni ella tenía ganas de hablar con nosotros ni nosotros con ella. No habríamos sabido por donde comenzar. Porqué, en definitiva, a pesar de su edad, todavía teníamos que comenzar.
-Vaya, hoy parecía un buen día y de repente se ha nublado –gruñó el abuelo.
-Yo también me alegro de verle, padre –respondió Clara.
La abuela le lanzó una mirada furibunda.
-Madre –la saludó Clara.
La abuela entró en la casa dejando a todos en el jardín.
A la media hora, salía todos en comitiva hacia la iglesia. Clara en el mismo coche que su hijo y su nuera. Al llegar a destino, vieron en la puerta a los padres de Montserrat, Francisco y Rosa, comerciantes que no tenían opinión política evidente, temerosos de Dios y de la Guardia Civil.
-Hijos míos, y mi chiquitín…-la madre de Montserrat cogió en brazos a su nieto.
-El padre nos espera…-terció la abuela de Federico con gesto adusto, consiguiendo que la mujer devolviera el niño a su hija inmediatamente.
-Lógico madre –intervino Clara-, sin el niño no hay bautizo. Y porqué le haga unos mimos su abuela no le va a arruinar el domingo.
Al abuelo se le congestionó el rostro.
-Buenos días –saludó el sargento de la Guardia Civil-. Buen día para bautizar a un cristiano. Esta país no anda sobrado de ellos, a pesar de la limpieza que hicimos durante la cruzada –mirando con sorna a Clara.
-No del todo –respondió ella- fíjese en el lamparón que lleva en la guerrera.
-¿Lamparón? ¿Qué lamparón? –mirándose la guerrera preocupado.
Entraron en la iglesia.
-Muy ingeniosa mamá, pero algo imprudente. No conviene hacerse enemigos de ese tipo –le susurró su hijo a Clara.
-Hijo, no hago enemigos, los mantengo –replicó Clara.
Los padrinos fueron el abuelo Joaquín y la abuela Rosa.
Joaquín, hombre severo, de gesto adusto y marciales formas, sujetó a su nieto sobrado de eficacia y carente de ternura. No es que no quisiera a su nieto, es que no era viril demostrar el amor que le profesaba. Eso quedaba para las mujeres. Él seguía siendo el cabeza de familia y no perdía ocasión de demostrarlo.
Era precisamente por su posición que habían acudido a la ceremonia las fuerzas vivas del pueblo. El alcalde, el sargento de la Guardia Civil y el párroco, lógicamente. Les gustara o no a su nieto y, sobre todo, a su hija Clara.
Terminada la ceremonia, fueron todos al convite que se celebró en el jardín de la casa de Joaquín y Francisca. Al fin y al cabo era su nieto, el nieto de Joaquín Vidal, el hombre más poderoso de la comarca, dueño de tierras de cultivo y de una fábrica de bicicletas que daban trabajo a buena parte de los lugareños.
Fabián, el viejo mayordomo de su abuelo, los recibió con una sonrisa. No en vano había visto crecer a Clara y había pasado muchas horas con su hijo Federico.
-Que alegría verles, señores. Por Vd. no pasan los años Señorita Clara.
-Gracias Fabián.
-A ver, Federico –dijo el abuelo, dándole la espalda al mayordomo que se retiró discretamente- en la mesa principal os sentáis Montserrat y tu con nosotros y las autoridades.
-¿Y mi madre? ¿Y los padres de Montserrat?
-Los he puesto en una mesa al lado, al fin y al cabo los que importan son los padres de la criatura, los dueños de la casa, y las autoridades, por supuesto.
-No lo veo así, abuelo.
-¿Me replicas? ¡Esta es mi casa y se hace lo que a mi me da la gana!
-No importa hijo –intervino Clara- nos sentaremos en la otra mesa. –y bajando la voz- Ten la fiesta en paz que es el bautizo de tu hijo y al abuelo, a sus años, no lo cambiarás tu ni nadie.
-Pero madre…
-Hazlo por tu hijo. Tendremos más días para estar juntos sin gruñones de por medio –dijo Clara, mirando a su padre con una sonrisa burlona.
-¡Si por mi fuera no estarías aquí ¡–respondió Joaquín.
-Si no fuera por mi madre, ya nos habríamos marchado –soltó Federico.
Su abuelo levantó la mano.
Su hija se la sujetó en el aire.
-Ni se le ocurra ponerle la mano encima a mi hijo, padre.
-Desgraciada. ¡Sal de mi casa inmediatamente!
-Abuelo, quédese con sus amigos que mi familia y yo nos vamos. Vámonos –Federico hizo un gesto a su esposa y a sus suegros.
-¡Ni se te ocurra, desagradecido!
-¡Joaquín, haz algo, no lo consientas! –gimió Francisca.
-Hija mía –terció el párroco dirigiéndose a Clara-, una buena cristiana no falta la respeto a su padre.
-Ni un buen pastor regaña a sus ovejas porqué defiendan a sus crías del lobo –respondió Clara desafiante-, padre.
-Quizás si hubiera estado un tiempo con la Sección Femenina habría aprendido lo que se le olvidó casada con ese rojo –sentenció el alcalde.
-¡Deje en paz a los muertos! –respondió Federico- Usted no tiene ni la talla moral, ni la honradez necesaria para referirse a mi padre –siseó a un palmo de la cara del alcalde.
A Joaquín le dio un ataque de ansiedad.
-Joaquín, por Dios ¿qué tienes? –dijo Francisca, asustada, ayudándolo entre ella y el párroco a sentarse.
Joaquín se desmayó.
-Doctor Solans, por favor –ya acudía el médico del pueblo a atender al enfermo.
El sargento de la Guardia Civil dejó en la mesa el vaso de vino y se acercó desabrochando la pistolera.
-A ver, según parece no hicimos suficiente limpieza… Madre e hijo se vienen al calabozo.
-¡Ni se le ocurra tocar a mi madre! –Federico le dio un empujón al sargento que trastabillo y cayó al suelo con tan mala fortuna que fue a dar con la cabeza en la mesa quedando inconsciente.
-Al Doctor Solans se le acumula el trabajo –rió Clara-. No tanto como cuando certificaba los fallecimientos de los fusilados después de la guerra.
El aludido, con la mirada encendida, en cuclillas para atender al sargento, gritó:
-A mi la Guardia Civil.
Entraron a la carrera dos guardias que estaban en la puerta exterior del jardín, fusil en ristre.
-Detengan a Federico y a su madre. Han atacado al alcalde y al sargento.
Los dos guardias se abalanzaron sobre madre e hijo. Montserrat, viendo amenazado a su marido golpeó en la cabeza a uno de los guardias, no sin antes sacarle el tricornio de un guantazo. El otro guardia giró su fusil contra la joven y fue embestido por Federico.
Francisco, el padre de Montserrat, dejó fuera de combate al Guardia de un puñetazo.
Sonó un disparo.
El sargento, que se había incorporado blandiendo su pistola, yacía en el suelo con un boquete en el pecho.
Frente a él Fabián, el viejo mayordomo, con su escopeta de caza.
-Señor Federico lo mejor será que se vayan a Francia. Vd., su esposa y sus padres, el niño y su madre.
-¿Y Vd. Federico?
-Ya soy viejo. Conmigo aquí tendrán con que entretenerse y eso les dará tiempo a Vds.
El alcalde intervino
-¿Acaso cree que lo consentiré?
-¿Acaso no sabe que una escopeta de caza tiene dos cañones? ¿Y que el otro está preparado? –respondió Fabián, haciendo enmudecer y palidecer al tiempo al alcalde.
-No se entretengan, recojan lo necesario y váyanse.
-Nunca lo olvidaré amigo mío.
Veinte años más tarde, en su casa de Ginebra, Federico, a la sazón jurista de Naciones Unidas, le contó a su hijo Manuel cual fue el final de la historia. Fabián había sido fusilado tras un consejo de guerra sumarísimo. Un viejo compañero de escuela del pueblo le había contado que al pobre habían tenido que sentarlo en una silla de cómo había quedado tras los interrogatorios. El abuelo Joaquín, superado por los acontecimientos y caído en desgracia para el Régimen, había fallecido en poco tiempo. Su corazón fue incapaz de aguantar. La abuela Francisca, sumida por la pena, sola en su casa, cuidada por el servicio, abandonada por todos, le había sobrevivido tan solo tres años.
-¿Nunca más hablaste con ella? –quiso saber Manuel.
-Hijo, siempre supe de ella por este amigo del pueblo. Al fin y al cabo era mi abuela. Pero ni ella tenía ganas de hablar con nosotros ni nosotros con ella. No habríamos sabido por donde comenzar. Porqué, en definitiva, a pesar de su edad, todavía teníamos que comenzar.
martes, 3 de julio de 2012
UNO
Llovía a cántaros. Parecía que la naturaleza fuera a resarcirse de los tres meses de sequía. La noche hacía más temible la tormenta. El agua corría entre las vetustas casas que componían el pueblo.
El viento, ululante, golpeaba los antiguos ventanales de madera como si quisiera arrancarlos. Carlos fue a por velas ya que la luz acababa de dimitir de sus funciones y los fusibles se habían declarado en huelga. Por un momento pensó que la situación se asemejaba mucho a las antiguas películas de terror de los años treinta. Suerte que era sábado y no había que madrugar al día siguiente.
De pronto, sonaron tres golpes en la pesada puerta de madera de la entrada. Abrió la puerta y se encontró frente a frente con su ex esposa.
-¿Te importa si entro? Hace una noche de mil demonios y mi coche se niega a seguir.
-Pasa, pasa.
Marisa entró en la casa sacudiéndose la lluvia de encima.
-Vaya nochecita…
-Estás empapada, ven frente a la chimenea que te secarás. No funciona la calefacción, lo siento, se ha ido la luz.
-No importa Carlos. La chimenea irá muy bien.
Marisa se quitó el tres cuartos que llevaba y Carlos constató que seguía siendo tan bella como siempre aunque hubieran pasado diez años y ambos estuvieran cerca de la cincuentena.
-Y bien, Marisa, ¿qué te cuentas?
-Nada nuevo, ya sabes…la vida de siempre, del trabajo a casa y de casa al trabajo. Excepto algunas ocasiones en que voy a Madrid a reuniones del Banco.
-Siempre has sabido que era un trabajo muy esclavo, bien pagado, pero esclavo. Y la verdad es que lo has antepuesto a cualquier otra cosa en la vida. De eso puedo dar fe.
-¿Me guardas rencor?
-No, para nada. Han pasado diez años y quedamos tan amigos. Supongo que el tiempo todo lo cura aunque nunca dejé de quererte.
-Pues tuviste una manera muy curiosa de demostrarlo rompiendo nuestro matrimonio.
-Se rompió solo Marisa. Es cosa de dos y yo estaba muy por detrás de tu trabajo. Si hasta te llevabas expedientes a casa el fin de semana…
-Bueno, no discutamos ahora –Marisa ladeó la cabeza, sonriendo.
-¿Qué te trae por aquí? Porqué el pueblo está a cien kilómetros de tu casa y que pasaras por aquí y se te estropeara el coche…
-Ja, ja, ja…bueno…me has pillado. En realidad tenía ganas de verte –Marisa puso una mano sobre una de las suyas.
A Carlos se le atropellaron los recuerdos. Ninguno de los dos había rehecho su vida. La besó.
Veinte minutos después abrazados sobre la alfombra delante de la chimenea, Marisa le dijo:
-Carlos, quería comentarte una cosa. Cuando venía hacia aquí he pensado que necesitaba decirlo porqué eres el único en quien puedo confiar.
-Dime.
-Verás…estoy estudiando una operación muy importante. Se trata de una gran empresa que trabaja con nuestra entidad y van a firmar un contrato con una multinacional americana. Pues bien, estudiándolo a fondo me he dado cuenta de que nuestro cliente está metido en asuntos turbios. Y no solo eso, por un dato que he podido leer, parece que un directivo del Banco los ha ayudado en esos temas. La verdad es que no puedo demostrarlo porqué ponía su nombre de pila, pero por algunas cosas que leí parece que sea él. No se que debo hacer y la verdad es que da un poco de miedo. De hecho ayer recibí una llamada telefónica muy rara en mi móvil. No contestaron durante unos segundos y colgaron.
-Bueno mujer, quizás era alguien que se equivocó –respondió Carlos no muy convencido, más que nada para rebajar su inquietud.
-¿Se equivocaron cuatro veces en una hora?
-A ver…ya que has empezado, cuéntame con más detalle. Difícilmente habrá anotaciones comprometedoras en los números de una gran empresa…
-Por supuesto. Pero cuando algo no cuadra y vas atando cabos…Uno de sus departamentos deja de tener ingresos justo cuando la policía hace alguna redada…estoy hablando de tráfico de drogas y trata de blancas. También coincide con determinados movimientos que llevó el directivo del que te he hablado…
-¿Quién es? ¿Lo conozco?
-Jorge Fuentes.
-¿Jorge? ¡Increíble! Siempre tan discreto, parecía soldado a la silla de su despacho, con escaso don de gentes, y…¿estás segura?
-Completamente. Tengo el expediente original y los otros documentos que lo relacionan todo. ¿Me acompañarías a la policía?
-Claro. Pero tienes que tener algo sólido que darles.
-Tengo el expediente y los datos que he ido recopilando. Puedo relacionarlo todo.
-Bien. Pero hay una cosa que no me ha quedado clara. ¿Cómo te puede hacer alguien llamadas extrañas si no se lo has contado a nadie? ¿O si?
-No. Pero Jorge me vio llevarme el expediente casa.
-Eso lo has hecho siempre…
-Si pero no cada día. Y no he sabido disimular, intento evitar a Jorge y me parece que lo ha notado. El jueves pasado le vi hablando con el cliente, me puse nerviosa y lo notaron. ¿Qué voy a hacer Carlos? ¿qué voy a hacer? –Marisa sollozaba.
-Tranquila Marisa –Carlos la abrazó-. Te ayudaré y ya verás como sales de este embrollo. Se me ocurre una cosa –la miró sonriente-. Voy a hacer café. Todavía tengo la antigua cafetera y nos vendrá muy bien. ¿Te apetece?
-Gracias Carlos –Marisa se enjugó las lágrimas-. Me apetece mucho.
Carlos se levantó y fue hacia la cocina. Desde allí le dijo:
-Si quieres poner un poco de música tengo el iPhone. No hay luz pero la tecnología resiste.
-De acuerdo ¿qué tienes?
-Tu misma. Mira lo que hay y elige.
Marisa cogió el dispositivo de encima de la mesa. Al querer pulsar el icono de “música” pulsó por error el de al lado, “teléfono”. Una curiosidad malsana le hizo pulsar “recientes” y vio algo que le heló la sangre: el número del teléfono móvil particular del gerente de la empresa motivo de sus quebraderos de cabeza estaba en esa lista. La llamada se había producido el jueves, el mismo día que lo vio hablando con Jorge Fuentes.
-Ya está a punto el café.
Marisa dio un respingo.
-¿Qué pasa? De acuerdo que la nochecita y el entorno son como una película de terror de la Universal, ya sabes, las de los años treinta. Pero, caray, tu eres la chica de la película y yo el chico, no el monstruo.
-Entonces, ¿qué es esto? –le enseñó la pantalla del iPhone con la llamada del gerente.
-Juraría que la lista de mis llamadas entrantes y salientes, pero ahí no encontraras música y si mi vida privada. ¿Crees razonable fisgonear mi lista de llamadas?
-Me he equivocado de botón, no pretendía fisgonear nada. Pero tu tienes una llamada del gerente.
-¿El gerente? ¿Qué gerente?
-¿Cómo, “que gerente”? El de la empresa que te he contado, Miguel Campillo.
-¿Miguel? ¿Miguel es el gerente al que te referías, el del tráfico de drogas y trata de blancas? ¡Por favor Marisa! Conozco a Miguel desde pequeños, íbamos al colegio juntos y luego al instituto.
-Si tan amigos erais, ¿cómo es que no le conocí, por qué no vino a nuestra boda?
-Porqué cuando terminó la carrera se fue a vivir a Estados Unidos. Le ofrecieron un contrato en una firma de San Francisco y estuvo allí quince años. Hace un año nos encontramos por casualidad en el Paseo de Gracia, nos dimos los teléfonos y nos hemos visto un par de veces al mes. Quedamos en un café del centro, nos tomamos algo, resolvemos el mundo y nos explicamos nuestras vidas. Pero no sabía que te referías a él, ni que fuera cliente tuyo. El me explicó que era gerente de una empresa pero no me dijo el nombre. Además, él no sabe que tu eres mi ex esposa, le hablé de ti por tu nombre pero Marisa no es un nombre tan extraño. Si te llamaras Chindasvinta…
Marisa rió con ganas la ocurrencia.
-Venga tonta, tomemos el café, ¿lo quieres con leche?...dos de azúcar, si no me equivoco…
-Buena memoria.
La besó en los labios.
-Venga que si no se enfría.
-¿Y tu?
-No, no, yo no me enfrío…creo habértelo probado.
-Ja, ja, ja…digo si tu no tomas café. Si no se trata del desayuno, solo y sin azúcar…
-También tienes buena memoria.
Esta vez fue ella quien le besó.
-Perdona si he dudado de ti. Es que tengo los nervios de punta.
-Tranquila. Lo supongo. Por cierto, no has buscado música.
-Ah si. Espera –cogió otra vez el móvil de Carlos-. A ver que tenemos por aquí…¡ostras! Si tienes aquel tango que bailamos aquella vez en Argentina, “Uno”.
-Ajá, soy un romántico incurable –dijo Carlos mientras sorbía el café.
Ella pulsó el botón de reproducción…
“Uno busca lleno de esperanzas
el camino que los sueños
prometieron a sus ansias,
sabe que la lucha es cruel y es mucha
pero lucha y se desangra
por la fe que lo empecina.
Uno va arrastrándose entre espinas
Y en su afán de dar su amor
Lucha y se destroza hasta entender
Que uno se quedó sin corazón.
Precio de un castigo
Que uno espera
Por un beso que no llega
Y un amor que lo engañó…”
-Que bonito Carlos. Lástima de estos años que hemos perdido.
-No los hemos perdido Marisa. Nos han hecho más sabios. Tu has seguido ascendiendo en el Banco, yo vendí mi empresa, vine a vivir aquí y puedo dedicar mi tiempo a escribir, que es lo que siempre he querido hacer.
-Desde luego es un lugar tranquilo.
-Relajante e inspirador.
-He leído tus tres libros. Me han gustado.
-Gracias. Y yo sigo teniendo mi cuenta con sus ahorrillos y recibos domiciliados en tu banco.
-Gracias también a ti.
Se miraron a los ojos. El fuego de la chimenea titilaba en sus ojos.
“Si yo tuviera un corazón,
un corazón feliz.
Si yo olvidara la que ayer
Se fue sin presentir,
Que es posible que sus ojos
Que me miran con cariño
Los cerrara con mis besos,
Sin pensar que eran como esos
Otros ojos los perversos,
Los que hundieron mi vivir.
Si yo tuviera un corazón, un corazón feliz,
Si olvidara la que ayer
Lo destrozó y pudiera amarte,
Te abrazaría de ilusión
Para llorar mi amor.”
-No me canso de escucharla Carlos.
-Pareces cansada, se te cierran los ojos.
-Supongo que el viaje con esta tormenta, la tensión acumulada de estos días, nuestro reencuentro…y vaya reencuentro pillín…
-Lo mismo digo, pillina…Descansa un poco si quieres y en una hora te despierto para la cena.
Carlos encendió una vela, cogió a Marisa de la mano y subieron a la habitación.
-Te dejo la vela, abajo tengo más y me conozco las escaleras. Descansa un poco.
Al cabo de una hora a Marisa la despertó el aroma de una tortilla de patatas de las que hacía Carlos. Un aroma que creía olvidado, agradable al olfato y el vehículo que la llevaba de vuelta a otros tiempos, en especial a los mejores recuerdos de esos tiempos.
Cogió la vela y bajó, envuelta en una manta ya que estaba calentita en la cama y también ante la chimenea, pero en el trayecto entre ambas hacía frío.
-Hola dormilona. ¿Más descansada?
-Siii. Me hacía falta, la verdad. Mmm, que bien huele. Añoraba este aroma.
-¿Hay hambre?
-La hay.
-Pues a comer.
Carlos puso el plato con la tortilla en la mesa, la cual ya disponía de una fuente con embutidos, otra con quesos y rebanadas de pan.
-¿Te apetece el pan tostado? Aquí en la chimenea queda de muerte…
-Para mi sola no. Si tu también quieres.
-Si mujer, ¿un par de rebanadas cada uno?
-Para mi, una basta.
Carlos puso tres rebanadas sobre una rejilla en la chimenea. Mientras se tostaba el pan, sacó una botella de vino y una de agua. En tres minutos ya estaba el pan preparado.
Lo llevó a la mesa. Una sombra cruzó la mirada de Marisa.
-Un euro por tus pensamientos –sonrió Carlos.
-Carlos confío en ti. Necesito confiar en ti, pero no en tu amigo. Hacía muchos años que no os veíais, ¿quién te asegura que no ha cambiado?
-Me cuesta creerlo Marisa…
-¿De que hablasteis el jueves?
-¿El jueves? Me ofreció un cachorro. Su perra ha tenido crías y pensó que viviendo aquí en el pueblo me iría bien.
-¿Te ofreció un perro diez minutos más tarde de que lo viera con Jorge? Carlos, por favor…
-Si no me crees es cosa tuya –respondió Carlos con dureza-. No puedo hacerte cambiar de opinión si te empecinas en ver lo que no hay.
-Pues dime algo, ¡reacciona! ¿o acaso crees verosímil la explicación que me has dado? Es decir, un hombre que está metido en negocios sucios, que sabe de una mujer que sospecha de él y lo investiga, que “curiosamente” estuvo casada con un amigo suyo, minutos más tarde de que ella le viera con su contacto en el banco le llama para ofrecerle un perro…por favor Carlos…
Carlos guardó silencio, la mirada fría. En ese momento la puerta de entrada se abrió.
-He venido lo más rápido que he podido –dijo Miguel Campillo.
Marisa abrió sus ojos desmesuradamente, la boca abierta y volvió el rostro de Miguel a Carlos.
-¿Cómo has podido? Eran ciertas mis sospechas…que decepción…
-Cariño, me dedico a escribir, es cierto, pero unos ingresitos extra de la compañía de Miguel no vienen mal, no…
-¡¡¡No me llames cariño, degenerado!!! –rugió Marisa.
-Huy, la fierecilla no está domada precisamente –rió Miguel-. Bueno, habrá que ver si entra en razón o entra en el reino de los cielos. Tu decides ricura –mirando a Marisa.
Se abrió la puerta de golpe.
-¡¡¡Suelte el arma!!! Las manos donde pueda verlas –cinco agentes de policía apuntaban con sus armas a Miguel Campillo.
-Buen trabajo Srta. Molina –le dijo el inspector a Marisa, entrando en la casa-. Realmente su ex se ha tragado el anzuelo y así han caído los dos: el cerebro y su brazo ejecutor. Su ex era algo más que un escritor.
-Lástima tesoro, la tortilla me había quedado…de muerte –intervino Carlos con una sonrisa.
-Andando, llévenselos –dijo el inspector a sus hombres.
Sacaron esposados a Miguel y a Carlos. Una vez solos el inspector y Marisa, esta le dijo:
-Bravo José Luis-dijo Marisa aplaudiendo-. A partir de ahora estos dos ya han dejado de ser competencia, el mercado es nuestro.
-Claro preciosa. Digo yo que podríamos aprovechar toda esta comida. Tiene buena pinta y si tardamos más las tostadas se resecarán.
-Pues a comer se ha dicho.
Cuando llevaban más de la mitad de la cena José Luis se sintió indispuesto.
-Tu ex…¿qué dijo de la tortilla?
-Que le había quedado de muerte –el pánico se adueñó de Marisa. No podía mover las piernas.
José Luis convulsionó y cayó al suelo. Marisa empezó a sentir como el mundo daba vueltas hasta que, a su vez, se desplomó. Los últimos segundos de su vida los dedicó a pensar que siempre había infravalorado a Carlos.
Dos horas después, en comisaría, el abogado de Carlos le decía:
-Tranquilo, los documentos están a buen recaudo. No hay base para la investigación y mañana ya estaréis en la calle. Sin cargos, por supuesto.
-¿Marisa y el inspector?
-Encontrarán un frasco en el piso del inspector. De hecho, en el mismo momento en que os detenían un buen samaritano ha enviado un correo electrónico al Director General de la Policía con documentación suficiente para que investiguen al difunto inspector, al que Dios tenga en su gloria.
-Amen. Siempre pensé que eras muy válido. Habrá que ir pensando en aumentar tus ingresos –sonrió Carlos.
El viento, ululante, golpeaba los antiguos ventanales de madera como si quisiera arrancarlos. Carlos fue a por velas ya que la luz acababa de dimitir de sus funciones y los fusibles se habían declarado en huelga. Por un momento pensó que la situación se asemejaba mucho a las antiguas películas de terror de los años treinta. Suerte que era sábado y no había que madrugar al día siguiente.
De pronto, sonaron tres golpes en la pesada puerta de madera de la entrada. Abrió la puerta y se encontró frente a frente con su ex esposa.
-¿Te importa si entro? Hace una noche de mil demonios y mi coche se niega a seguir.
-Pasa, pasa.
Marisa entró en la casa sacudiéndose la lluvia de encima.
-Vaya nochecita…
-Estás empapada, ven frente a la chimenea que te secarás. No funciona la calefacción, lo siento, se ha ido la luz.
-No importa Carlos. La chimenea irá muy bien.
Marisa se quitó el tres cuartos que llevaba y Carlos constató que seguía siendo tan bella como siempre aunque hubieran pasado diez años y ambos estuvieran cerca de la cincuentena.
-Y bien, Marisa, ¿qué te cuentas?
-Nada nuevo, ya sabes…la vida de siempre, del trabajo a casa y de casa al trabajo. Excepto algunas ocasiones en que voy a Madrid a reuniones del Banco.
-Siempre has sabido que era un trabajo muy esclavo, bien pagado, pero esclavo. Y la verdad es que lo has antepuesto a cualquier otra cosa en la vida. De eso puedo dar fe.
-¿Me guardas rencor?
-No, para nada. Han pasado diez años y quedamos tan amigos. Supongo que el tiempo todo lo cura aunque nunca dejé de quererte.
-Pues tuviste una manera muy curiosa de demostrarlo rompiendo nuestro matrimonio.
-Se rompió solo Marisa. Es cosa de dos y yo estaba muy por detrás de tu trabajo. Si hasta te llevabas expedientes a casa el fin de semana…
-Bueno, no discutamos ahora –Marisa ladeó la cabeza, sonriendo.
-¿Qué te trae por aquí? Porqué el pueblo está a cien kilómetros de tu casa y que pasaras por aquí y se te estropeara el coche…
-Ja, ja, ja…bueno…me has pillado. En realidad tenía ganas de verte –Marisa puso una mano sobre una de las suyas.
A Carlos se le atropellaron los recuerdos. Ninguno de los dos había rehecho su vida. La besó.
Veinte minutos después abrazados sobre la alfombra delante de la chimenea, Marisa le dijo:
-Carlos, quería comentarte una cosa. Cuando venía hacia aquí he pensado que necesitaba decirlo porqué eres el único en quien puedo confiar.
-Dime.
-Verás…estoy estudiando una operación muy importante. Se trata de una gran empresa que trabaja con nuestra entidad y van a firmar un contrato con una multinacional americana. Pues bien, estudiándolo a fondo me he dado cuenta de que nuestro cliente está metido en asuntos turbios. Y no solo eso, por un dato que he podido leer, parece que un directivo del Banco los ha ayudado en esos temas. La verdad es que no puedo demostrarlo porqué ponía su nombre de pila, pero por algunas cosas que leí parece que sea él. No se que debo hacer y la verdad es que da un poco de miedo. De hecho ayer recibí una llamada telefónica muy rara en mi móvil. No contestaron durante unos segundos y colgaron.
-Bueno mujer, quizás era alguien que se equivocó –respondió Carlos no muy convencido, más que nada para rebajar su inquietud.
-¿Se equivocaron cuatro veces en una hora?
-A ver…ya que has empezado, cuéntame con más detalle. Difícilmente habrá anotaciones comprometedoras en los números de una gran empresa…
-Por supuesto. Pero cuando algo no cuadra y vas atando cabos…Uno de sus departamentos deja de tener ingresos justo cuando la policía hace alguna redada…estoy hablando de tráfico de drogas y trata de blancas. También coincide con determinados movimientos que llevó el directivo del que te he hablado…
-¿Quién es? ¿Lo conozco?
-Jorge Fuentes.
-¿Jorge? ¡Increíble! Siempre tan discreto, parecía soldado a la silla de su despacho, con escaso don de gentes, y…¿estás segura?
-Completamente. Tengo el expediente original y los otros documentos que lo relacionan todo. ¿Me acompañarías a la policía?
-Claro. Pero tienes que tener algo sólido que darles.
-Tengo el expediente y los datos que he ido recopilando. Puedo relacionarlo todo.
-Bien. Pero hay una cosa que no me ha quedado clara. ¿Cómo te puede hacer alguien llamadas extrañas si no se lo has contado a nadie? ¿O si?
-No. Pero Jorge me vio llevarme el expediente casa.
-Eso lo has hecho siempre…
-Si pero no cada día. Y no he sabido disimular, intento evitar a Jorge y me parece que lo ha notado. El jueves pasado le vi hablando con el cliente, me puse nerviosa y lo notaron. ¿Qué voy a hacer Carlos? ¿qué voy a hacer? –Marisa sollozaba.
-Tranquila Marisa –Carlos la abrazó-. Te ayudaré y ya verás como sales de este embrollo. Se me ocurre una cosa –la miró sonriente-. Voy a hacer café. Todavía tengo la antigua cafetera y nos vendrá muy bien. ¿Te apetece?
-Gracias Carlos –Marisa se enjugó las lágrimas-. Me apetece mucho.
Carlos se levantó y fue hacia la cocina. Desde allí le dijo:
-Si quieres poner un poco de música tengo el iPhone. No hay luz pero la tecnología resiste.
-De acuerdo ¿qué tienes?
-Tu misma. Mira lo que hay y elige.
Marisa cogió el dispositivo de encima de la mesa. Al querer pulsar el icono de “música” pulsó por error el de al lado, “teléfono”. Una curiosidad malsana le hizo pulsar “recientes” y vio algo que le heló la sangre: el número del teléfono móvil particular del gerente de la empresa motivo de sus quebraderos de cabeza estaba en esa lista. La llamada se había producido el jueves, el mismo día que lo vio hablando con Jorge Fuentes.
-Ya está a punto el café.
Marisa dio un respingo.
-¿Qué pasa? De acuerdo que la nochecita y el entorno son como una película de terror de la Universal, ya sabes, las de los años treinta. Pero, caray, tu eres la chica de la película y yo el chico, no el monstruo.
-Entonces, ¿qué es esto? –le enseñó la pantalla del iPhone con la llamada del gerente.
-Juraría que la lista de mis llamadas entrantes y salientes, pero ahí no encontraras música y si mi vida privada. ¿Crees razonable fisgonear mi lista de llamadas?
-Me he equivocado de botón, no pretendía fisgonear nada. Pero tu tienes una llamada del gerente.
-¿El gerente? ¿Qué gerente?
-¿Cómo, “que gerente”? El de la empresa que te he contado, Miguel Campillo.
-¿Miguel? ¿Miguel es el gerente al que te referías, el del tráfico de drogas y trata de blancas? ¡Por favor Marisa! Conozco a Miguel desde pequeños, íbamos al colegio juntos y luego al instituto.
-Si tan amigos erais, ¿cómo es que no le conocí, por qué no vino a nuestra boda?
-Porqué cuando terminó la carrera se fue a vivir a Estados Unidos. Le ofrecieron un contrato en una firma de San Francisco y estuvo allí quince años. Hace un año nos encontramos por casualidad en el Paseo de Gracia, nos dimos los teléfonos y nos hemos visto un par de veces al mes. Quedamos en un café del centro, nos tomamos algo, resolvemos el mundo y nos explicamos nuestras vidas. Pero no sabía que te referías a él, ni que fuera cliente tuyo. El me explicó que era gerente de una empresa pero no me dijo el nombre. Además, él no sabe que tu eres mi ex esposa, le hablé de ti por tu nombre pero Marisa no es un nombre tan extraño. Si te llamaras Chindasvinta…
Marisa rió con ganas la ocurrencia.
-Venga tonta, tomemos el café, ¿lo quieres con leche?...dos de azúcar, si no me equivoco…
-Buena memoria.
La besó en los labios.
-Venga que si no se enfría.
-¿Y tu?
-No, no, yo no me enfrío…creo habértelo probado.
-Ja, ja, ja…digo si tu no tomas café. Si no se trata del desayuno, solo y sin azúcar…
-También tienes buena memoria.
Esta vez fue ella quien le besó.
-Perdona si he dudado de ti. Es que tengo los nervios de punta.
-Tranquila. Lo supongo. Por cierto, no has buscado música.
-Ah si. Espera –cogió otra vez el móvil de Carlos-. A ver que tenemos por aquí…¡ostras! Si tienes aquel tango que bailamos aquella vez en Argentina, “Uno”.
-Ajá, soy un romántico incurable –dijo Carlos mientras sorbía el café.
Ella pulsó el botón de reproducción…
“Uno busca lleno de esperanzas
el camino que los sueños
prometieron a sus ansias,
sabe que la lucha es cruel y es mucha
pero lucha y se desangra
por la fe que lo empecina.
Uno va arrastrándose entre espinas
Y en su afán de dar su amor
Lucha y se destroza hasta entender
Que uno se quedó sin corazón.
Precio de un castigo
Que uno espera
Por un beso que no llega
Y un amor que lo engañó…”
-Que bonito Carlos. Lástima de estos años que hemos perdido.
-No los hemos perdido Marisa. Nos han hecho más sabios. Tu has seguido ascendiendo en el Banco, yo vendí mi empresa, vine a vivir aquí y puedo dedicar mi tiempo a escribir, que es lo que siempre he querido hacer.
-Desde luego es un lugar tranquilo.
-Relajante e inspirador.
-He leído tus tres libros. Me han gustado.
-Gracias. Y yo sigo teniendo mi cuenta con sus ahorrillos y recibos domiciliados en tu banco.
-Gracias también a ti.
Se miraron a los ojos. El fuego de la chimenea titilaba en sus ojos.
“Si yo tuviera un corazón,
un corazón feliz.
Si yo olvidara la que ayer
Se fue sin presentir,
Que es posible que sus ojos
Que me miran con cariño
Los cerrara con mis besos,
Sin pensar que eran como esos
Otros ojos los perversos,
Los que hundieron mi vivir.
Si yo tuviera un corazón, un corazón feliz,
Si olvidara la que ayer
Lo destrozó y pudiera amarte,
Te abrazaría de ilusión
Para llorar mi amor.”
-No me canso de escucharla Carlos.
-Pareces cansada, se te cierran los ojos.
-Supongo que el viaje con esta tormenta, la tensión acumulada de estos días, nuestro reencuentro…y vaya reencuentro pillín…
-Lo mismo digo, pillina…Descansa un poco si quieres y en una hora te despierto para la cena.
Carlos encendió una vela, cogió a Marisa de la mano y subieron a la habitación.
-Te dejo la vela, abajo tengo más y me conozco las escaleras. Descansa un poco.
Al cabo de una hora a Marisa la despertó el aroma de una tortilla de patatas de las que hacía Carlos. Un aroma que creía olvidado, agradable al olfato y el vehículo que la llevaba de vuelta a otros tiempos, en especial a los mejores recuerdos de esos tiempos.
Cogió la vela y bajó, envuelta en una manta ya que estaba calentita en la cama y también ante la chimenea, pero en el trayecto entre ambas hacía frío.
-Hola dormilona. ¿Más descansada?
-Siii. Me hacía falta, la verdad. Mmm, que bien huele. Añoraba este aroma.
-¿Hay hambre?
-La hay.
-Pues a comer.
Carlos puso el plato con la tortilla en la mesa, la cual ya disponía de una fuente con embutidos, otra con quesos y rebanadas de pan.
-¿Te apetece el pan tostado? Aquí en la chimenea queda de muerte…
-Para mi sola no. Si tu también quieres.
-Si mujer, ¿un par de rebanadas cada uno?
-Para mi, una basta.
Carlos puso tres rebanadas sobre una rejilla en la chimenea. Mientras se tostaba el pan, sacó una botella de vino y una de agua. En tres minutos ya estaba el pan preparado.
Lo llevó a la mesa. Una sombra cruzó la mirada de Marisa.
-Un euro por tus pensamientos –sonrió Carlos.
-Carlos confío en ti. Necesito confiar en ti, pero no en tu amigo. Hacía muchos años que no os veíais, ¿quién te asegura que no ha cambiado?
-Me cuesta creerlo Marisa…
-¿De que hablasteis el jueves?
-¿El jueves? Me ofreció un cachorro. Su perra ha tenido crías y pensó que viviendo aquí en el pueblo me iría bien.
-¿Te ofreció un perro diez minutos más tarde de que lo viera con Jorge? Carlos, por favor…
-Si no me crees es cosa tuya –respondió Carlos con dureza-. No puedo hacerte cambiar de opinión si te empecinas en ver lo que no hay.
-Pues dime algo, ¡reacciona! ¿o acaso crees verosímil la explicación que me has dado? Es decir, un hombre que está metido en negocios sucios, que sabe de una mujer que sospecha de él y lo investiga, que “curiosamente” estuvo casada con un amigo suyo, minutos más tarde de que ella le viera con su contacto en el banco le llama para ofrecerle un perro…por favor Carlos…
Carlos guardó silencio, la mirada fría. En ese momento la puerta de entrada se abrió.
-He venido lo más rápido que he podido –dijo Miguel Campillo.
Marisa abrió sus ojos desmesuradamente, la boca abierta y volvió el rostro de Miguel a Carlos.
-¿Cómo has podido? Eran ciertas mis sospechas…que decepción…
-Cariño, me dedico a escribir, es cierto, pero unos ingresitos extra de la compañía de Miguel no vienen mal, no…
-¡¡¡No me llames cariño, degenerado!!! –rugió Marisa.
-Huy, la fierecilla no está domada precisamente –rió Miguel-. Bueno, habrá que ver si entra en razón o entra en el reino de los cielos. Tu decides ricura –mirando a Marisa.
Se abrió la puerta de golpe.
-¡¡¡Suelte el arma!!! Las manos donde pueda verlas –cinco agentes de policía apuntaban con sus armas a Miguel Campillo.
-Buen trabajo Srta. Molina –le dijo el inspector a Marisa, entrando en la casa-. Realmente su ex se ha tragado el anzuelo y así han caído los dos: el cerebro y su brazo ejecutor. Su ex era algo más que un escritor.
-Lástima tesoro, la tortilla me había quedado…de muerte –intervino Carlos con una sonrisa.
-Andando, llévenselos –dijo el inspector a sus hombres.
Sacaron esposados a Miguel y a Carlos. Una vez solos el inspector y Marisa, esta le dijo:
-Bravo José Luis-dijo Marisa aplaudiendo-. A partir de ahora estos dos ya han dejado de ser competencia, el mercado es nuestro.
-Claro preciosa. Digo yo que podríamos aprovechar toda esta comida. Tiene buena pinta y si tardamos más las tostadas se resecarán.
-Pues a comer se ha dicho.
Cuando llevaban más de la mitad de la cena José Luis se sintió indispuesto.
-Tu ex…¿qué dijo de la tortilla?
-Que le había quedado de muerte –el pánico se adueñó de Marisa. No podía mover las piernas.
José Luis convulsionó y cayó al suelo. Marisa empezó a sentir como el mundo daba vueltas hasta que, a su vez, se desplomó. Los últimos segundos de su vida los dedicó a pensar que siempre había infravalorado a Carlos.
Dos horas después, en comisaría, el abogado de Carlos le decía:
-Tranquilo, los documentos están a buen recaudo. No hay base para la investigación y mañana ya estaréis en la calle. Sin cargos, por supuesto.
-¿Marisa y el inspector?
-Encontrarán un frasco en el piso del inspector. De hecho, en el mismo momento en que os detenían un buen samaritano ha enviado un correo electrónico al Director General de la Policía con documentación suficiente para que investiguen al difunto inspector, al que Dios tenga en su gloria.
-Amen. Siempre pensé que eras muy válido. Habrá que ir pensando en aumentar tus ingresos –sonrió Carlos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)