Buenas tardes. Bienvenidos a mi blog.
Está pensado para publicar aquello que pase por mi mente, bien sea realidad (comentarios sobre noticias de actualidad, historia, etc.) o ficción (relatos, novela, incluso poesía).
También me gustaría que aquellos que lo siguierais expresarais vuestras opiniones.
Ojalá en un futuro no muy lejano, todos (vosotros y yo) estuvieramos satisfechos de leer (los unos) y de publicar (el otro) en este, el que espero, de todo corazón, sea a partir de ahora, un espacio de ocio, reflexión y opinión.
Gracias. a todos.
Un saludo.
Ricard.
Está pensado para publicar aquello que pase por mi mente, bien sea realidad (comentarios sobre noticias de actualidad, historia, etc.) o ficción (relatos, novela, incluso poesía).
También me gustaría que aquellos que lo siguierais expresarais vuestras opiniones.
Ojalá en un futuro no muy lejano, todos (vosotros y yo) estuvieramos satisfechos de leer (los unos) y de publicar (el otro) en este, el que espero, de todo corazón, sea a partir de ahora, un espacio de ocio, reflexión y opinión.
Gracias. a todos.
Un saludo.
Ricard.
domingo, 2 de septiembre de 2012
TRES HERMANOS
TRES HERMANOS.
Erase una vez una familia compuesta por tres hermanos, huérfanos de madre a la tierna edad de un año, a consecuencia de una neumonía, y de padre, obrero de la construcción, a los quince, cuando, habiendo terminado su turno de trabajo y al pasar por debajo de otra obra, le cayó un ladrillo en la cabeza y lo mató.
Pasó a cuidarlos su tía Amparo, soltera ella, mujer de gran corazón y hermana de su difunta madre. Los gemelos Jorge, José y Juan, pronto se acostumbraron a la tía Amparo, no en vano esta no era persona tan severa como su padre y les consentía buena parte de las travesuras inherentes a la adolescencia.
Gozaba la tía de buena posición, cosa la cual llevó a que cuando sus sobrinos cumplieron dieciocho años, se pudieran sacar el carnet de conducir. Los tres a la vez.
Era pretensión vana comprarles tres coches (uno para cada uno), por cuanto los hermanos lo hacían todo juntos. Sin embargo, la buena mujer les proveyó de tres automóviles de segunda mano debidamente revisados por el mecánico de toda la vida, vecino del mismo barrio donde vivían y amor secreto de la tía Amparo. Soltero como ella, Higinio (que así se llamaba el pretendiente), solo tenía ojos para Amparo, al punto de que, en más de una ocasión hubiera estado a punto de poner un collar de perlas (de imitación, claro) a la transmisión de un coche y regalarle una correa de transmisión a su amada. Pero a pesar de estos lapsus momentáneos (y románticos, que caray), era un buen mecánico.
Una tarde del mes de mayo Higinio acompañó a Amparo a unos grandes almacenes del centro de la ciudad ya que ella tenía que comprarse un par de bañadores por cuanto los que tenía habían cumplido su función con creces durante varios veranos y reclamaban la jubilación a gritos. Pudiera parecer que la tía Amparo no era tan desprendida como se ha señalado más arriba pero la cuestión no era esa. De hecho Amparo era más desprendida con los demás que con ella misma.
Higinio la acompañó en su coche. Era un clásico que él (en tanto que su profesión era también su afición) cuidaba con esmero, teniéndolo siempre en perfecto estado de funcionamiento.
Dejaron el coche en un aparcamiento subterráneo del centro y se dirigieron a la tienda. Amparo se compró dos bañadores que, previo a su compra, se cuidó de mostrárselos puestos a Higinio por si le gustaba como quedaban. La verdad es que a nuestro mecánico le gustaba más la modelo que los modelitos, razón por la cual no era un ejemplo de objetividad pero, viendo Amparo la cara que ponía su amado, ya se dio por satisfecha. Además, hay que tener en cuenta que eran los modelos que a ella le gustaban, independientemente de la opinión de él. Por tanto se los hubiera quedado igual y se los mostró solo por ver la carilla que ponía el pobre.
Amparo insistió en que él renovara su parque de bañadores ya que los que poseía habían hecho furor en tiempos de Ramsés II, pero ahora quedaban algo desfasados.
Debidamente cargados con las bolsas (el remate fueron los dos frascos de protección solar), Amparo e Higinio salieron a la calle y se fueron a merendar a un café cercano. Bueno…merienda, merienda…hay que tener en cuenta que se acercaba la playa y se trataba de no tener quilos sobrantes (ella, porqué a él eso le traía sin cuidado). Así que ella se tomó un café con leche y él sus buenos churros con chocolate.
Salieron del café y decidieron pasear un rato antes de volver al coche (“para que bajen los churros con chocolate”, le dijo Higinio a Amparo). Paseando, paseando, pasaron por delante de un cine donde proyectaban la última película de un afamado director que les gustaba mucho a ambos. Higinio le propuso que entraran.
-Vamos mujer, que no hay mucha cola.
-Pero Higinio, que tengo que hacer la cena a los niños y además el parking costará un dineral…
-Por el parking no te preocupes que es de mi amigo Luis y me hace un precio especial; en cuanto a los niños…mujer, ya no son tan niños…
No tuvo tiempo de acabar la frase ya que vieron a los tres hermanos acompañados de tres muchachas que pasaban por su lado.
-Hombre “parejita” –dijo Jorge, con algo de retintín.
A Amparo se le enrojeció hasta el carnet de identidad.
-Hola chicos, ¿vais al cine? –quiso saber Higinio.
-No -contestó Juan-. Vamos a un bar musical que está por aquí.
-Ah, muy bien. Pasadlo bien -dijo su tía.
-Ah, tía –dijo José-. No vendremos a cenar, no te preocupes –y sonriendo a Higinio-, y tu tampoco Tenorio. Y cuidado con la oscuridad del cine, eh.
Ahora al que se le enrojecieron las ideas fue a Higinio.
Los tres hermanos y las chicas se fueron riendo.
-Bueno pues ya está.
-Si.
-Parece que tus sobrinos no van a cenar esta noche en casa.
-Eso parece.
-Y que no tendrás que hacerles la cena.
-Pues no.
-Que, en fin, tienes la noche libre…
Amparo pasó a dominar 2-1 a Higinio en el tema del enrojecimiento facial.
-Un poco sinvergüenza me has salido tu, eh.
-Bueno, pero solo un poco.
La besó y se pusieron en la cola.
La película les gustó y como era de terror, Amparo se refugió en su mecánico preferido unas cuantas veces, para satisfacción de él.
Saliendo del cine, fueron a cenar a un restaurante coquetón. Tenía mesas con lámparas individuales que alumbraban solo el espacio de cada mesa. Además iba pasando un violinista por las mesas. Más romántico no podía ser.
Fueron paseando hasta el coche cogidos de la mano. De camino, Higinio le regaló una rosa que compró a una florista ambulante. Amparo le besó. Ya no fue el beso del cine. Se diría que pertenecía a una categoría superior.
Sin que mediara palabra (tampoco lo necesitaban ninguno de los dos), Higinio detuvo el coche en su casa. Su piso no estaba tan desordenado como dice la voz popular respecto a los pisos de los solteros. Hasta era coquetón. De hecho, ni tan siquiera había calzoncillos sobre el televisor.
La tomó de la mano, se miraron a los ojos, se besaron y…
SIENTO LA INTERRUPCION, PERO NO FUERA EL CASO DE QUE ESTO LO LEYERAN MENORES DE EDAD Y YA LA TENDRÍAMOS LIADA.
Una hora más tarde, con la sonrisa asomando a sus rostros como si de dos adolescentes se tratara, abrazados como si no pasara el tiempo para ellos, Higinio vio que ya era la una de la madrugada.
-Cariño, te llevo a casa…
-¡La una de la madrugada! –se sobresaltó Amparo- Que dirán los niños.
-No te preocupes, yo ahora te llevo. Además, ellos no te cuentan nada, ¿verdad? ¿o acaso conocías a esas chicas?
-Pero yo estás cosas no las hago…
-Pues ya nos convenía a los dos, ya…
-Hmm, sinvergonzón.
Llegaron a casa de Amparo. Higinio la acompañó hasta la puerta.
No había luz en el portal. Ella abrió la puerta e Higinio decidió acompañarla hasta el ascensor.
Se besaron.
-Esto habrá que repetirlo, eh –la miró con la sonrisa asomando a sus ojos.
-Y mejor ayer que mañana –respondió ella.
Pasaron los días y el martes, a la hora de la cena, los tres hermanos estaban más callados que de costumbre.
-¿Qué os pasa chicos? -preguntó Amparo.
-Nada tía –respondió Juan, el más reservado de los tres.
-Pues estáis muy serios.
-Verás tía –intervino Jorge-, esta tarde hemos hablado con un abogado, representante de una firma americana…
-Una firma de ropa cuyo presidente es el hijo del director general de General Motors –terció José.
-Se ha dirigido él a nosotros, eh –puntualizó Juan, con cara de no haber roto un plato.
-…si, efectivamente –siguió José-. La cuestión es que dicha firma quiere aterrizar en el mercado de nuestro país con mucha fuerza. Más que entrar en grandes almacenes quiere expandirse a través de cadenas de tiendas, basándose en negocios que ya funcionen…
-Es por eso –terció Jorge, la auténtica voz dominante de los tres hermanos- que ofrecen una suma muy importante por tus tres tiendas.
-Pero mis tiendas no están en venta –respondió Amparo con energía-. Además, a santo de que no se han dirigido a mi, que soy la propietaria.
-Tía –siguió Jorge, juntando las yemas de sus dedos en actitud doctoral- en los negocios hay que tener la mente abierta. Un catedrático nos sugirió acudir a una conferencia que daba el director general de esta empresa en la facultad. Al acabar la conferencia nos lo presentó. Tía, nos presentó como “los mejores alumnos que licenciaría en muchos años la Facultad de Económicas”. Tenemos muchas ideas, estamos abiertos a evolucionar en el mercado y ellos lo saben; saben que a través nuestro puedes aceptarlo mejor. Simplemente piensan que te podemos mostrar las ventajas de este trato.
-Sigo siendo joven para retirarme –insistió Amparo-. Además, las tiendas no tienen ningún problema y hay personas que trabajan, que dependen del sueldo que les pago.
-Pero tía … –intervino Juan.
-¡Ni tía, ni narices! Fin de la discusión –y Amparo, furiosa, se levantó de la silla y se dirigió a su cuarto.
A la mañana siguiente, Higinio la llamó a la tienda y ella le respondió adusta. Todavía le daba vueltas a la discusión que había tenido la noche anterior con sus sobrinos. Él, con calma, recondujo la situación y quedó en recogerla para ir a comer. Tenía que entregar un coche a la una, pero después tendría tiempo de ducharse y pasarla a recoger.
En el transcurso de la comida Amparo le confesó a Higinio el motivo de su malestar.
-No entiendo como han podido pensar siquiera por un momento en que yo aceptaría –dijo ella, dolida-, ni como han hablado con esa empresa como si fueran los dueños, como si yo no existiera.
-Bueno, ellos son aprendices de teoría, tu maestra de práctica. Házselo ver así.
-Higinio, si ellos quieren el negocio será suyo el día de mañana.
-Por eso. Ve enseñándoles cosas del negocio. Así podrán conocer el mundo real.
Al salir del restaurante, Amparo se dirigió hacía su tienda principal. A media tarde, decidió salir a tomar un café.
-¡Señorita Amparo!
Ella dio media vuelta y vio a Baltasar Irusquieta, su contable.
-Buenas tardes Baltasar ¿qué hace Vd. por aquí?
-Perdone que la moleste…pero quería hablar con Vd. en un sitio tranquilo, fuera de ojos y oídos.
-Pues precisamente ahora iba a tomar un café. ¿Me acompaña Baltasar?
-Con mucho gusto.
Entraron en un café cercano.
Una vez en la mesa, con un café con leche para Amparo y un café para Baltasar, este inició la conversación.
-Verá, señorita Amparo, no se como empezar…es un tema un poco delicado.
-Hable con claridad, es la mejor manera de afrontar estos temas.
-Sus sobrinos han venido esta mañana para estudiar los libros y las escrituras de la sociedad. Ya lo he dicho –exhaló un profundo suspiro el contable-.
-¿Cómo dice?
-Me han dicho que Vd. no tenía que enterarse, que si ese era el caso yo podría perder mi trabajo…y más cosas, han añadido. Aunque ha sido muy desagradable y yo no soy un hombre joven, he pensado en advertirla –el contable estaba muy alterado-.
-No tema Baltasar –lo tranquilizó Amparo-. Haremos lo siguiente: mañana a primera hora, vaya Vd. al Banco y contrate una caja de seguridad. Guarde allí los libros y las escrituras. Más tarde pasaré por el Banco para recoger la llave de la caja. Ya decidiremos más adelante como ir trasladando los datos a los libros. Después se va Vd. de vacaciones una semana. Cuando vuelva tendré resuelto el tema.
A la hora de cierre del taller, Amparo estaba en la puerta esperando a Higinio.
Le contó lo que le había explicado Baltasar.
-Parece que tus sobrinos han decidido tomar la iniciativa.
-¿Qué voy a hacer? Son sangre de mi sangre.
-Hablar con ellos seriamente. Si quieres yo estaré a tu lado, pero lo que no puede ser es no hagan caso de tu decisión y encima asusten a un hombre a punto de la jubilación, que ha dedicado toda su vida al negocio, primero con tu padre y ahora contigo.
-Eso está claro –dijo ella con convicción-. Hablaré con ellos mañana por la noche. Sin falta. Y si quieres, pues ya te quedas a cenar en casa, ¿no?
-Vale –sonrió Higinio-. No te preocupes que ya verás como se resuelve todo.
Al día siguiente, al atardecer, Higinio fue a buscar a Amparo a la tienda para ir juntos a su casa. Pasaron por la bodega que había cercana al taller, ya que Higinio insistió en llevar una botella de vino (no era persona de ir con las manos vacías a cenar a casa de otra persona).
Llegaron a casa de Amparo ella, Higinio y el vino.
-Dame la chaqueta Higinio que la cuelgo y así estarás más cómodo.
-Gracias cariño –y la besó-.
-Higinio estoy nerviosa. Espero que se arregle todo esta noche.
-Tranquila, ya verás como si.
Higinio la ayudó a preparar la cena. Cuando ya la tenían casi a punto, escucharon la puerta de entrada al cerrarse. Habían llegado los sobrinos.
-Sentaos –les conminó Amparo-, que vamos a tener una pequeña conversación.
Los tres hermanos hicieron caso a su tía: Jorge con mirada fría, José desafiante y Juan alicaído.
-Parece que no entendisteis lo que os dije sobre las tiendas.
Los sobrinos no dijeron nada.
-¿A santo de que vais a curiosear los libros y asustáis a una persona mayor? Un hombre que ha dedicado toda su vida a la empresa, fiel y eficiente…
-Tía –intervino José con voz pausada-, el señor Baltasar nos entendió mal. Pero no es extraño dado que se trata de un hombre mayor, chapado a la antigua.
-De hecho –intervino Jorge poniendo una mano sobre el antebrazo de José-, nuestra intención era darte una sorpresa agradable. Nos sentimos mal por lo de la empresa americana. Aprendimos la lección y quisiéramos implicarnos más en la empresa. Pasar de la teoría que aprendemos en la Facultad a la práctica que conocer como se lleva el negocio y ayudarte.
-¿Y por qué no me lo dijisteis a mi, en lugar de asustar al pobre hombre?
-Tía –intervino Juan con prudencia- estabas tan enfadada, que quisimos darte la sorpresa y claro, nos equivocamos al venderle el producto al pobre Sr. Irusquieta…
-¿Venderle el producto? –preguntó Amparo-
José le dio una colleja a su hermano Juan y Jorge dijo:
-Lo que quiere decir Juan es que no supimos transmitirle correctamente la pobre hombre cuales eran nuestras intenciones…
-No volverá a pasar tía –apuntó Juan.
-Bien –replicó Amparo-, entonces lo que haremos será lo siguiente: por la tarde, de lunes a viernes, estaréis conmigo y con Baltasar para ir aprendiendo los entresijos del negocio.
-Muy bien, tía –respondió Jorge.
Amparo miró a José.
-Claro, tía –respondió.
Amparo giró su rostro hacia Juan.
-Por supuesto, tía –se apresuró este.
-De acuerdo pues. A partir del lunes empezamos –sentenció Amparo.
-Bueno pues asunto solucionado, ¿no? –terció Higinio-.Todos a la mesa, que no hay mejor manera de cerrar un acuerdo que un buen ágape.
-Pues esto tiene un aspecto fantástico –intervino Juan mirando lo que había sobre la mesa con ojos golosos-.
Al día siguiente, sábado, después de comer y dejando las tiendas al cuidado de sus encargadas y el taller cerrado, Amparo e Higinio se fueron de fin de semana a un hotel coquetón de una población costera.
Todo se había aclarado con sus sobrinos (que a su vez, iban a pasar el fin de semana en casa de unos amigos) y ellos disfrutaban mutuamente de su compañía. Hacía mucho tiempo que no se encontraban tan a gusto, tan relajados. El domingo por la noche volvieron a casa prometiéndose repetirlo.
A la mañana siguiente Amparo fue a su tienda principal. Se extrañó al ver que Baltasar Irusquieta no estaba allí.
-Elena –preguntó Amparo a la encargada- ¿Baltasar ha salido a tomarse el cortadito?
-No Amparo, no ha llegado todavía –respondió la aludida.
-Que raro. Lo llamo –dijo Amparo.
Tenía una sensación extraña, un oscuro presentimiento. No en vano, Baltasar Irusquieta era persona puntual. A lo largo de los años, podía haber enfermado pero su esposa Inés llamaba puntualmente a las nueve para informarla y en la misma mañana le llevaba el parte de baja.
El teléfono sonaba y sonaba. No había respuesta.
-Elena, mira a ver no sea que me equivoque con algún número.
-No Amparo, no te equivocas. Es correcto.
-Bueno, le seguiremos llamando –decidió Amparo-. Son mayores los dos y quien sabe, quizás se les ha estropeado el despertador.
Al cabo de una hora, al no haber conseguido contactar con ellos, Amparo decidió ir a casa del contable.
Al llegar, vio detenidas ante el portal una ambulancia y una patrulla de policía. Entró en el inmueble y subió hasta el segundo piso. A través de la puerta abierta encontró la mirada llorosa de Inés, la esposa de Baltasar Irusquieta.
-¡Señorita Amparo! –sollozó la mujer abriendo sus brazos.
-Pero, ¿qué ha pasado Inés?
Por toda respuesta, los sollozos de la mujer y dos sanitarios llevando una camilla con un cuerpo tapado hasta la cabeza.
Un agente de policía le preguntó, mientras el doctor Puig, el médico al que conocía desde hacía años, atendía a Inés llevándola con suavidad hasta el sofá.
-Mi nombre es Amparo Ramírez y el señor Irusquieta trabaja en mi empresa como contable.
-Bien señorita Ramírez –informó el policía-, el señor Irusquieta ha sido hallado muerto esta mañana por su señora.
-Pero, ¿como?
-Al parecer ha muerto por causas naturales –relató el policía-, pero es obvio que hasta que tengamos los resultados de la autopsia no podemos poner la mano en el fuego, por así decirlo. De hecho estamos aquí porqué los vecinos han oído los gritos de la señora y han decidido llamarnos.
-¡Mi marido estaba bien de salud! –gritó Inés desde el salón.
-Tranquilícese Inés –oyeron decir al médico, con suavidad.
En ese momento, entró en el piso uno de los sanitarios que dijo algo al oído del médico. Este se acercó al policía y repitió la operación.
-Srta. Ramírez –inquirió el policía- ¿conocía Vd. bien al Sr. Irusquieta?
-Pues si…de hecho ya trabajaba en la empresa cuando la llevaba mi padre, hace unos treinta y cinco años.
-¿Sabe de alguien que le quisiera mal?
-A Baltasar? No, que va, si era una bellísima persona.
-Verá –explicó el policía-, con tantas novelas, películas y series de televisión policíacas, quien más quien menos va cogiendo afición a investigar. Uno de los paramédicos, al fijar la camilla en el interior de la ambulancia, ha decidido descubrir el cuerpo y ha notado en el cuello, a la altura de la carótida, unas marcas. Mirando con una lámpara, ha descubierto que son las huellas de dos dedos. Es decir, que la muerte de este señor no es tan natural como parecía. ¿Sabe si tuvo algún problema, algún altercado con alguien en los últimos días? Alguna diferencia, por banal que parezca…
-Pues…no –por la mente de Amparo pasaron sus tres sobrinos.
De repente se puso blanca. El sanitario la sostuvo.
-Señorita…
-Perdonen, es la impresión. Nunca habían asesinado a nadie que yo conociera –se justificó Amparo.
Le dieron un vaso de agua.
-Gracias. ¿Necesitan algo más de mi?
-No señorita, ahora mismo no –respondió el policía-, pero si me puede dar sus datos nos pondríamos en contacto con Vd. en caso de necesidad.
Ella se acercó a Inés, la abrazó y le dijo
-Inés lo que necesite, sabe que se lo digo de corazón. ¿Quiere que avise yo a sus hijas?
-Gracias señorita, mi vecina ya las ha avisado. Ya la llamarán ellas para lo del entierro y…-Inés no pudo controlarse y estalló en llanto.
-¿Dónde se lo llevan? –preguntó Inés al doctor Puig.
-Al Clínico, Amparo.
Amparo salió al rellano. Llegó hasta su tienda y, desde allí, llamó a Higinio para contarle lo que había sucedido. El mecánico dejó el taller en manos de sus empleados y se dirigió a la tienda de ella. Al llegar, la vio blanca como el papel.
-Higinio, no puedo creer que mis sobrinos hayan hecho una salvajada así. Pueden tener sus cosas pero no son capaces de matar una mosca.
-Por supuesto que no, cariño –respondió él, solícito-. Tiene que haber otra explicación. Quiero decir, que debe ser otro el culpable. ¡Elena!, por favor que alguien vaya al bar de enfrente y le traiga una tía a Amparo.
-Ahora mismo –respondió la encargada.
-Además, Higinio –razonó Amparo-, para matar a alguien así hay que tener conocimientos médicos, o de artes marciales, y lo más cercano a estos campos de mis sobrinos es abrir una caja de aspirinas y ver una película de tortazos.
-Si, claro.
-No se que hacer Higinio, no se que hacer –sollozó Amparo-. Lo primero sería hablar con ellos. No puedo ir a la policía con simples sospechas para que luego se envenene mi relación con mis sobrinos.
-Mira cariño –respondió Higinio cogiéndola de las manos-, vamos al taller, recojo mi coche y nos vamos a la facultad. Comemos allí con ellos, lo aclaramos todo y así te quedarás más tranquila.
Llegaron al taller. El coche de Higinio, un Chevrolet Corvette de 1967, estaba en la puerta ya que el había llamado a sus empleados desde la tienda para avisarles de que lo sacaran ya que había cuatro coches para reparar aquel día y su coche estaba al fondo.
Mientras Higinio acababa de tratar algunos temas con sus empleados, ella entró en el despacho y paseó su mirada por la estancia. En la pared, además del consabido calendario (el lo tenía de setas, tras asegurarle que jamás en la vida había colgado de la pared señorita alguna en paños menores), estaban los diplomas de los cursos que había superado: el de formación profesional en mecánica, uno en alemán con la estrella de Mercedes y fechado en Stuttgart, otro en español con el emblema de General Motors y fechado en Barcelona y el último, bajo una foto de él, en quimono, como cinturón negro de judo. Se quedo blanca. Había estado en aquel despacho otras veces pero nunca se había fijado. Escuchó un ruido a su espalda y se cerró la puerta del despacho.
Amparo empezaba a atar cabos.
-Tienes un diploma de la General Motors…
-Si, y un Corvette que lo fabrican ellos.
-…y otro de judo.
-Cariño…
-Me has engañado.
-Bueno…yo no diría tanto.
-¡Déjame!
Amparo salió corriendo del taller. Detuvo un taxi y le dio la dirección de la Facultad. Cuando había recorrido tres calles, cambió de opinión, le dio orden de ir hacia su casa.
Llegó, se quitó los zapatos y se desplomó sobre el sofá sollozando. Sonó el teléfono. En la pantalla aparecía el número de Higinio. No contestó.
Al minuto de parar de sonar, el teléfono volvió a reclamar su atención. De nuevo aparecía el número de Higinio. Descolgó el aparato, cortó la comunicación y lo dejó descolgado. Fue a la cocina y puso agua a calentar para hacerse una tila.
Al poco rato entró en casa Jorge, acompañado del doctor Puig.
-Tía…el doctor me ha llamado para avisarme de lo que había pasado. Lo siento en el alma.
-Jorge, que contenta estoy de que estés aquí –Amparo se levantó del sofá-, perdona por haber dudado de vosotros. En realidad, a quien debo temer es a…
Entonces vio al doctor y se recordó a ella misma diciendo que para matar a una persona de ese modo había que tener “conocimientos médicos”…
Recordó que el doctor tenía una hija casada con un joven americano cuyo padre era propietario de una empresa de ropa…
Que lucía de parentesco político con la General Motors…
Que conocía sus sobrinos y con el que se llevaba mejor era con Jorge…
Su cara reflejaba el miedo en estado puro y vio una sonrisa en el rostro del médico al comprender que ella había atado cabos.
-Jorge, me parece que tu tía ya lo ha comprendido todo –comentó el doctor Puig a Jorge-. Me parece que heredareis antes de lo previsto.
Los ojos de Jorge reflejaban el vacío absoluto. Un frío glacial.
-Como usted vea doctor.
-Eso si, esta vez habrá que preocuparse de borrar las huellas…
Amparo miraba de uno al otro sin ver salida. Era como un animal acorralado.
El doctor se acercó.
-Sujétala Jorge.
En ese momento se oyó el silbido del calentador de agua. Amparo sacó la tapa y soltó el agua hirviendo en la cara de su sobrino. Un alarido animal salió del fondo de la garganta de Jorge.
-¡Doctor! Por Dios, ayúdeme…
El doctor Puig vaciló un momento. Entró en tromba Higinio que le dio un empujón al doctor que le estrelló la cabeza en la pared dejándolo inconsciente. Tras él entró Juan. En la salita se escuchaba a José llamando a la policía.
Amparo con lágrimas asomando por sus mejillas, miró a Higinio. Iba a decir algo cuando él puso un dedo en sus labios.
-No es necesario cariño.
Amparo abrazó a Higinio y este la besó.
martes, 7 de agosto de 2012
Discusiones en la parroquia.
DISCUSIONES
EN LA PARROQUIA.
Cuando el Padre
Antonio llegó a la parroquia, Dani Megías le estaba esperando.
-Padre...me ha
sucedido algo...algo...me he peleado con Aníbal, ya sabe...el pavo aquel que me
buscaba el otro día...
-¡Al grano!
-...bueno
pues...le he metido el pincho en la barriga y ha palmado...
-¡¡¡Qué!!! ¿Como
has podido? ¿Crees que puedes disponer de la vida de otro ser humano? La vida
la da Diós y la quita Diós, no los hombres...
-¡El pavo me
buscaba...!
-¿Qué coño quiere
decir eso?
-¡¡¡Padre!!!
-¡¡¡Ni Padre, ni
ostias!!! Has matado a un semejante, a alguien que tenía tanto derecho a vivir
como tú ¿Qué te has creido? ¿Para que sirve lo que yo te he enseñado? Para que
mis sacrificios para daros todo lo que os pueda faltar...
-...buscaba a mi
piba...
-¡Pues antes de
matarlo, me lo cuentas!
-¡Ya vale Padre!
¡No me coma el tarro que...!
-¿Qué? ¿Que me vas
a hacer, media mierda?
¡¡¡Padre, no me
caliente...!!!
-Y si te caliento
¿qué? ¿me vas a pegar? ¿me vas a “pinchar la barriga” como a ese chaval?
-¿Quiere
verlo...?-poniendo la mano en el bolsillo para sacar la navaja-
-A ver valiente
–cogiéndolo del cuello y apretando-
Dani no podía
respirar
-¡Padre!
Sus fuertes dedos
apretaron hasta que Dani perdió el conocimiento, sus músculos se relajaron, se
liberó su esfínter vaciando el orín y murió entre sus manos
-¡Hijo! Ego te
absolvo pecatis tuis. Amen.
-Padre Antonio,
¿puedo pasar? –la llamada de Josefa, la señora que le hacía las tareas
domésticas, le devolvió a la realidad-
-Espere Josefa, me
estoy cambiando.
¡Ay este hombre!
Es usted tan presumido que más parece un modelo de esos que un cura...
-Josefa, que irá
usted al infierno –escondiendo el cuerpo de Dani debajo de la cama. Al
anochecer ya pensaría como deshacerse del cuerpo- Ya puede entrar.
-Al infierno no se
va por decir las verdades Padre. Y no es mala cosa que sea usted presumido.
-Bueno, bueno, ya
está bien Josefa.
-En fin, Padre
¿recuerda usted que es martes? Toca cambiar las sábanas.
-Las cambié ayer,
Josefa.
-Se equivoca Padre,
son las de rayas que le puse la semana pasada...además...si siempre se las
cambio yo...
-¡Las cambié ayer
le digo! -perdiendo la paciencia-
-...bueno,
bueno...no las cambio si no quiere..Pero no creo que tenga que hablarme así...
-Disculpe Josefa,
pero es que un feligrés me acaba de contar algo terrible y...
-Nada,
nada...¡Pero si una le hiciera pagar las discusiones con mi marido y mis hijos
–haciendo pucheros-
-Josefa, va...
–abrazándola- no quería molestarla, ya sabe cuanto la aprecio.
-Bueno, asi pues
Padre...¿se las cambio?
-No.
-Usted perdone
–saliendo de la habitación del padre Antonio-
El salió tras ella
y estando ante el altar el Padre Antonio le dijo:
-Josefa, tengo que
ir al colegio, la dejo que trabaje en paz.
-Hasta luego
Padre.
El Padre Antonio
salió de la parroquia y, seguidamente, Josefa volvió a su habitación. Algo la
intrigaba. El Padre Antonio nunca le había hablado así. Algo más que la
confesión de un feligrés le debía preocupar. Pues no había oido confesiones él,
y en un barrio como ese.
Que caray, le iba
a cambiar las sábanas porqué ella sabía mejor que él cuanto tiempo llevaban
puestas.
Se acercó a la
cama, sacó las sábanas usadas, y cuando se acercó para poner las nuevas su pié
notó algo bajo la cama.Miró hacia abajo y vió que era una mano.
Gritó con todas
sus fuerzas presa del terror más absoluto, se dió la vuelta para salir
corriendo y vió enmarcado en la puerta al Padre Antonio.
-¿NO LE HABIA
DICHO, MI BUENA JOSEFA, QUE NO ME CAMBIARA LAS SABANAS?
Al despertar él se levantó con un nudo en la garganta.
AL DESPERTAR ÉL SE LEVANTÓ CON UN NUDO EN LA GARGANTA.
Al despertar él se levantó con un nudo en la
garganta, con un gusto amargo en la boca.
La ducha no fué lo revitalizante que
acostumbraba. Cuando terminó se secó, como de costumbre, y descubrió gotas de
sudor que perlaban su frente y su esternón. El afeitado fué maquinal. Más que
vestido se diría que salió a la calle cubierto. Eso si, tras tomarse su
preceptivo café.
Se dirigió a buscar su coche donde lo había
dejado la noche anterior, en la calle de abajo de la suya. Cuando llegó, vió
que no estaba. Su rostro mudó del rojo intenso y acalorado al blanco cetrino,
cual si estuviera más en el otro barrio que en este.
Miró a un lado y a otro de la calle y se
apercibió, con una mezcla de asombro y de esperanza, de que no había coche
alguno, a pesar de que la tarde anterior la calle estaba llena.
-A ver si el Ayuntamiento habrá retirado
todos los coches aparcados para hacer alguna obra en la calle –pensó-.
Claro que eso no cuadraba con que no hubiera
NINGÚN coche ni en esa calle, ni en la suya, ni en la que unía a ambas.
Siguió hasta la calle siguiente y vió que
también allí habían desaparecido.
¿Qué podía haber pasado? No hay banda de
ladrones lo suficientemente poderosa y hábil como para vaciar de coches las
aceras de un barrio entero en una sola noche y sin que nadie se dé cuenta.
Por otra parte, el Ayuntamiento no trabaja
tanto de noche (de día tampoco mucho, para que vamos a engañarnos). Tampoco
había nadie más que él en la calle.
Decidió volver a su casa, llamar a la Policía
y despertar a su mujer (a la suya, no a la del policía). Su sorpresa fué
mayúscula al reparar en que tampoco estaba su mujer. La rutina matinal le había
hecho suponer que ella estaba en la cama, a su lado. Pero no, no estaba allí.
El pánico se apoderó de él. Salió al rellano
y llamó a los timbre de sus dos vecinos. Nada.
A los del piso superior. Nada.
A los del piso inferior. Nada.
Silencio absoluto. La nada total. Ninguna
señal de vida a su alrededor.
Notaba una fuerte opresión en el pecho.
Sudaba a raudales.
Llamó a la Policía. Nada.
Colgó el teléfono con la desesperación y el
desánimo del que pierde su último cartucho.
De repente, sonó un ruido que siempre le
molestaba, pero que en ese momento le pareció la más bella música jamás
compuesta: el teléfono. Descolgó con
avidez.
-¿Si?
-¿Señor Contreras?
-Si, dígame.
-Soy Luis Domínguez, de su Banco.
-¡Domínguez cuanto me alegra oirle! Ha pasado
algo terrible, asombroso, no hay palabras suficientes. Verá...esta mañana, al
despertar...
-Perdone que le interrumpa Sr. Contreras.
Debe ud. Al Banco las dos últimas cuotas de la hipoteca...
-¡Pero que me cuenta de la hipoteca ahora! Es
más importante lo que me ha sucedido hoy y necesito que me ayude. Escuche: Esta
mañana, al despertarme...
-“SE” lo que le ha sucedido esta mañana sr.
Contreras. Y por supuesto que quiero ayudarle. Para eso estamos. Pero, claro,
para ello es absolutamente necesario que Vd. Me ayude a mi primero.
Se hizo un silencio absoluto. Tenso.
Dramático. Se podía cortar con un cuchillo.
-¿Qué quiere decir con que sabe lo que me ha
sucedido sr. Domínguez?
-¡Sr. Contreras, sr. Contreras! Mire que el
notario lee en voz alta las cláusulas de la hipoteca para que ambas partes den
su consentimiento. Pero claro –y permítame decirle que Vd. No es el único-
Vds., la mayoría de clientes, no prestan atención a lo que dice el notario.
Creen que se trata de una mera formalidad...
-¡¡¡Que coño me está contando desgraciado!!!
Diga de una vez que quiere decir con que sabe lo que me ha sucedido...
-Sr. Contreras, no hace falta ser tan
desagradable, ni alzar la voz ni emplear ese tono. En cuanto a su pregunta, iba
a contestarle, si deja de interrumpirme. Para responder a las dificultades del
mercado de la vivienda, incluyendo el tema hipotecario, el Congreso aprobó la
Ley 28/2010, de 2 de febrero, por la cual se modificaba el pase a morosidad
desde el impago de tres cuotas, como era anteriormente. La modificación es la
siguiente: Cuando el deudor deje de pagar dos cuotas consecutivas del préstamo
hipotecario se le desconectará el entorno. ¿Lo entiende sr. Contreras? Su vida
diaria, su relación con las personas queridas, etc. Si estas no solucionan la
deuda, y además se produce un tercer impago, se le expropiará la vivienda a la
esposa y se le desconectará la vida al marido hasta que se resuelva la deuda.
¿Lo entiende sr. Contreras? Un estado latente próximo a la muerte.
-¡¡¡Eso es imposible Domínguez!!! ¿Me toma
por imbécil? Eso no lo puede hacer nadie.
-¿De verdad sr. Contreras? Entonces, ¿cómo
explica lo que le está sucediendo hoy? Si no me cree, intente llamar a alguién
cuando cuelgue. ¿Lo ha intentado ya?
-¡¡¡Por Diós!!! Hable con mi mujer, que venda
el coche si es necesario, pero que pague...
-Sr. Contreras, lo estamos intentando. De
hecho, nosotros queremos cobrar lo prestado, no nos interesan los inmuebles,
pero existe un inconveniente...su mujer...¿como lo diría?...no está muy por la
labor. Ha descubierto sus devaneos con una señorita y se plantea seriamente
cambiar de vida. De hecho, tiene ya un lugar en el que vivir...otra
persona...en fin...y está dispuesta a que su “desconexión” sea permanente...
-¡No es posible! ¡Yo la quiero! Sólo fué
una...debilidad momentánea...a mí solo me interesa mi mujer...
-Verá, se puede solucionar si me da el nombre
de alguna persona que pueda cubrir las cuotas, luego Vd. Vende el piso, nos
paga lo que resta de hipoteca y...
-No, no, Vd. No lo entiende Domínguez. No
puedo darle el nombre de nadie más...no tengo a nadie más...
-En ese caso, sr. Contreras, sintiéndolo
mucho...
-¡¡¡No, nooooo!!!
Dos días más tarde, apareció en el
periódico...
CARLOS CONTRERAS DUARTE (QEPD)
Falleció cristiánamente el 10 de
julio de 2010 a la edad de 36 años.
Su afligida esposa Paula Esteve
Subirats, padres y demás familia ruegan una oración por su alma.
El sepelio tendrá lugar hoy 11 de
julio a las 10 horas en el tanatorio de Sancho de Avila.
Un mes más tarde...
PAULA ESTEVE SUBIRATS y LUIS
DOMINGUEZ MARCO
Les invitan a su próximo enlace
que tendrá lugar el próximo
11 de septiembre de 2010
En la Iglesia de Santa María del
Mar de Barcelona,
A las 12:00 horas.
Se ruega confirmación.
sábado, 21 de julio de 2012
FIESTA
FIESTA.
Siempre habían sido muy religiosos. Les venía de familia. De hecho, los padres de Federico, Ramón y Clara, demócratas y religiosos, se habían visto atrapados entre dos fuegos durante la guerra civil española. No en vano se sintieron perseguidos por la FAI en un lado y por la misma dirección del bando fascista.
El resultado fue que Federico quedó huérfano de padre a la tierna edad de diez años y criado por sus abuelos paternos (de probada fidelidad al bando vencedor) ya que su madre estuvo presa hasta que él hubo cumplido los veinte años.
De ella, de la infancia que pasó a su lado, recordaba su dulzura. Él siempre era para ella “su ángel”. Recordaba el olor a jabón y aquel perfume con aires de lavanda que, cerrando los ojos, le hacía ver la imagen de su madre en su juventud.
Sin embargo, tanto la educación que recibió de sus abuelos como la de su madre, tenían un punto en común: la religiosidad. Eso si, la de sus padres tenía como centro el amor, la de sus abuelos el temor.
Eran gentes de misa diaria y la dominical vestidos con sus mejores galas. Para ellos, el cielo era el premio a su devoción cristiana en la tierra.
El poco tiempo que tuvo para disfrutar de su padre le sirvió para aprender que el pueblo es soberano y ningún soberano tiene el derecho, terrenal o divino, de someter al pueblo. Hombre de firmes convicciones, de fuerte carácter y sonrisa fácil para apaciguar cualquier temor.
Ahora, con veinticinco años, y tras haber estudiado derecho, se había casado con la que había sido su novia desde que tenían dieciocho años él y dieciséis ella, de nombre Montserrat.
Ese domingo era festivo por doble motivo ya que bautizaban a su hijo recién nacido, Manuel. De buena mañana había sido un día con actividad febril. Montserrat iba de arriba abajo, de izquierda a derecha y de dentro a fuera. ¿Estaban a punto las peladillas? ¿Planchada la camisa de Federico? ¿La ropita de Manuel a punto? ¿No habría alguna mancha inoportuna en su vestido?
Para acabar de aderezar la ensalada en que se había convertido ese domingo, llegaron los abuelos de él. La abuela, Francisca, con gesto severo, se dedicó a hacer una revisión a fondo de la casa. El abuelo, Joaquín, tomó asiento en el jardín para aprovechar la bonanza de esa mañana de mayo. Miró a Montserrat sin decir nada. Ella sabía que era su manera de decirle que quería tomar un café.
Al poco llegó Clara, la madre de Federico. Su hijo y Montserrat la recibieron con un beso. Los abuelos, sus padres, torcieron el gesto.
-Vaya, hoy parecía un buen día y de repente se ha nublado –gruñó el abuelo.
-Yo también me alegro de verle, padre –respondió Clara.
La abuela le lanzó una mirada furibunda.
-Madre –la saludó Clara.
La abuela entró en la casa dejando a todos en el jardín.
A la media hora, salía todos en comitiva hacia la iglesia. Clara en el mismo coche que su hijo y su nuera. Al llegar a destino, vieron en la puerta a los padres de Montserrat, Francisco y Rosa, comerciantes que no tenían opinión política evidente, temerosos de Dios y de la Guardia Civil.
-Hijos míos, y mi chiquitín…-la madre de Montserrat cogió en brazos a su nieto.
-El padre nos espera…-terció la abuela de Federico con gesto adusto, consiguiendo que la mujer devolviera el niño a su hija inmediatamente.
-Lógico madre –intervino Clara-, sin el niño no hay bautizo. Y porqué le haga unos mimos su abuela no le va a arruinar el domingo.
Al abuelo se le congestionó el rostro.
-Buenos días –saludó el sargento de la Guardia Civil-. Buen día para bautizar a un cristiano. Esta país no anda sobrado de ellos, a pesar de la limpieza que hicimos durante la cruzada –mirando con sorna a Clara.
-No del todo –respondió ella- fíjese en el lamparón que lleva en la guerrera.
-¿Lamparón? ¿Qué lamparón? –mirándose la guerrera preocupado.
Entraron en la iglesia.
-Muy ingeniosa mamá, pero algo imprudente. No conviene hacerse enemigos de ese tipo –le susurró su hijo a Clara.
-Hijo, no hago enemigos, los mantengo –replicó Clara.
Los padrinos fueron el abuelo Joaquín y la abuela Rosa.
Joaquín, hombre severo, de gesto adusto y marciales formas, sujetó a su nieto sobrado de eficacia y carente de ternura. No es que no quisiera a su nieto, es que no era viril demostrar el amor que le profesaba. Eso quedaba para las mujeres. Él seguía siendo el cabeza de familia y no perdía ocasión de demostrarlo.
Era precisamente por su posición que habían acudido a la ceremonia las fuerzas vivas del pueblo. El alcalde, el sargento de la Guardia Civil y el párroco, lógicamente. Les gustara o no a su nieto y, sobre todo, a su hija Clara.
Terminada la ceremonia, fueron todos al convite que se celebró en el jardín de la casa de Joaquín y Francisca. Al fin y al cabo era su nieto, el nieto de Joaquín Vidal, el hombre más poderoso de la comarca, dueño de tierras de cultivo y de una fábrica de bicicletas que daban trabajo a buena parte de los lugareños.
Fabián, el viejo mayordomo de su abuelo, los recibió con una sonrisa. No en vano había visto crecer a Clara y había pasado muchas horas con su hijo Federico.
-Que alegría verles, señores. Por Vd. no pasan los años Señorita Clara.
-Gracias Fabián.
-A ver, Federico –dijo el abuelo, dándole la espalda al mayordomo que se retiró discretamente- en la mesa principal os sentáis Montserrat y tu con nosotros y las autoridades.
-¿Y mi madre? ¿Y los padres de Montserrat?
-Los he puesto en una mesa al lado, al fin y al cabo los que importan son los padres de la criatura, los dueños de la casa, y las autoridades, por supuesto.
-No lo veo así, abuelo.
-¿Me replicas? ¡Esta es mi casa y se hace lo que a mi me da la gana!
-No importa hijo –intervino Clara- nos sentaremos en la otra mesa. –y bajando la voz- Ten la fiesta en paz que es el bautizo de tu hijo y al abuelo, a sus años, no lo cambiarás tu ni nadie.
-Pero madre…
-Hazlo por tu hijo. Tendremos más días para estar juntos sin gruñones de por medio –dijo Clara, mirando a su padre con una sonrisa burlona.
-¡Si por mi fuera no estarías aquí ¡–respondió Joaquín.
-Si no fuera por mi madre, ya nos habríamos marchado –soltó Federico.
Su abuelo levantó la mano.
Su hija se la sujetó en el aire.
-Ni se le ocurra ponerle la mano encima a mi hijo, padre.
-Desgraciada. ¡Sal de mi casa inmediatamente!
-Abuelo, quédese con sus amigos que mi familia y yo nos vamos. Vámonos –Federico hizo un gesto a su esposa y a sus suegros.
-¡Ni se te ocurra, desagradecido!
-¡Joaquín, haz algo, no lo consientas! –gimió Francisca.
-Hija mía –terció el párroco dirigiéndose a Clara-, una buena cristiana no falta la respeto a su padre.
-Ni un buen pastor regaña a sus ovejas porqué defiendan a sus crías del lobo –respondió Clara desafiante-, padre.
-Quizás si hubiera estado un tiempo con la Sección Femenina habría aprendido lo que se le olvidó casada con ese rojo –sentenció el alcalde.
-¡Deje en paz a los muertos! –respondió Federico- Usted no tiene ni la talla moral, ni la honradez necesaria para referirse a mi padre –siseó a un palmo de la cara del alcalde.
A Joaquín le dio un ataque de ansiedad.
-Joaquín, por Dios ¿qué tienes? –dijo Francisca, asustada, ayudándolo entre ella y el párroco a sentarse.
Joaquín se desmayó.
-Doctor Solans, por favor –ya acudía el médico del pueblo a atender al enfermo.
El sargento de la Guardia Civil dejó en la mesa el vaso de vino y se acercó desabrochando la pistolera.
-A ver, según parece no hicimos suficiente limpieza… Madre e hijo se vienen al calabozo.
-¡Ni se le ocurra tocar a mi madre! –Federico le dio un empujón al sargento que trastabillo y cayó al suelo con tan mala fortuna que fue a dar con la cabeza en la mesa quedando inconsciente.
-Al Doctor Solans se le acumula el trabajo –rió Clara-. No tanto como cuando certificaba los fallecimientos de los fusilados después de la guerra.
El aludido, con la mirada encendida, en cuclillas para atender al sargento, gritó:
-A mi la Guardia Civil.
Entraron a la carrera dos guardias que estaban en la puerta exterior del jardín, fusil en ristre.
-Detengan a Federico y a su madre. Han atacado al alcalde y al sargento.
Los dos guardias se abalanzaron sobre madre e hijo. Montserrat, viendo amenazado a su marido golpeó en la cabeza a uno de los guardias, no sin antes sacarle el tricornio de un guantazo. El otro guardia giró su fusil contra la joven y fue embestido por Federico.
Francisco, el padre de Montserrat, dejó fuera de combate al Guardia de un puñetazo.
Sonó un disparo.
El sargento, que se había incorporado blandiendo su pistola, yacía en el suelo con un boquete en el pecho.
Frente a él Fabián, el viejo mayordomo, con su escopeta de caza.
-Señor Federico lo mejor será que se vayan a Francia. Vd., su esposa y sus padres, el niño y su madre.
-¿Y Vd. Federico?
-Ya soy viejo. Conmigo aquí tendrán con que entretenerse y eso les dará tiempo a Vds.
El alcalde intervino
-¿Acaso cree que lo consentiré?
-¿Acaso no sabe que una escopeta de caza tiene dos cañones? ¿Y que el otro está preparado? –respondió Fabián, haciendo enmudecer y palidecer al tiempo al alcalde.
-No se entretengan, recojan lo necesario y váyanse.
-Nunca lo olvidaré amigo mío.
Veinte años más tarde, en su casa de Ginebra, Federico, a la sazón jurista de Naciones Unidas, le contó a su hijo Manuel cual fue el final de la historia. Fabián había sido fusilado tras un consejo de guerra sumarísimo. Un viejo compañero de escuela del pueblo le había contado que al pobre habían tenido que sentarlo en una silla de cómo había quedado tras los interrogatorios. El abuelo Joaquín, superado por los acontecimientos y caído en desgracia para el Régimen, había fallecido en poco tiempo. Su corazón fue incapaz de aguantar. La abuela Francisca, sumida por la pena, sola en su casa, cuidada por el servicio, abandonada por todos, le había sobrevivido tan solo tres años.
-¿Nunca más hablaste con ella? –quiso saber Manuel.
-Hijo, siempre supe de ella por este amigo del pueblo. Al fin y al cabo era mi abuela. Pero ni ella tenía ganas de hablar con nosotros ni nosotros con ella. No habríamos sabido por donde comenzar. Porqué, en definitiva, a pesar de su edad, todavía teníamos que comenzar.
-Vaya, hoy parecía un buen día y de repente se ha nublado –gruñó el abuelo.
-Yo también me alegro de verle, padre –respondió Clara.
La abuela le lanzó una mirada furibunda.
-Madre –la saludó Clara.
La abuela entró en la casa dejando a todos en el jardín.
A la media hora, salía todos en comitiva hacia la iglesia. Clara en el mismo coche que su hijo y su nuera. Al llegar a destino, vieron en la puerta a los padres de Montserrat, Francisco y Rosa, comerciantes que no tenían opinión política evidente, temerosos de Dios y de la Guardia Civil.
-Hijos míos, y mi chiquitín…-la madre de Montserrat cogió en brazos a su nieto.
-El padre nos espera…-terció la abuela de Federico con gesto adusto, consiguiendo que la mujer devolviera el niño a su hija inmediatamente.
-Lógico madre –intervino Clara-, sin el niño no hay bautizo. Y porqué le haga unos mimos su abuela no le va a arruinar el domingo.
Al abuelo se le congestionó el rostro.
-Buenos días –saludó el sargento de la Guardia Civil-. Buen día para bautizar a un cristiano. Esta país no anda sobrado de ellos, a pesar de la limpieza que hicimos durante la cruzada –mirando con sorna a Clara.
-No del todo –respondió ella- fíjese en el lamparón que lleva en la guerrera.
-¿Lamparón? ¿Qué lamparón? –mirándose la guerrera preocupado.
Entraron en la iglesia.
-Muy ingeniosa mamá, pero algo imprudente. No conviene hacerse enemigos de ese tipo –le susurró su hijo a Clara.
-Hijo, no hago enemigos, los mantengo –replicó Clara.
Los padrinos fueron el abuelo Joaquín y la abuela Rosa.
Joaquín, hombre severo, de gesto adusto y marciales formas, sujetó a su nieto sobrado de eficacia y carente de ternura. No es que no quisiera a su nieto, es que no era viril demostrar el amor que le profesaba. Eso quedaba para las mujeres. Él seguía siendo el cabeza de familia y no perdía ocasión de demostrarlo.
Era precisamente por su posición que habían acudido a la ceremonia las fuerzas vivas del pueblo. El alcalde, el sargento de la Guardia Civil y el párroco, lógicamente. Les gustara o no a su nieto y, sobre todo, a su hija Clara.
Terminada la ceremonia, fueron todos al convite que se celebró en el jardín de la casa de Joaquín y Francisca. Al fin y al cabo era su nieto, el nieto de Joaquín Vidal, el hombre más poderoso de la comarca, dueño de tierras de cultivo y de una fábrica de bicicletas que daban trabajo a buena parte de los lugareños.
Fabián, el viejo mayordomo de su abuelo, los recibió con una sonrisa. No en vano había visto crecer a Clara y había pasado muchas horas con su hijo Federico.
-Que alegría verles, señores. Por Vd. no pasan los años Señorita Clara.
-Gracias Fabián.
-A ver, Federico –dijo el abuelo, dándole la espalda al mayordomo que se retiró discretamente- en la mesa principal os sentáis Montserrat y tu con nosotros y las autoridades.
-¿Y mi madre? ¿Y los padres de Montserrat?
-Los he puesto en una mesa al lado, al fin y al cabo los que importan son los padres de la criatura, los dueños de la casa, y las autoridades, por supuesto.
-No lo veo así, abuelo.
-¿Me replicas? ¡Esta es mi casa y se hace lo que a mi me da la gana!
-No importa hijo –intervino Clara- nos sentaremos en la otra mesa. –y bajando la voz- Ten la fiesta en paz que es el bautizo de tu hijo y al abuelo, a sus años, no lo cambiarás tu ni nadie.
-Pero madre…
-Hazlo por tu hijo. Tendremos más días para estar juntos sin gruñones de por medio –dijo Clara, mirando a su padre con una sonrisa burlona.
-¡Si por mi fuera no estarías aquí ¡–respondió Joaquín.
-Si no fuera por mi madre, ya nos habríamos marchado –soltó Federico.
Su abuelo levantó la mano.
Su hija se la sujetó en el aire.
-Ni se le ocurra ponerle la mano encima a mi hijo, padre.
-Desgraciada. ¡Sal de mi casa inmediatamente!
-Abuelo, quédese con sus amigos que mi familia y yo nos vamos. Vámonos –Federico hizo un gesto a su esposa y a sus suegros.
-¡Ni se te ocurra, desagradecido!
-¡Joaquín, haz algo, no lo consientas! –gimió Francisca.
-Hija mía –terció el párroco dirigiéndose a Clara-, una buena cristiana no falta la respeto a su padre.
-Ni un buen pastor regaña a sus ovejas porqué defiendan a sus crías del lobo –respondió Clara desafiante-, padre.
-Quizás si hubiera estado un tiempo con la Sección Femenina habría aprendido lo que se le olvidó casada con ese rojo –sentenció el alcalde.
-¡Deje en paz a los muertos! –respondió Federico- Usted no tiene ni la talla moral, ni la honradez necesaria para referirse a mi padre –siseó a un palmo de la cara del alcalde.
A Joaquín le dio un ataque de ansiedad.
-Joaquín, por Dios ¿qué tienes? –dijo Francisca, asustada, ayudándolo entre ella y el párroco a sentarse.
Joaquín se desmayó.
-Doctor Solans, por favor –ya acudía el médico del pueblo a atender al enfermo.
El sargento de la Guardia Civil dejó en la mesa el vaso de vino y se acercó desabrochando la pistolera.
-A ver, según parece no hicimos suficiente limpieza… Madre e hijo se vienen al calabozo.
-¡Ni se le ocurra tocar a mi madre! –Federico le dio un empujón al sargento que trastabillo y cayó al suelo con tan mala fortuna que fue a dar con la cabeza en la mesa quedando inconsciente.
-Al Doctor Solans se le acumula el trabajo –rió Clara-. No tanto como cuando certificaba los fallecimientos de los fusilados después de la guerra.
El aludido, con la mirada encendida, en cuclillas para atender al sargento, gritó:
-A mi la Guardia Civil.
Entraron a la carrera dos guardias que estaban en la puerta exterior del jardín, fusil en ristre.
-Detengan a Federico y a su madre. Han atacado al alcalde y al sargento.
Los dos guardias se abalanzaron sobre madre e hijo. Montserrat, viendo amenazado a su marido golpeó en la cabeza a uno de los guardias, no sin antes sacarle el tricornio de un guantazo. El otro guardia giró su fusil contra la joven y fue embestido por Federico.
Francisco, el padre de Montserrat, dejó fuera de combate al Guardia de un puñetazo.
Sonó un disparo.
El sargento, que se había incorporado blandiendo su pistola, yacía en el suelo con un boquete en el pecho.
Frente a él Fabián, el viejo mayordomo, con su escopeta de caza.
-Señor Federico lo mejor será que se vayan a Francia. Vd., su esposa y sus padres, el niño y su madre.
-¿Y Vd. Federico?
-Ya soy viejo. Conmigo aquí tendrán con que entretenerse y eso les dará tiempo a Vds.
El alcalde intervino
-¿Acaso cree que lo consentiré?
-¿Acaso no sabe que una escopeta de caza tiene dos cañones? ¿Y que el otro está preparado? –respondió Fabián, haciendo enmudecer y palidecer al tiempo al alcalde.
-No se entretengan, recojan lo necesario y váyanse.
-Nunca lo olvidaré amigo mío.
Veinte años más tarde, en su casa de Ginebra, Federico, a la sazón jurista de Naciones Unidas, le contó a su hijo Manuel cual fue el final de la historia. Fabián había sido fusilado tras un consejo de guerra sumarísimo. Un viejo compañero de escuela del pueblo le había contado que al pobre habían tenido que sentarlo en una silla de cómo había quedado tras los interrogatorios. El abuelo Joaquín, superado por los acontecimientos y caído en desgracia para el Régimen, había fallecido en poco tiempo. Su corazón fue incapaz de aguantar. La abuela Francisca, sumida por la pena, sola en su casa, cuidada por el servicio, abandonada por todos, le había sobrevivido tan solo tres años.
-¿Nunca más hablaste con ella? –quiso saber Manuel.
-Hijo, siempre supe de ella por este amigo del pueblo. Al fin y al cabo era mi abuela. Pero ni ella tenía ganas de hablar con nosotros ni nosotros con ella. No habríamos sabido por donde comenzar. Porqué, en definitiva, a pesar de su edad, todavía teníamos que comenzar.
martes, 3 de julio de 2012
UNO
Llovía a cántaros. Parecía que la naturaleza fuera a resarcirse de los tres meses de sequía. La noche hacía más temible la tormenta. El agua corría entre las vetustas casas que componían el pueblo.
El viento, ululante, golpeaba los antiguos ventanales de madera como si quisiera arrancarlos. Carlos fue a por velas ya que la luz acababa de dimitir de sus funciones y los fusibles se habían declarado en huelga. Por un momento pensó que la situación se asemejaba mucho a las antiguas películas de terror de los años treinta. Suerte que era sábado y no había que madrugar al día siguiente.
De pronto, sonaron tres golpes en la pesada puerta de madera de la entrada. Abrió la puerta y se encontró frente a frente con su ex esposa.
-¿Te importa si entro? Hace una noche de mil demonios y mi coche se niega a seguir.
-Pasa, pasa.
Marisa entró en la casa sacudiéndose la lluvia de encima.
-Vaya nochecita…
-Estás empapada, ven frente a la chimenea que te secarás. No funciona la calefacción, lo siento, se ha ido la luz.
-No importa Carlos. La chimenea irá muy bien.
Marisa se quitó el tres cuartos que llevaba y Carlos constató que seguía siendo tan bella como siempre aunque hubieran pasado diez años y ambos estuvieran cerca de la cincuentena.
-Y bien, Marisa, ¿qué te cuentas?
-Nada nuevo, ya sabes…la vida de siempre, del trabajo a casa y de casa al trabajo. Excepto algunas ocasiones en que voy a Madrid a reuniones del Banco.
-Siempre has sabido que era un trabajo muy esclavo, bien pagado, pero esclavo. Y la verdad es que lo has antepuesto a cualquier otra cosa en la vida. De eso puedo dar fe.
-¿Me guardas rencor?
-No, para nada. Han pasado diez años y quedamos tan amigos. Supongo que el tiempo todo lo cura aunque nunca dejé de quererte.
-Pues tuviste una manera muy curiosa de demostrarlo rompiendo nuestro matrimonio.
-Se rompió solo Marisa. Es cosa de dos y yo estaba muy por detrás de tu trabajo. Si hasta te llevabas expedientes a casa el fin de semana…
-Bueno, no discutamos ahora –Marisa ladeó la cabeza, sonriendo.
-¿Qué te trae por aquí? Porqué el pueblo está a cien kilómetros de tu casa y que pasaras por aquí y se te estropeara el coche…
-Ja, ja, ja…bueno…me has pillado. En realidad tenía ganas de verte –Marisa puso una mano sobre una de las suyas.
A Carlos se le atropellaron los recuerdos. Ninguno de los dos había rehecho su vida. La besó.
Veinte minutos después abrazados sobre la alfombra delante de la chimenea, Marisa le dijo:
-Carlos, quería comentarte una cosa. Cuando venía hacia aquí he pensado que necesitaba decirlo porqué eres el único en quien puedo confiar.
-Dime.
-Verás…estoy estudiando una operación muy importante. Se trata de una gran empresa que trabaja con nuestra entidad y van a firmar un contrato con una multinacional americana. Pues bien, estudiándolo a fondo me he dado cuenta de que nuestro cliente está metido en asuntos turbios. Y no solo eso, por un dato que he podido leer, parece que un directivo del Banco los ha ayudado en esos temas. La verdad es que no puedo demostrarlo porqué ponía su nombre de pila, pero por algunas cosas que leí parece que sea él. No se que debo hacer y la verdad es que da un poco de miedo. De hecho ayer recibí una llamada telefónica muy rara en mi móvil. No contestaron durante unos segundos y colgaron.
-Bueno mujer, quizás era alguien que se equivocó –respondió Carlos no muy convencido, más que nada para rebajar su inquietud.
-¿Se equivocaron cuatro veces en una hora?
-A ver…ya que has empezado, cuéntame con más detalle. Difícilmente habrá anotaciones comprometedoras en los números de una gran empresa…
-Por supuesto. Pero cuando algo no cuadra y vas atando cabos…Uno de sus departamentos deja de tener ingresos justo cuando la policía hace alguna redada…estoy hablando de tráfico de drogas y trata de blancas. También coincide con determinados movimientos que llevó el directivo del que te he hablado…
-¿Quién es? ¿Lo conozco?
-Jorge Fuentes.
-¿Jorge? ¡Increíble! Siempre tan discreto, parecía soldado a la silla de su despacho, con escaso don de gentes, y…¿estás segura?
-Completamente. Tengo el expediente original y los otros documentos que lo relacionan todo. ¿Me acompañarías a la policía?
-Claro. Pero tienes que tener algo sólido que darles.
-Tengo el expediente y los datos que he ido recopilando. Puedo relacionarlo todo.
-Bien. Pero hay una cosa que no me ha quedado clara. ¿Cómo te puede hacer alguien llamadas extrañas si no se lo has contado a nadie? ¿O si?
-No. Pero Jorge me vio llevarme el expediente casa.
-Eso lo has hecho siempre…
-Si pero no cada día. Y no he sabido disimular, intento evitar a Jorge y me parece que lo ha notado. El jueves pasado le vi hablando con el cliente, me puse nerviosa y lo notaron. ¿Qué voy a hacer Carlos? ¿qué voy a hacer? –Marisa sollozaba.
-Tranquila Marisa –Carlos la abrazó-. Te ayudaré y ya verás como sales de este embrollo. Se me ocurre una cosa –la miró sonriente-. Voy a hacer café. Todavía tengo la antigua cafetera y nos vendrá muy bien. ¿Te apetece?
-Gracias Carlos –Marisa se enjugó las lágrimas-. Me apetece mucho.
Carlos se levantó y fue hacia la cocina. Desde allí le dijo:
-Si quieres poner un poco de música tengo el iPhone. No hay luz pero la tecnología resiste.
-De acuerdo ¿qué tienes?
-Tu misma. Mira lo que hay y elige.
Marisa cogió el dispositivo de encima de la mesa. Al querer pulsar el icono de “música” pulsó por error el de al lado, “teléfono”. Una curiosidad malsana le hizo pulsar “recientes” y vio algo que le heló la sangre: el número del teléfono móvil particular del gerente de la empresa motivo de sus quebraderos de cabeza estaba en esa lista. La llamada se había producido el jueves, el mismo día que lo vio hablando con Jorge Fuentes.
-Ya está a punto el café.
Marisa dio un respingo.
-¿Qué pasa? De acuerdo que la nochecita y el entorno son como una película de terror de la Universal, ya sabes, las de los años treinta. Pero, caray, tu eres la chica de la película y yo el chico, no el monstruo.
-Entonces, ¿qué es esto? –le enseñó la pantalla del iPhone con la llamada del gerente.
-Juraría que la lista de mis llamadas entrantes y salientes, pero ahí no encontraras música y si mi vida privada. ¿Crees razonable fisgonear mi lista de llamadas?
-Me he equivocado de botón, no pretendía fisgonear nada. Pero tu tienes una llamada del gerente.
-¿El gerente? ¿Qué gerente?
-¿Cómo, “que gerente”? El de la empresa que te he contado, Miguel Campillo.
-¿Miguel? ¿Miguel es el gerente al que te referías, el del tráfico de drogas y trata de blancas? ¡Por favor Marisa! Conozco a Miguel desde pequeños, íbamos al colegio juntos y luego al instituto.
-Si tan amigos erais, ¿cómo es que no le conocí, por qué no vino a nuestra boda?
-Porqué cuando terminó la carrera se fue a vivir a Estados Unidos. Le ofrecieron un contrato en una firma de San Francisco y estuvo allí quince años. Hace un año nos encontramos por casualidad en el Paseo de Gracia, nos dimos los teléfonos y nos hemos visto un par de veces al mes. Quedamos en un café del centro, nos tomamos algo, resolvemos el mundo y nos explicamos nuestras vidas. Pero no sabía que te referías a él, ni que fuera cliente tuyo. El me explicó que era gerente de una empresa pero no me dijo el nombre. Además, él no sabe que tu eres mi ex esposa, le hablé de ti por tu nombre pero Marisa no es un nombre tan extraño. Si te llamaras Chindasvinta…
Marisa rió con ganas la ocurrencia.
-Venga tonta, tomemos el café, ¿lo quieres con leche?...dos de azúcar, si no me equivoco…
-Buena memoria.
La besó en los labios.
-Venga que si no se enfría.
-¿Y tu?
-No, no, yo no me enfrío…creo habértelo probado.
-Ja, ja, ja…digo si tu no tomas café. Si no se trata del desayuno, solo y sin azúcar…
-También tienes buena memoria.
Esta vez fue ella quien le besó.
-Perdona si he dudado de ti. Es que tengo los nervios de punta.
-Tranquila. Lo supongo. Por cierto, no has buscado música.
-Ah si. Espera –cogió otra vez el móvil de Carlos-. A ver que tenemos por aquí…¡ostras! Si tienes aquel tango que bailamos aquella vez en Argentina, “Uno”.
-Ajá, soy un romántico incurable –dijo Carlos mientras sorbía el café.
Ella pulsó el botón de reproducción…
“Uno busca lleno de esperanzas
el camino que los sueños
prometieron a sus ansias,
sabe que la lucha es cruel y es mucha
pero lucha y se desangra
por la fe que lo empecina.
Uno va arrastrándose entre espinas
Y en su afán de dar su amor
Lucha y se destroza hasta entender
Que uno se quedó sin corazón.
Precio de un castigo
Que uno espera
Por un beso que no llega
Y un amor que lo engañó…”
-Que bonito Carlos. Lástima de estos años que hemos perdido.
-No los hemos perdido Marisa. Nos han hecho más sabios. Tu has seguido ascendiendo en el Banco, yo vendí mi empresa, vine a vivir aquí y puedo dedicar mi tiempo a escribir, que es lo que siempre he querido hacer.
-Desde luego es un lugar tranquilo.
-Relajante e inspirador.
-He leído tus tres libros. Me han gustado.
-Gracias. Y yo sigo teniendo mi cuenta con sus ahorrillos y recibos domiciliados en tu banco.
-Gracias también a ti.
Se miraron a los ojos. El fuego de la chimenea titilaba en sus ojos.
“Si yo tuviera un corazón,
un corazón feliz.
Si yo olvidara la que ayer
Se fue sin presentir,
Que es posible que sus ojos
Que me miran con cariño
Los cerrara con mis besos,
Sin pensar que eran como esos
Otros ojos los perversos,
Los que hundieron mi vivir.
Si yo tuviera un corazón, un corazón feliz,
Si olvidara la que ayer
Lo destrozó y pudiera amarte,
Te abrazaría de ilusión
Para llorar mi amor.”
-No me canso de escucharla Carlos.
-Pareces cansada, se te cierran los ojos.
-Supongo que el viaje con esta tormenta, la tensión acumulada de estos días, nuestro reencuentro…y vaya reencuentro pillín…
-Lo mismo digo, pillina…Descansa un poco si quieres y en una hora te despierto para la cena.
Carlos encendió una vela, cogió a Marisa de la mano y subieron a la habitación.
-Te dejo la vela, abajo tengo más y me conozco las escaleras. Descansa un poco.
Al cabo de una hora a Marisa la despertó el aroma de una tortilla de patatas de las que hacía Carlos. Un aroma que creía olvidado, agradable al olfato y el vehículo que la llevaba de vuelta a otros tiempos, en especial a los mejores recuerdos de esos tiempos.
Cogió la vela y bajó, envuelta en una manta ya que estaba calentita en la cama y también ante la chimenea, pero en el trayecto entre ambas hacía frío.
-Hola dormilona. ¿Más descansada?
-Siii. Me hacía falta, la verdad. Mmm, que bien huele. Añoraba este aroma.
-¿Hay hambre?
-La hay.
-Pues a comer.
Carlos puso el plato con la tortilla en la mesa, la cual ya disponía de una fuente con embutidos, otra con quesos y rebanadas de pan.
-¿Te apetece el pan tostado? Aquí en la chimenea queda de muerte…
-Para mi sola no. Si tu también quieres.
-Si mujer, ¿un par de rebanadas cada uno?
-Para mi, una basta.
Carlos puso tres rebanadas sobre una rejilla en la chimenea. Mientras se tostaba el pan, sacó una botella de vino y una de agua. En tres minutos ya estaba el pan preparado.
Lo llevó a la mesa. Una sombra cruzó la mirada de Marisa.
-Un euro por tus pensamientos –sonrió Carlos.
-Carlos confío en ti. Necesito confiar en ti, pero no en tu amigo. Hacía muchos años que no os veíais, ¿quién te asegura que no ha cambiado?
-Me cuesta creerlo Marisa…
-¿De que hablasteis el jueves?
-¿El jueves? Me ofreció un cachorro. Su perra ha tenido crías y pensó que viviendo aquí en el pueblo me iría bien.
-¿Te ofreció un perro diez minutos más tarde de que lo viera con Jorge? Carlos, por favor…
-Si no me crees es cosa tuya –respondió Carlos con dureza-. No puedo hacerte cambiar de opinión si te empecinas en ver lo que no hay.
-Pues dime algo, ¡reacciona! ¿o acaso crees verosímil la explicación que me has dado? Es decir, un hombre que está metido en negocios sucios, que sabe de una mujer que sospecha de él y lo investiga, que “curiosamente” estuvo casada con un amigo suyo, minutos más tarde de que ella le viera con su contacto en el banco le llama para ofrecerle un perro…por favor Carlos…
Carlos guardó silencio, la mirada fría. En ese momento la puerta de entrada se abrió.
-He venido lo más rápido que he podido –dijo Miguel Campillo.
Marisa abrió sus ojos desmesuradamente, la boca abierta y volvió el rostro de Miguel a Carlos.
-¿Cómo has podido? Eran ciertas mis sospechas…que decepción…
-Cariño, me dedico a escribir, es cierto, pero unos ingresitos extra de la compañía de Miguel no vienen mal, no…
-¡¡¡No me llames cariño, degenerado!!! –rugió Marisa.
-Huy, la fierecilla no está domada precisamente –rió Miguel-. Bueno, habrá que ver si entra en razón o entra en el reino de los cielos. Tu decides ricura –mirando a Marisa.
Se abrió la puerta de golpe.
-¡¡¡Suelte el arma!!! Las manos donde pueda verlas –cinco agentes de policía apuntaban con sus armas a Miguel Campillo.
-Buen trabajo Srta. Molina –le dijo el inspector a Marisa, entrando en la casa-. Realmente su ex se ha tragado el anzuelo y así han caído los dos: el cerebro y su brazo ejecutor. Su ex era algo más que un escritor.
-Lástima tesoro, la tortilla me había quedado…de muerte –intervino Carlos con una sonrisa.
-Andando, llévenselos –dijo el inspector a sus hombres.
Sacaron esposados a Miguel y a Carlos. Una vez solos el inspector y Marisa, esta le dijo:
-Bravo José Luis-dijo Marisa aplaudiendo-. A partir de ahora estos dos ya han dejado de ser competencia, el mercado es nuestro.
-Claro preciosa. Digo yo que podríamos aprovechar toda esta comida. Tiene buena pinta y si tardamos más las tostadas se resecarán.
-Pues a comer se ha dicho.
Cuando llevaban más de la mitad de la cena José Luis se sintió indispuesto.
-Tu ex…¿qué dijo de la tortilla?
-Que le había quedado de muerte –el pánico se adueñó de Marisa. No podía mover las piernas.
José Luis convulsionó y cayó al suelo. Marisa empezó a sentir como el mundo daba vueltas hasta que, a su vez, se desplomó. Los últimos segundos de su vida los dedicó a pensar que siempre había infravalorado a Carlos.
Dos horas después, en comisaría, el abogado de Carlos le decía:
-Tranquilo, los documentos están a buen recaudo. No hay base para la investigación y mañana ya estaréis en la calle. Sin cargos, por supuesto.
-¿Marisa y el inspector?
-Encontrarán un frasco en el piso del inspector. De hecho, en el mismo momento en que os detenían un buen samaritano ha enviado un correo electrónico al Director General de la Policía con documentación suficiente para que investiguen al difunto inspector, al que Dios tenga en su gloria.
-Amen. Siempre pensé que eras muy válido. Habrá que ir pensando en aumentar tus ingresos –sonrió Carlos.
El viento, ululante, golpeaba los antiguos ventanales de madera como si quisiera arrancarlos. Carlos fue a por velas ya que la luz acababa de dimitir de sus funciones y los fusibles se habían declarado en huelga. Por un momento pensó que la situación se asemejaba mucho a las antiguas películas de terror de los años treinta. Suerte que era sábado y no había que madrugar al día siguiente.
De pronto, sonaron tres golpes en la pesada puerta de madera de la entrada. Abrió la puerta y se encontró frente a frente con su ex esposa.
-¿Te importa si entro? Hace una noche de mil demonios y mi coche se niega a seguir.
-Pasa, pasa.
Marisa entró en la casa sacudiéndose la lluvia de encima.
-Vaya nochecita…
-Estás empapada, ven frente a la chimenea que te secarás. No funciona la calefacción, lo siento, se ha ido la luz.
-No importa Carlos. La chimenea irá muy bien.
Marisa se quitó el tres cuartos que llevaba y Carlos constató que seguía siendo tan bella como siempre aunque hubieran pasado diez años y ambos estuvieran cerca de la cincuentena.
-Y bien, Marisa, ¿qué te cuentas?
-Nada nuevo, ya sabes…la vida de siempre, del trabajo a casa y de casa al trabajo. Excepto algunas ocasiones en que voy a Madrid a reuniones del Banco.
-Siempre has sabido que era un trabajo muy esclavo, bien pagado, pero esclavo. Y la verdad es que lo has antepuesto a cualquier otra cosa en la vida. De eso puedo dar fe.
-¿Me guardas rencor?
-No, para nada. Han pasado diez años y quedamos tan amigos. Supongo que el tiempo todo lo cura aunque nunca dejé de quererte.
-Pues tuviste una manera muy curiosa de demostrarlo rompiendo nuestro matrimonio.
-Se rompió solo Marisa. Es cosa de dos y yo estaba muy por detrás de tu trabajo. Si hasta te llevabas expedientes a casa el fin de semana…
-Bueno, no discutamos ahora –Marisa ladeó la cabeza, sonriendo.
-¿Qué te trae por aquí? Porqué el pueblo está a cien kilómetros de tu casa y que pasaras por aquí y se te estropeara el coche…
-Ja, ja, ja…bueno…me has pillado. En realidad tenía ganas de verte –Marisa puso una mano sobre una de las suyas.
A Carlos se le atropellaron los recuerdos. Ninguno de los dos había rehecho su vida. La besó.
Veinte minutos después abrazados sobre la alfombra delante de la chimenea, Marisa le dijo:
-Carlos, quería comentarte una cosa. Cuando venía hacia aquí he pensado que necesitaba decirlo porqué eres el único en quien puedo confiar.
-Dime.
-Verás…estoy estudiando una operación muy importante. Se trata de una gran empresa que trabaja con nuestra entidad y van a firmar un contrato con una multinacional americana. Pues bien, estudiándolo a fondo me he dado cuenta de que nuestro cliente está metido en asuntos turbios. Y no solo eso, por un dato que he podido leer, parece que un directivo del Banco los ha ayudado en esos temas. La verdad es que no puedo demostrarlo porqué ponía su nombre de pila, pero por algunas cosas que leí parece que sea él. No se que debo hacer y la verdad es que da un poco de miedo. De hecho ayer recibí una llamada telefónica muy rara en mi móvil. No contestaron durante unos segundos y colgaron.
-Bueno mujer, quizás era alguien que se equivocó –respondió Carlos no muy convencido, más que nada para rebajar su inquietud.
-¿Se equivocaron cuatro veces en una hora?
-A ver…ya que has empezado, cuéntame con más detalle. Difícilmente habrá anotaciones comprometedoras en los números de una gran empresa…
-Por supuesto. Pero cuando algo no cuadra y vas atando cabos…Uno de sus departamentos deja de tener ingresos justo cuando la policía hace alguna redada…estoy hablando de tráfico de drogas y trata de blancas. También coincide con determinados movimientos que llevó el directivo del que te he hablado…
-¿Quién es? ¿Lo conozco?
-Jorge Fuentes.
-¿Jorge? ¡Increíble! Siempre tan discreto, parecía soldado a la silla de su despacho, con escaso don de gentes, y…¿estás segura?
-Completamente. Tengo el expediente original y los otros documentos que lo relacionan todo. ¿Me acompañarías a la policía?
-Claro. Pero tienes que tener algo sólido que darles.
-Tengo el expediente y los datos que he ido recopilando. Puedo relacionarlo todo.
-Bien. Pero hay una cosa que no me ha quedado clara. ¿Cómo te puede hacer alguien llamadas extrañas si no se lo has contado a nadie? ¿O si?
-No. Pero Jorge me vio llevarme el expediente casa.
-Eso lo has hecho siempre…
-Si pero no cada día. Y no he sabido disimular, intento evitar a Jorge y me parece que lo ha notado. El jueves pasado le vi hablando con el cliente, me puse nerviosa y lo notaron. ¿Qué voy a hacer Carlos? ¿qué voy a hacer? –Marisa sollozaba.
-Tranquila Marisa –Carlos la abrazó-. Te ayudaré y ya verás como sales de este embrollo. Se me ocurre una cosa –la miró sonriente-. Voy a hacer café. Todavía tengo la antigua cafetera y nos vendrá muy bien. ¿Te apetece?
-Gracias Carlos –Marisa se enjugó las lágrimas-. Me apetece mucho.
Carlos se levantó y fue hacia la cocina. Desde allí le dijo:
-Si quieres poner un poco de música tengo el iPhone. No hay luz pero la tecnología resiste.
-De acuerdo ¿qué tienes?
-Tu misma. Mira lo que hay y elige.
Marisa cogió el dispositivo de encima de la mesa. Al querer pulsar el icono de “música” pulsó por error el de al lado, “teléfono”. Una curiosidad malsana le hizo pulsar “recientes” y vio algo que le heló la sangre: el número del teléfono móvil particular del gerente de la empresa motivo de sus quebraderos de cabeza estaba en esa lista. La llamada se había producido el jueves, el mismo día que lo vio hablando con Jorge Fuentes.
-Ya está a punto el café.
Marisa dio un respingo.
-¿Qué pasa? De acuerdo que la nochecita y el entorno son como una película de terror de la Universal, ya sabes, las de los años treinta. Pero, caray, tu eres la chica de la película y yo el chico, no el monstruo.
-Entonces, ¿qué es esto? –le enseñó la pantalla del iPhone con la llamada del gerente.
-Juraría que la lista de mis llamadas entrantes y salientes, pero ahí no encontraras música y si mi vida privada. ¿Crees razonable fisgonear mi lista de llamadas?
-Me he equivocado de botón, no pretendía fisgonear nada. Pero tu tienes una llamada del gerente.
-¿El gerente? ¿Qué gerente?
-¿Cómo, “que gerente”? El de la empresa que te he contado, Miguel Campillo.
-¿Miguel? ¿Miguel es el gerente al que te referías, el del tráfico de drogas y trata de blancas? ¡Por favor Marisa! Conozco a Miguel desde pequeños, íbamos al colegio juntos y luego al instituto.
-Si tan amigos erais, ¿cómo es que no le conocí, por qué no vino a nuestra boda?
-Porqué cuando terminó la carrera se fue a vivir a Estados Unidos. Le ofrecieron un contrato en una firma de San Francisco y estuvo allí quince años. Hace un año nos encontramos por casualidad en el Paseo de Gracia, nos dimos los teléfonos y nos hemos visto un par de veces al mes. Quedamos en un café del centro, nos tomamos algo, resolvemos el mundo y nos explicamos nuestras vidas. Pero no sabía que te referías a él, ni que fuera cliente tuyo. El me explicó que era gerente de una empresa pero no me dijo el nombre. Además, él no sabe que tu eres mi ex esposa, le hablé de ti por tu nombre pero Marisa no es un nombre tan extraño. Si te llamaras Chindasvinta…
Marisa rió con ganas la ocurrencia.
-Venga tonta, tomemos el café, ¿lo quieres con leche?...dos de azúcar, si no me equivoco…
-Buena memoria.
La besó en los labios.
-Venga que si no se enfría.
-¿Y tu?
-No, no, yo no me enfrío…creo habértelo probado.
-Ja, ja, ja…digo si tu no tomas café. Si no se trata del desayuno, solo y sin azúcar…
-También tienes buena memoria.
Esta vez fue ella quien le besó.
-Perdona si he dudado de ti. Es que tengo los nervios de punta.
-Tranquila. Lo supongo. Por cierto, no has buscado música.
-Ah si. Espera –cogió otra vez el móvil de Carlos-. A ver que tenemos por aquí…¡ostras! Si tienes aquel tango que bailamos aquella vez en Argentina, “Uno”.
-Ajá, soy un romántico incurable –dijo Carlos mientras sorbía el café.
Ella pulsó el botón de reproducción…
“Uno busca lleno de esperanzas
el camino que los sueños
prometieron a sus ansias,
sabe que la lucha es cruel y es mucha
pero lucha y se desangra
por la fe que lo empecina.
Uno va arrastrándose entre espinas
Y en su afán de dar su amor
Lucha y se destroza hasta entender
Que uno se quedó sin corazón.
Precio de un castigo
Que uno espera
Por un beso que no llega
Y un amor que lo engañó…”
-Que bonito Carlos. Lástima de estos años que hemos perdido.
-No los hemos perdido Marisa. Nos han hecho más sabios. Tu has seguido ascendiendo en el Banco, yo vendí mi empresa, vine a vivir aquí y puedo dedicar mi tiempo a escribir, que es lo que siempre he querido hacer.
-Desde luego es un lugar tranquilo.
-Relajante e inspirador.
-He leído tus tres libros. Me han gustado.
-Gracias. Y yo sigo teniendo mi cuenta con sus ahorrillos y recibos domiciliados en tu banco.
-Gracias también a ti.
Se miraron a los ojos. El fuego de la chimenea titilaba en sus ojos.
“Si yo tuviera un corazón,
un corazón feliz.
Si yo olvidara la que ayer
Se fue sin presentir,
Que es posible que sus ojos
Que me miran con cariño
Los cerrara con mis besos,
Sin pensar que eran como esos
Otros ojos los perversos,
Los que hundieron mi vivir.
Si yo tuviera un corazón, un corazón feliz,
Si olvidara la que ayer
Lo destrozó y pudiera amarte,
Te abrazaría de ilusión
Para llorar mi amor.”
-No me canso de escucharla Carlos.
-Pareces cansada, se te cierran los ojos.
-Supongo que el viaje con esta tormenta, la tensión acumulada de estos días, nuestro reencuentro…y vaya reencuentro pillín…
-Lo mismo digo, pillina…Descansa un poco si quieres y en una hora te despierto para la cena.
Carlos encendió una vela, cogió a Marisa de la mano y subieron a la habitación.
-Te dejo la vela, abajo tengo más y me conozco las escaleras. Descansa un poco.
Al cabo de una hora a Marisa la despertó el aroma de una tortilla de patatas de las que hacía Carlos. Un aroma que creía olvidado, agradable al olfato y el vehículo que la llevaba de vuelta a otros tiempos, en especial a los mejores recuerdos de esos tiempos.
Cogió la vela y bajó, envuelta en una manta ya que estaba calentita en la cama y también ante la chimenea, pero en el trayecto entre ambas hacía frío.
-Hola dormilona. ¿Más descansada?
-Siii. Me hacía falta, la verdad. Mmm, que bien huele. Añoraba este aroma.
-¿Hay hambre?
-La hay.
-Pues a comer.
Carlos puso el plato con la tortilla en la mesa, la cual ya disponía de una fuente con embutidos, otra con quesos y rebanadas de pan.
-¿Te apetece el pan tostado? Aquí en la chimenea queda de muerte…
-Para mi sola no. Si tu también quieres.
-Si mujer, ¿un par de rebanadas cada uno?
-Para mi, una basta.
Carlos puso tres rebanadas sobre una rejilla en la chimenea. Mientras se tostaba el pan, sacó una botella de vino y una de agua. En tres minutos ya estaba el pan preparado.
Lo llevó a la mesa. Una sombra cruzó la mirada de Marisa.
-Un euro por tus pensamientos –sonrió Carlos.
-Carlos confío en ti. Necesito confiar en ti, pero no en tu amigo. Hacía muchos años que no os veíais, ¿quién te asegura que no ha cambiado?
-Me cuesta creerlo Marisa…
-¿De que hablasteis el jueves?
-¿El jueves? Me ofreció un cachorro. Su perra ha tenido crías y pensó que viviendo aquí en el pueblo me iría bien.
-¿Te ofreció un perro diez minutos más tarde de que lo viera con Jorge? Carlos, por favor…
-Si no me crees es cosa tuya –respondió Carlos con dureza-. No puedo hacerte cambiar de opinión si te empecinas en ver lo que no hay.
-Pues dime algo, ¡reacciona! ¿o acaso crees verosímil la explicación que me has dado? Es decir, un hombre que está metido en negocios sucios, que sabe de una mujer que sospecha de él y lo investiga, que “curiosamente” estuvo casada con un amigo suyo, minutos más tarde de que ella le viera con su contacto en el banco le llama para ofrecerle un perro…por favor Carlos…
Carlos guardó silencio, la mirada fría. En ese momento la puerta de entrada se abrió.
-He venido lo más rápido que he podido –dijo Miguel Campillo.
Marisa abrió sus ojos desmesuradamente, la boca abierta y volvió el rostro de Miguel a Carlos.
-¿Cómo has podido? Eran ciertas mis sospechas…que decepción…
-Cariño, me dedico a escribir, es cierto, pero unos ingresitos extra de la compañía de Miguel no vienen mal, no…
-¡¡¡No me llames cariño, degenerado!!! –rugió Marisa.
-Huy, la fierecilla no está domada precisamente –rió Miguel-. Bueno, habrá que ver si entra en razón o entra en el reino de los cielos. Tu decides ricura –mirando a Marisa.
Se abrió la puerta de golpe.
-¡¡¡Suelte el arma!!! Las manos donde pueda verlas –cinco agentes de policía apuntaban con sus armas a Miguel Campillo.
-Buen trabajo Srta. Molina –le dijo el inspector a Marisa, entrando en la casa-. Realmente su ex se ha tragado el anzuelo y así han caído los dos: el cerebro y su brazo ejecutor. Su ex era algo más que un escritor.
-Lástima tesoro, la tortilla me había quedado…de muerte –intervino Carlos con una sonrisa.
-Andando, llévenselos –dijo el inspector a sus hombres.
Sacaron esposados a Miguel y a Carlos. Una vez solos el inspector y Marisa, esta le dijo:
-Bravo José Luis-dijo Marisa aplaudiendo-. A partir de ahora estos dos ya han dejado de ser competencia, el mercado es nuestro.
-Claro preciosa. Digo yo que podríamos aprovechar toda esta comida. Tiene buena pinta y si tardamos más las tostadas se resecarán.
-Pues a comer se ha dicho.
Cuando llevaban más de la mitad de la cena José Luis se sintió indispuesto.
-Tu ex…¿qué dijo de la tortilla?
-Que le había quedado de muerte –el pánico se adueñó de Marisa. No podía mover las piernas.
José Luis convulsionó y cayó al suelo. Marisa empezó a sentir como el mundo daba vueltas hasta que, a su vez, se desplomó. Los últimos segundos de su vida los dedicó a pensar que siempre había infravalorado a Carlos.
Dos horas después, en comisaría, el abogado de Carlos le decía:
-Tranquilo, los documentos están a buen recaudo. No hay base para la investigación y mañana ya estaréis en la calle. Sin cargos, por supuesto.
-¿Marisa y el inspector?
-Encontrarán un frasco en el piso del inspector. De hecho, en el mismo momento en que os detenían un buen samaritano ha enviado un correo electrónico al Director General de la Policía con documentación suficiente para que investiguen al difunto inspector, al que Dios tenga en su gloria.
-Amen. Siempre pensé que eras muy válido. Habrá que ir pensando en aumentar tus ingresos –sonrió Carlos.
domingo, 17 de junio de 2012
Microcuento: DOMINGO.
Microcuento: DOMINGO.
Un día precioso. Vaya si lo era. El sol brillaba con fuerza, los pájaros anunciaban el nuevo día con sus trinos (eso si, ¡animalitos!, ¿no podían anunciarlo un pelín más tarde y así se podría dormir en santa paz?). Miró a su lado, su mujer seguía dormida. Estaba preciosa, con su pelo desparramado sobre la almohada. Le dio un beso en los labios y ella despertó.
-Buenos días dormilona.
-Buenos días tesoro.
Otro beso (esta vez más intenso), se abrazaron y…
-¡Mamá, papá, ¿mañana iremos a la playa?
-¡No, iremos a Port Aventura, tontorrona!
-¡Mamá, papá, decirle algo a este mocoso!
-Santi, no llames tontorrona a tu hermana. Núria, no llames mocoso a tu hermano –dijo Ana para apaciguar las aguas entre su prole, y después musitó- Ramón, tendremos que posponerlo.
-Cariño, ¡como el lunes no se levanten temprano para ir al colegio y remoloneen…Núria va a un colegio suizo y Santi a West Point!
-Ja, ja, ja… si hacíamos lo mismo cuando teníamos su edad, al menos yo.
-Ya lo se tesoro, pero es que…vaya momento.
-¡Mamá, ¿no hay nocilla?
-Espera Santi, ya venimos…
Prepararon el desayuno. Ramón dijo:
-Vamos a ir a la playa.
-Bien –reaccionó Núria.
-Jolín –fue la respuesta de Santi.
-Santi, ahora podemos aprovechar el buen tiempo e ir a la playa. Habrá otros momentos para ir a Port Aventura –razonó Ana.
El niño puso unos morros de palmo y medio.
-Es que una niña de su clase va hoy y el quería encontrarse con ella –les aclaró Núria.
-¡Tu calla tontorrona! –tronó Santi.
-Haya paz –zanjó Ramón-. ¿Cómo que una niña de tu clase? ¿la conocemos?
-Es Mónica, la hija de tu compañero de trabajo papá –siguió interviniendo Núria.
-¿Mónica –intervino Ana con una sonrisa? Una chica muy guapa.
El niño estaba rojo como un tomate. La verdad es que nadie podría haber sido capaz de asegurar si la tonalidad de su piel era más o menos intensa que la de la bandera de la antigua Unión Soviética.
-Pues nada –soltó su padre socarrón-, habrá que preguntarle a mi compañero Manuel si su hija siente lo mismo por ti, Santi…
-¡Papá!
-No te preocupes hijo. Mira, bien pensado, creo que no sería mala idea llamar a Manuel por si prefieren ir a la playa con nosotros. ¿Eso ya está mejor, eh pillastre? –dándole un codazo a su hijo Santi.
Padre e hijo se levantaron para sacar la mesa.
-Gracias papá.
-De nada hijo.
-Pero solo dile lo de la playa a tu compañero, nada más ¿eh?
-Ja, ja, ja, no te preocupes hijo.
Ramón llamó por teléfono a su amigo proponiéndole la salida a la playa para el domingo. Manuel y se esposa Clara estuvieron de acuerdo (de hecho, les hacía poca gracia ir a Port Aventura en domingo, con la posibilidad añadida de encontrar caravana a la vuelta).
Ramón y Ana fueron a hacer la compra mientras Núria se fue a la biblioteca del instituto para estudiar y Santi optó por quedarse en casa. Después de comer, repartieron a sus hijos. Núria en una cafetería del centro con su grupo de amigos y Santi en la puerta de un cine donde le esperaban cinco amigos suyos entre los que estaba, por supuesto, Mónica.
Descargados los hijos en sus respectivos destinos, se dirigieron a un gran centro comercial, básicamente para actualizar el parque de bañadores de Ramón que, en opinión de Ana (sabia opinión, ya que era licenciada en Historia Antigua), databa de los tiempos de Ramsés II.
Recogieron a sus hijos a tiempo de ver cuando llegaban con el coche un tímido beso entre Santi y Mónica. Sonrisa socarrona del padre y vuelta a la bandera soviética en la cara del hijo. Tenían 13 años al fin y al cabo. Núria, de casi 17, ya les esperaba, razón por la cual Alex, su noviete, les saludó a una cierta distancia mano en alto.
Habían quedado a las nueve en punto del domingo. Allí estaban Manuel, Clara, Mónica y su hermana mayor Blanca, por una parte y Ramón, Ana, Núria y Santi, por la otra. Se habían decidido por una playa cercana, apenas a 50 kilómetros . En menos de una hora llegaron.
Hallaron espacio suficiente para todos ellos, a pesar de que no era una playa muy grande. Había habido suerte. Plantadas las sombrillas y las toallas, embadurnados de crema con distintas protecciones solares, se dispusieron a pasar un agradable día de playa.
Desenfundaron los bocadillos y los refrescos, debidamente guardados en la nevera portátil. Tras la extinción del desayuno, fueron todos a ponerse en remojo para evitar los temidos cortes de digestión. Tras el baño, se tumbaron al sol las dos parejas y se ocuparon de otros menesteres los cuatro más jóvenes. Santi y Mónica pasearon por la orilla con el agua besando sus tobillos, cogidos de la mano cuando dejaron de ver a sus padres; Núria y Blanca fueron a por un helado.
A los veinte minutos, los padres se extrañaron de que las chicas no hubieran vuelto.
Ramón y Manuel se acercaron al vendedor de helados.
-Perdone, ¿ha visto Vd. a dos chicas por aquí? una tiene 17 y la otra 18.
-Mire jefe, así son la mayoría de clientes. Chicas jóvenes y mocosos.
-Hará unos veinte minutos que han venido a comprar. Una rubia con el pelo liso y un bikini negro, la otra morena con el pelo rizado y llevaba un bikini amarillo.
-¡Ah, vale! Ahora las recuerdo…se han ido con un niño de unos siete años que estaba por aquí. Lloraba porqué parece que se había perdido.
-¿Sabe Vd. por donde han ido?
-No estoy seguro…han venido cinco mocosos pidiendo genero…y el negocio es el negocio…pero puede que hayan ido al paseo por si veían algún policía.
-Gracias.
Ramón y Manuel fueron a informar a Ana y a Clara de donde iban. A esas alturas Santi y Mónica ya habían vuelto.
-¡Y vosotros dos no os mováis de aquí! ¿Entendido? –tronó Clara.
-Vale, vale –respondió Mónica.
Los dos padres recorrieron el paseo hasta que vieron a una pareja de policías en bicicleta.
-Buenos días. Disculpen pero nuestras hijas han ido a acompañar a un niño que se había perdido y no las encontramos. Según el vendedor de helados han ido a buscarles a Vds.
Los dos policías se miraron con gesto sorprendido.
-¿Cuánto hace que ha sucedido?
-Bueno –respondió Manuel- ahora ya debe hacer unos tres cuartos de hora.
Uno de los policías habló por el walkie:
-Central, acaba de suceder otro caso. Esta vez doble.
-Perdone…-intervino Ramón- ¿cómo que otro caso? ¿y doble?
-Señores, recojan al resto de su familia y acompañenos. Deben darnos todos los datos posibles de sus hijas…
-¡No nos asuste agente! –el rostro de Ramón estaba blanco como el papel.
-Cálmense. De momento vamos a hacer todo lo que esté en nuestras manos para localizar a sus hijas.
Los agentes acompañaron a los dos hombres a buscar a sus familias. Recogieron sus enseres en un abrir y cerrar de ojos y se dirigieron a comisaría.
Una asistente social recogió a Santi y a Mónica y se los llevó a un despacho, mientras las dos parejas eran introducidas en el despacho del comisario.
Los policías escucharon un grito desgarrador tras la puerta y como Clara estallaba en llanto.
Al día siguiente, los periódicos recogían la siguiente noticia:
“Ayer por la mañana desaparecieron dos chicas NPL de 17 años de edad y BGM de 18. Fueron vistas por última vez en la playa de localidad costera cercana a Barcelona acompañadas de un niño de corta edad. La policía ha detenido a un vendedor de helados que, tras varias horas de interrogatorio, ha conducido a los agentes a un domicilio cercano en la bañera de la cual ha sido hallado sin vida el cuerpo de BGM, a la que faltaban ambos riñones. Fuentes del Cuerpo Nacional de Policía afirman que se trata de una red internacional de tráfico de órganos, a la cual se estaba siguiendo desde hace dos años. El modus operandi de dicha organización era atraer a las posibles víctimas usando como señuelo a un menor (de aproximadamente 7 años), el cual afirmaba haberse perdido. Cuando la víctima (en este caso víctimas), intentaban ayudar al niño, este las dirigía hasta un punto predeterminado en que eran capturadas. El vendedor de helados era el encargado de seleccionar a las víctimas. Interrogado sobre el paradero de NPL, dice desconocer donde se encuentra, pero no da muchas posibilidades de que siga con vida. Las familias de ambas víctimas han recibido atención psicológica, llegando una de las madres a tener que ser ingresada. Se han practicado diversas detenciones en Barcelona, Madrid y Málaga”.
Tres días más tarde, el cuerpo de Núria fue hallado sin vida en un piso del Eixample barcelonés. El padre de su novio estaba entre los detenidos.
yeeir y cerrar de ojos y se
dirialidad costera prPL y BGG. Fueron vistas por ucomisario.
en un abrir y cerrar de ojos y se diri
martes, 12 de junio de 2012
Microcuento: TRISTEZA.
Por primera vez en muchos años no había ido al trabajo esa mañana. Su cuerpo, acostumbrado a toda una vida de levantarse temprano, había despertando a la hora habitual de los días laborables. Tenía todo el día para él pero no sabía que hacer con las horas que se lo comían minuto a minuto.
Prejubilado. ¿Qué narices significaba eso? ¿Ya no servía? De hecho, ya había acabado su relación oficial con el mundo laboral. Podía hacer otras cosas. Conocía gente y podía llevar las cuentas. Algún dinerillo conseguiría y mataría las horas. Y se sentiría útil.
Mucha gente decía envidiarle. “Te pagan por estar en casa”. Pero tenía que replantear su vida. Al fin y al cabo, los automatismos adquiridos en toda una vida de trabajo habían cesado súbitamente.
Desayunó en casa y salió a la calle. Compró el pan y el periódico. El suave sol de abril le sonreía pero cubrían su mente las brumas de otoño.
Avanzada ya la cincuentena, divorciado y sin hijos, la soledad le atenazaba. Su pareja actual, también divorciada, seguía trabajando. Tenía que ocupar sus horas, las horas que no compartiera con ella. Conseguir su propio espacio, un nuevo espacio ajeno al que le era habitual.
En su familia existían antecedentes de enfermedades mentales degenerativas. Tenía pánico a esas enfermedades. Con tantas horas de soledad, ¿quién se daría cuenta si cometía algún desvarío?, ¿sería él consciente?, ¿podía hacer algo, como por ejemplo ejercitar su mente de alguna manera, para evitar o al menos retrasar la aparición del Alzheimer?
En fin, que para ser el primer día de prejubilado no es que fuera la alegría de la huerta.
Decidió que esa primera semana la dedicaría a descansar. Fue paseando hasta el puerto. Una buena caminata recorriendo las Ramblas de principio a fin. Así, sin prisas, saboreó el aire, los olores, el griterío de la gente y los coches. Se paró ante alguna de las estatuas vivientes y les dejó unas monedas.
De vuelta a casa compró unas patatas fritas en una churrería artesanal. Cocinó aunque apenas tenía apetito (a pesar de la caminata). Después de comer se quedó traspuesto. Hacía mucho que no hacía la siesta en día laborable. Planchó unas camisas y a las siete de la tarde salió de nuevo a la calle para ir a buscar a su pareja al trabajo. A las ocho ella salió. Se besaron y se dirigieron a un bar cercano a tomar un refresco. La acompañó a su casa a tiempo para hacer la cena para sus hijos y el abuelo que vivía con ellos desde que faltaba la abuela, fallecida poco antes de un infarto. La abuela, que no fumaba, que caminaba dos horas cada día, que comía sano…y falleció de un infarto.
Él no tenía que levantarse temprano al día siguiente pero ella si. Además del trabajo, tenía que acompañar al abuelo a la Clínica para unas pruebas. Se ofreció a llevar al abuelo, oferta que ella declinó pues tenía algunas preguntas que hacerle al médico. Despedida y cierre hasta el día siguiente.
Cuando llegó a su casa apenas cenó. Pensó que la idea inicial de estar una semana descansando quizás era excesiva. Al fin y al cabo, el tiempo que tengas vacío puedes acabar gastándolo en dinero. Y se había prejubilado, no le había tocado la lotería.
De pronto sonó el teléfono. En lugar de cogerlo al momento, lo miró extrañado. Casi nadie le llamaba al teléfono fijo de su casa. Apenas la familia, pero hablaban muy poco. Sus amistades y conocidos le llamaban al móvil.
Era la policía.
Habían encontrado a su tía en la calle. Por toda identificación tenía una vieja tarjeta de visita con el nombre y el teléfono de su sobrino. Lo único que habían conseguido sonsacarle es su nombre: Adela.
Fue a buscarla a la comisaría. La tía Adela le reconoció al momento. Estaba alterada, su realidad estaba alterada. No recordaba que ya era viuda, que vivía con su hija y su yerno. Les llamó y la llevó a su casa. Bastante miedo tenía ya a esas dolencias para que ahora su tía la manifestara.
Regresó a su soledad. Ya era tarde para llamar a su pareja. Pero necesitaba escuchar su voz, la voz que asociaba a los mejores momentos del día a día.
Conectó la televisión. Con tantos canales como había y no le interesaba nada. En unos daban debates preñados de expertos capaces de resolver el mundo, la economía y la política internacionales, conflictos nacionales e internacionales, e inventar la vacuna contra el resfriado común; en otros, programas de prensa rosa, en los que fulanito se entendía con menganita cuando no con zutanito, y alguien, a cambio de un buen estipendio aseguraba haberles visto ligeros de faja y enaguas; películas de acción en que un ser vitaminado, con exceso de horas en el gimnasio y alarmante falta de acercamiento a las aulas, se enfrentaba solito al ejercito de algún país (real o imaginario) masacrando a la mitad de ellos, mutilando a otro cuarto y todo eso en nombre de la libertad (presuntamente); especiales informativos, sesgados políticamente dependiendo del canal que lo emitiera; y series de televisión, la mayoría de las cuales empezaban con un misterio, aparentemente difícil de resolver, y que el (o la) protagonista acababan resolviendo si o si.
Decidió leer un poco. Eligió un clásico, con pocas páginas pero eficaz como pocos tomos que solo lo superaban en que podían usarse para desarrollar los bíceps: “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”, de Robert Louis Stevenson. Gran libro, pero también reflejaba la desesperación del protagonista por no hallar cura a su enfermedad.
Cerró el libro y, tras media hora de dar vueltas, finalmente se durmió.
A la mañana siguiente fue a casa de su tía Adela. Su prima le pidió que se hiciera cargo de ella mientras hallaban una solución ya que tanto ella como su marido trabajaban hasta media tarde. De hecho ella había llamado esa mañana al trabajo para explicar lo sucedido y pedir un día de permiso. Y, claro, como él estaba prejubilado, pues podía hacerles este pequeño favor.
No tenía ánimo para negarse, no por no querer ayudar, si no por la angustia que le embargaba, por sus miedos a la soledad y al Alzheimer. Su tía merecía que la ayudara. Le dijo a su prima que estuviera tranquila, que mientras no encontraran a quien la cuidara él iría cada mañana a cuidarla. A mediodía llamó a su pareja y le contó lo sucedido y su decisión. Ella por su parte le habló de las pruebas médicas que le habían hecho al abuelo. ¡Caray, que conversación! Aunque lo llevaba la edad. En unos años, alguien hablaría de sus enfermedades y de sus pruebas médicas.
Las conversaciones con su tía eran oscilantes. En ocasiones tenían sentido, tal parecía que ella estuviera perfectamente para, a renglón seguido, hablar de su infancia en tiempo presente o confundirle con su padre ya difunto, el hermano de la tía Adela.
Después de comer su tía se durmió y él aprovechó para entrar en internet y ver las posibilidades del viaje que tenían pensado con su pareja. Hoteles, vuelos, ofertas. Encontró un auténtico bombón, una semana en Praga en un hotel coquetón en el centro del barrio viejo con un descuento del veinte por ciento. Llamó a su pareja. El abuelo había empeorado y no sabía seguro si podrían irse en agosto. Había que esperar un poco. Adiós a la oferta. Pero había que ser positivo, ya saldrían otras.
Sonó un chisporroteo. Su tía había metido un tazón de leche, con cucharilla incluida, en el microondas. Lo apagó de inmediato. No se había dado cuenta de que su tía había despertado de su siesta. Le dijo que lo avisara si necesitaba algo. Vio una mirada triste, indefensa y una lágrima que caía mejilla abajo. La abrazó con fuerza.
-Hijo mío, no permitas que deje de ser yo. Quiero vivir mientras mantenga intacta mi dignidad. Ni un minuto más.
Se le heló la sangre. Al minuto su tía preguntaba si conocía a su novio. Aquel domingo habían ido a bailar y a ella le preocupaba que dirían sus padres.
A las seis de la tarde llegaron su prima y su marido. Le contaron que habían hablado con una asociación de afectados por el Alzheimer que les iba a dar una lista con tres cuidadores para que hablaran con ellos y ver cual les convenía más. Le invitaron a cenar y él aceptó la invitación. Cuando ya se iba, volvió a aparecer la mirada triste, indefensa de su tía Adela, que le abrazó, le besó con fuerza y le dijo al oído:
-Recuerda lo que te he pedido.
Cuando llegó a su casa puso la televisión. No llamó a su pareja porqué ya había quedado con ella que la iría a buscar al día siguiente por la tarde a la salida del trabajo. Además, todo tema de conversación hubiera sido triste y bastantes tristezas habían pasado ambos ese día. En lugar de llamarla puso la televisión. CSI New York. El asesino había dejado sobre el cadáver una brizna de lana de un jersey que solo se había vendido diez años atrás en una tienda de un pueblecito de Montana en el que había vivido. Tremendo. No hay quien entienda como pueden seguir habiendo asesinatos ya que, según parece, siempre les cogen por una brizna de lana de Montana o una mancha de pasta de dientes de Anchorage (Alaska).
Antes de acostarse leyó un poco. Se decidió por “Los fantasmas del sombrerero” de Georges Simenon. Muy bueno, muy entretenido, pero que vista escogiendo los libros: este trataba de un hombre que asesinaba mujeres de edad avanzada.
Fueron pasando los días. Él cuidando a su tía en horario laboral. Su pareja cuidando a su padre cuando terminaba su jornada. Su prima iba dilatando la decisión de contratar a un cuidador. Por así decir, se ahorraba un dinero ya que le salía más barato invitar a su primo a que cenara con ellos un par de veces por semana. Tampoco es que fuera un Gargantúa. Sin ambages: era más barato.
Los días se convirtieron en semanas. Avanzado mayo, su pareja le explicó que al abuelo le habían programado la operación para el mes de junio. Luego llegaría el postoperatorio. Es decir, no podían fijar el viaje. Por otra parte, su tía Adela no le había vuelto a hacer referencia a vivir mientras mantuviera su dignidad.
Una semana más tarde su prima y su esposo, mientras cenaba con ellos, conversaron sobre viajes. Sobre los lugares que les gustaría ver y las ofertas que se podían encontrar.
-Al fin y al cabo, trabajamos todo el día y el fin de semana cuidamos a mi madre.
El echó balones fuera y contraatacó con sus propias esperanzas viajeras. Esa noche llegó a su casa notablemente enfadado. ¿Cómo se podía tener tanta cara? Vio que en un canal de televisión iban a emitir, “La noche de los muertos vivientes” de George A. Romero y se acordó de su prima y su esposo, aunque solo fuera por el título. Vio la película con satisfacción. Acabó de leer “Los fantasmas del sombrerero” y se acostó.
A las seis de la mañana le despertó su pareja para contarle que el abuelo había fallecido mientras dormía. Un ataque al corazón, dijo el médico. Llamó a su prima para decirle que no podría acudir a cuidar a la tía Adela ya que iba a estar con su pareja para acompañarla y ayudarla en las gestiones que se debían hacer. Según parece, a su prima todavía no la había digerido ningún zombi ya que respondió con un:
-Ostras, pues esta mañana tenía una reunión muy importante, ¿y ahora que hago?
En lugar de responderle que le traía sin cuidado lo que hiciera o dejara de hacer, él, educado hasta la exageración, se despidió de ella:
-Tengo que dejarte. Ya hablaremos.
El entierro fue al día siguiente por la mañana. Por la tarde, después de comer, su pareja se entretuvo viendo fotos del abuelo y suyas de cuando era pequeña.
-No ha sufrido, pero no volverá a hablar conmigo, a cruzar esa puerta, a prepararme un café con leche caliente en invierno al volver del colegio. Y no he podido despedirme de él. ¡Me han quedado tantas cosas por decirle! Aquellas palabras lo acabaron de decidir. Llamó a su prima y le dijo que decidieran a que cuidador contrataban y, a ser posible, que empezara al día siguiente, día en que él tenía cosas que hacer y no podía ir a cuidar a la tía Adela. Su prima montó en cólera y le llamó egoísta. Escuchó de fondo a la tía Adela:
-Hija, deja tranquilo a tu primo que tiene que hacer su vida. Yo ya he hecho la mía.
A él se le encogió el corazón mientras escuchaba el clic del teléfono al colgar su prima. Su pareja percibió la angustia en su rostro.
-Has hecho bien, no te preocupes. Es tu prima la que debe preocuparse por su madre. Tu ya la has ayudado bastante.
Al día siguiente, a mediodía, su prima le llamo envuelta en llanto. Su tía Adela había fallecido. Antes de que llegara el cuidador, mientras ella y su esposo desayunaban, Adela, antigua enfermera, se había inyectado una burbuja de aire en la vena, no sin antes dejar una hermosa carta en la que se despedía de su hija, su yerno, sus nietos y de él. La había cuidado como nadie y, a falta de grandes posesiones, le dejaba el viejo tocadiscos de su tío, con aquellos discos que tanto le gustaban de pequeño y que nadie más había hecho sonar desde que ella enviudara. También una fotografía de ambos con él cuando tenía seis años, en una de aquellas escapadas dominicales que hacían a pequeños pueblecitos de comarcas cercanas, que a él le parecían lugares de ensueño, repletos de fantasmas e historias a cual más interesante.
Un mes y medio después salían del hotel U Prince en Stare Mesto, Praga, él y su pareja. Se detuvieron, él cerró los ojos y al abrirlos de nuevo, le pareció por un momento que su tía estaba al lado de la estatua de la plaza de Stare Mesto junto a su tío, sonriendo ambos por verle feliz.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)